Tiempo invisible (y II)

•Mayo 19, 09 • Deja un comentario

Hay, en esto del tiempo y sus herramientas, un recuerdo constante de que lo que es ya fue y lo que será dejará de serlo. Vuelta constante e impropia del que no gusta madrugar. Dos vueltas y a empezar de nuevo. Sí, tuve un reloj digital, y mi despertador también lo es, pero no concibo con un reloj de este tipo el tiempo de la misma forma. Durante mucho tiempo desistí de usar reloj porque no quería ser prisionaera de un estado mental de pertenencia inevitable, pero todo acabó por hacerme depender de él; si no era el celular en el bolsillo, era el reloj de la computadora, las menciones constantes en la radio, el reloj del coche, hasta me entrené para ver la hora en los relojs de otras personas desde lejos y evitarme la molestia de preguntar. Se torna en jaula el dejar correr el tiempo mientras sigues sin avanzar, y finalmente decidí que me gusta más la redondez del camino de una manecilla que el parpadeo del segundero digital. Valía la pena no jugar a calcular el tiempo. Ahora puedo darme el lujo de cronometrar mis caminatas y no pasarme de mi tiempo de comida, aunquel, cada noche, programar el despertador me asusta porque dormir se ha vuelto un lujo que hay que hacer deprisa para que rinda. Sucumbí al gusto de ser parte de todos los horarios a los que la mayoría llegamos tarde. Y por primera vez decidí unirme al regalo de un reloj, y quizá Cortázar se burlase de mí. Al final del día sigo observando cómo avanza la aguja, aunque parezca una mera pérdida de tiempo, pero no puedo perder lo que hago con gusto, y que además nunca tuve. No puedo ser dueña del tiempo, o del avance del segundero, porque al final es sólo una manera de no perder una cita. Al menos y dentro de la perentoria necesidad de control, me gusta estsar dentro de la idea y darme el gusto de disfrutar cómo avanza.

“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.”
Preámbulo a las “Instrucciones para dar cuerda a un reloj” Julio Cortázar

Tiempo invisible (I)

•Abril 27, 09 • Deja un comentario

El mundo gira sus ojos a la megalópolis que conozco desde que abrí los ojos por primera vez y parece que yo no puedo pensar en otra cosa que en mi nuevo reloj. Bueno… no tan nuevo, pero muy joven. Hace años renuncié al uso del reloj de pulsera como parte de un reto personal, y reconozco que después de tres meses de traerlo encima aún no me acostumbro a ver la hora en él, y lo uso más para cronometrar sudores. El rizoma de los recuerdos es curioso y me llevó a intentar sistematizarlo en esta ocasión hasta recordar mi historia con el tiempo.

Mi primer reloj era rosa, lamento ya no tenerlo y me gusta pensar que alguien sí y quizá lo disfrue o lo use tanto como lo usé yo. La correa era de goma, y como yo aún me creía más pequeña le había asegurado al mundo que no sabía leer los relojes de manecillas, y traer ese reloj digital parecía sustentar mi inocencia, aunque al no tener calculadora, ni juegos ni opción a usarlo como control de televisión, me hacía sentir más madura que mis amigos y primos; no necesitaba un juguete, sino solamente lo que me hacía falta, lo demás era pedir nimiedades. Lo adoraba porque de alguna forma llamaba la atención que siendo diestra lo llevara siempre en la muñeca derecha y así podía presumir que era orgullosamente ambidiestra por todos lados. Lo usé muchos años, aún cuando ya sabía leer los relojes de manecillas y comenzaron a gustarme más, porque con presionar un botón podía, automáticamente, ver qué hora era en España al mismo tiempo y podía figurarme qué hacían, justo en ese momento, mis amigos y mis abuelos. La idea de lo relativo del tiempo me causaba estupor, me espantaba no estar viviendo lo mismo, de hacerme vieja a diferente velocidad que aquellos que aún me enviaban extensas cartas por correo. Recuerdo el día que lo cambié, y aún conservo al segundo, pero no recuerdo por qué me deshice el primero.

Mi segundo reloj es de manecillas, tiene números romanos, y al contrario de la mayoría de sus compañeros con número romanos, éste marca las cuatro con el número correcto (IV y no IIII como casi todos; si no lo habías notado presta un poco de atención a los relojes del mundo y luego descubre la historia detrás de semejante burla a los jurados a la preservación de lo “correcto”). Me enorgullecí de tenerlo, agradecí el regalo y recuerdo el sentimiento. Lo usé diario, cuando iba en bicicleta, cuando jugaba fútbol, cuando trepaba árboles y cuando hacía un examen. Era como mi permiso para poder seguir siendo niña sin tener que renunciar a los objetos de adultos. Ayer me lo probé, para verificar si aún me quedaba la correa, y tendré que cambiarla, los gustos mutan.Ya no podía ver directamente qué hora era en España o México, respectivamente, pero ya había aprendido la técnica de mi abuelo para calcularlas sin tener que contar, además de aprender a traducir “22 hrs” a “10:00 pm” restando, en lugar de aprendérmelas de memoria (método que aún necesito utiliar hoy, puesto que como “derecha e izquierda” se confunden diario, memorizar horas usando el método 24 me resulta innecesario.

No recuerdo a qué edad lo cambié, hasta entonces no tenía más opciones de relojes, era uno para todos los días, hasta que llegaron reemplazos divertidos y curiosos con los que fui perdiendo un significado y adquiriendo un gusto…

Curioso es extrañar

•Abril 23, 09 • Deja un comentario

Calles, charcos, semáforos, cajeros, baristas, amigos, familia; la lista puede tornarse interminable cuando comienzas a hacer conexiones por recuerdos, respiraciones anexas, cuando revisas viejas fotografías o te reencuentras con viejas compañías. Extrañar sin darte cuenta, o tener la melancolía de esas pequeñas cosas cuando sucede. Nadie nos enseña a decir adiós, porque al hacerlo, al dar la espalda para marcharnos no aprendemos a voltear los ojos, nos gusta aferrarnos a lo bueno, a lo malo, a los recuerdos que valoramos incluso más que una posibilidad futura, incluso más que el acto de cada día.

Extrañar por cariño parece inevitable, sobre todo cuando descubres un cariño que no jurabas era poderoso, real, indisctuble. Sin darte cuenta ya has alquilado tiempo y no quieres dejar de hacerlo, prefieres evitar las despedidas, dar largas, soñar con posibilidades, y te haces a la idea de que siempre podrás encontrar el valor para tomar en serio la invitación y para en verdad extender tu mano cuando el tiempo no deje más que una fotografía que casi has olvidado.

Los lugares te marcan por sensaciones, por eventos, por personas. Extrañar un lugar es extrañar lo que hubo ahí, lo que sucedió, amar el espacio, recordar las palabras, sentir de nuevo, imaginarte de nuevo con las mismas personas. Va de la mano, en ocasiones hasta te niegas a crear nuevos recuerdos, como si detener el tiempo fuera de mayor ganancia. Al final del día, sigue siendo lo mismo, quizá extrañas más de tí mismo que de los demás, lo que eras en ese momento, una chispa, un consejo, algo que te definió, que creíste que era tu imagen, que adoraste y abrazaste como el más valioso de tus momentos, como la gloria de un triunfo personal.

Entre dimes y diretes, acusaciones y exclamaciones, lo que más extraño es el cómo fui, el cómo hablé, el cómo actué y las posibilidades que cada acción me produjo entonces, sobre todo el tipo y calidad de amigos que recorrieron cada paso. A muchos los extraño, los añoro y los lloro, pero sobre todo temo, porque quizá reencontrarse no sea más que la terrible noticia de que no nos gusta en realidad ser lo que fuimos. Es la magia de los recuerdos, pueden cambiar, mutarse, eternizarse, y en muchas ocaisones permanecen mejor como simples recuerdos, es mejor dejarlos en el baúl.

Garabatos – Vanidad

•Abril 21, 09 • Deja un comentario

Es indiscreta la vanidad, se oculta donde no hay olores y se disimula con su propio enojo. Es valiente porque se confunde con la hoja afilada que defiende el ogullo y cobarde cuando discrimina la comunión. Una pizca de sal y pierde la noción del tiempo, un terrón de azúcar y se torna agria. Pero ante todo es traicionera, hasta de su propio reflejo; asoma la cabeza ante la oportunidad y se olvida del instinto de seguir latiendo. Se cree poderosa, indestructible, tanto que antes de ser asesinada opta por la masacre de lo más querido y escapa al dolor con el suicidio. No conoce palabras ni razones, aún menos la caricias del clamor del corazón. Es en el rechazo de la mano amiga que divulga la carroña de su propio aliento.

De buenas noticias

•Abril 20, 09 • Deja un comentario

“Humankind can’t stand very much reality”

T.S. Eliot

Siempre me han interesado las frases recogidas de otros, sobre todo porque la carga de autoridad que conllevan, sòlo porque alguien los reconociò primero, posterga a muchos de reclamar ya haberlo oído antes, con otras palabras, de su abuela. Cuando abren un escrito parecen pistas para lo que vendrá, o una técnica supeditada para elevar el ego bohemio-intelectual y justificar la publicación (desde mi propio ego-punto de vista). A mí me gustan, me atraen, y no son más que el borrador inicial de un hilo de pensamiento que me provoca tener algo que decir, algo que contar; huellas de un primer paso.

Hace unos días renté y vi la llamda última película de Rambo. Me gusta la ironía que ha provocado el personaje: siempre en contra de sus superiores y de motivos de su gobierno, y tornarse en un héroe para los mismos que juran lealtada a la misma bandera. Pero, y dejando a un lado esa testaruda tangente, es quizá ésta “última” historia la más sangrienta, violenta y humana, de todas. Me atrevo a decir que parece más una llamada para una toma de conciencia tras los límites de la humanidad que somos capaces de alcanzar y que el siglo XX nos demostró. Y es que este tipo de violencia es neta y únicamente humana: sádica, extrema, egomaniaca y sobre todo cruel.

Mientras sea una película es válido verla, podrá causarnos remoridmiento o incluso orgullo, pero la aceptamos porque es una “ficción” que se le ocurrió a algún demente, inadaptado social a quien quizá sólo le hizo falta un abrazo más de su madre para ser el chico popular-exitoso ejecutivo. Cuando un noticiero de televisión, un medio impreso o las descripciones de un locutor sobrepasan el límite de lo moralmente aceptable, lo tolerable o digno para los “puros y castos” nos escandalizamos, miramos a otro lado y censuramos, incluso tachando de amarillismo porque es puro “morbo”, decimos. Sí, de los medios sólo vemos un pedacito de la realidad, un aisbo y desde un sólo punto de vista, pero en nuestro mundo y comodidad del hogar el mundo no se ve de ese color. Tan real que no nos gusta verlo, sentirlo o aceptarlo, porque nos remueve ese sentimiento de culpa, remordimiento, responsabilidad, porque lo hemos permitido como humanidad, una y otra vez, si al final no se trata de nosotros, y están tan lejos que no podemos hacer nada para cambiarlo, y mejor nos dedicamos a hablar de la magnificencia de una obra de arte.

Claro que no estoy diciendo nada nuevo, es sólo un poco también del remordimiento que existe tras esta pantalla y este teclado: de palabras no come la gente. Creo y siento que Sartre tenía razón al adjudicarnos la responsabilidad (yo sigo sin ver dónde está ese pesimismo con el que se le apunta) y George Steiner al mostrar que la cultura no evita la violencia. Pero los que lo vimos hemos de recordar que cuando cayeron las torres gemelas aquello nos parecía una escena salida de un tráiler del siguiente éxito taquillero. Definitivamente nos escudamos tras el término “morbo” para evitar ver la realidad que se nos hace demasiada para poder cerrar los ojos y dormir tranquilo (¡Cuánta gente conozco que no puede ver el noticiero por las noches porque ya no duerme…!).

¿No será que estas ficciones que vemos con algo de repulsión, y algunos con gusto, son ya demasiadas? Dicen por ahí “Cuidado con lo que deseas porque puede que lo consigas. ¿No será que al hacerlo verdaderamente estamos de alguna forma obligando a que sucedan aún con más frecuencia, o que no se frenen ni aún por las noches? ¿No será que nuestros sueños son demasiado perturbables porque no sabemos describir lo que es bueno? ¿Por qué nos aburren las buenas noticias (hay quien dice que una buena noticia no es Noticia? Es obivo que culparnos no nos ha servido de nada, ni frente al espejo. Empatar con plegarias los pecados no ha hecho que los usos de la tecnología sean menos agresivos, ni las caricaturas más banales. Quizá el malestar de la cultura sí sea toda es violencia reprimida, ese contrato social que evita que matemos a todos los que no sean de nuestro clan familiar porque nos invaden. No se vale seguirnos evadiendo diciendo que somos producto de nuestra sociedad si ni siquiera sabemos qué es lo que determina a la nuestra.

El sol no se tapa con un dedo, pero quizá sea buena idea otorgarle importancia a las cosas buenas (una vez que las definamos, al menos personalmente), y lograr que el balance del día no se supedite al enojo del tráfico o de un error; darle un poco más de importancia al hecho de que algo valió la pena en todo el día, algo, y que los sueños dormidos apunten a una posibilidad y no a una pesadilla. Sí, estaré loca porque yo también aún tengo fe en la humanidad.

Garabatos 14/05/09

•Abril 15, 09 • Deja un comentario

Hay lugares donde el silencio es sólo una compañía, donde el espejo es sólo una mirada al pasado y las lágrimas la misma vaga sensación de que aún se reconoce al corazón. El reloj camina una raya y una ráfaga de viento sacude una pestaña suelta. Esa necesidad deja de ser una enfermedad, deja de reproducirse. El reloj da una vuelta, vuelve al mismo lugar, como si cada respiración fuera igual que la anterior, pretendiendo burlar una bocanada de aire llena de jazmión y estiércol. Un pestañeo y cambia la luz, un paso y es otro mundo. No importa cuántas vueltas dé el reloj, no llegará nunca a ningún lado, no será testigo ni jurado, no será su tiempo sino el de tus latidos el que marque el cambio de estación, el nuevo comienzo que marca cada amanecer.

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Quizá bastase con una lágrima frente al espejo, como los niños; un apapacho real para liberar a los fantasmas, a los muertos. Quizá sólo fuese la tonta necesidad de tener algo que justificase necestiar un poco de cariño, un abrazo, lo que fuera para tener una excusa para escribir algo que no fuera feliz. Quizá sólo fuese esa necesidad.

Quisiera que baste una lágrima y un espejo, un abrazo propio y el entendimiento de alguien que me reciba cuando regrese con una taza de chocolate caliente, un bolillo y un girasol.

Puertas empolvadas

•Marzo 28, 09 • 1 comentario

Por el ojo de la cerradura se asoman suspiros que nada tienen de historia, fuerza o interés, sólo vagan como moscas que se posan mientras intentas atraparlas. Puertas cerradas, olvidadas tras un montón de cajas, etiquetas, glorias y proyectos. Quizá un suspiro así de vago y banal sirva de paracaídas para lo que hace tiempo se mantiene bajo las sábanas. Un aire de libertad, un respiro, unas alas que sirvieron para un cuento mal escrito y se olvidan aún para los disfraces más ridículos. Un mendigo estira la mano mientras un corazón acribilla un sentimentalismo: demasiado lagrimeo para apantallar al débil. Una grieta estría la piel y se vanagloria ante los ojos del cirujano perfeccionista, y en el espejo un asesor de imagen parece muñeco de cera de cuerda en su afán por adiestrar el coraje del tiempo sincero. Un par de zapatos arrastran la tierra que habrá de enterrarlos mientras un hombre los calza y se deja llevar por el ímpetu de un camino recorrido por las suelas de un pie descalzo. El deseo de una mariposa por regresar al ovillo de oruga donde el tiempo se detiene a la vista del vago escrutinio.

Hace kilómetros de viento se derribaron cien paredes, las estructuras sólidas hechas del miramiento categórico del sistemático relojero. Un espejo se resquebraja bajo la mirada atónita de una despedida de espalda, y el botón de la camisa pierde agarre ante la polvareda del parpadeo. Quizá ahí en ese abandono está la puerta entre abierta del lugar que todos miran, del espacio en común que te acompaña mientras no lo miras, donde se sientan los invitados de la tertulia de bienvenida que olvidaste que te hacían. Esa lágrima puede no ser tu condena perpetua, sino la misma bomba de tiempo que desate el ocaso.

¿Dónde están todos en la tertulia? Los reflejos del laberinto de espejos reflejan la misma imagen que has visto reflejada en tu espejo de tocador. La única que has visto, las más valiente, dura, melancólica, salvaje e infanqueable, que al mínimo aironazo se postra ante lo inevitable. Vuela un sombrero, una bufanda y un huevo petrificado. No habrá ventarrones que azoten el tiempo. Los surcos de unas manos susurran. En un bolsillo asoma el lazo de un vestido, y un grano de arena que el tiempo olvidó colocar en alguna playa. ¿Qué harás cuando el mar desaparezca?

Ahí donde los reflejos se confunden, las identidades son prestadas, y el carmín de labios es recuerdo de otros tiempos, está la sonrisa que vanagloria, la lágrima que define al valiente, la caricia que  precede al más macho, el abrazo del solitario, el llanto del doliente su motivo de felicidad, ahí donde una ayuda es una salvación propia. El punto exacto donde ser cobarde es divino.

Grandiosa dislexia

•Febrero 27, 09 • Deja un comentario

Esto de la personalidad tiene más de persona que de glamour fotográfico, y en su misma procreación del tú y yo aún están los abismos de los traumas y las nalgadas no lloradas por orgullo. Obviamente ni psicóloga ni socióloga reconocida, y menos ante tanto cinismo, pero sí algo de inquisitiva, exploradora y en algún lugar científica. Pero qué decir de tanto y no dejar fuera la vergüenza. Ese colorete en la cara, y el deseo de que no hubiera pasado me parece producto de pedazos de cera que caen cuando hacemos una mueca que no encajaba con esa careta que creemos que somos para otros en un momento determinado. Tanto trabajo en crear esa imagen, en creer que sabemos cómo nos definen cuando no podemos ver nuestras propias pupilas se reduce a querer un vidrio opaco por el que podamos ver hacia afuera, desando que no noten lo que pasó, y que nadie se acerque lo suficiente para ver ese “yo” un tanto sombrío. Sí, es posible que eso que somos nos parezca el derrumbe de una fantasía que tenemos de nosotros y aseguramos que es lo mismo que tiene el “otro nosotros” del “yo”. Somos tan “nosotros” cuando queremos ser “yo” que pocas palabras faltarían para descubrir a miles de “yos” sicóticos-psicópatas-disociados-autistas, sólo que nos salva la catalogación clínica por no caer en el otro lado de la cuerda floja. No quiero abusar de este respiro de grandiosa dislexia para promover el exorcismo de la ciencia de la camisa de fuerza, porque finalmente solo me senté a ver una larga, lenta, completa y tan vacía película, en la que la pasividad ante la desgracia y mi falda de lagrimeo acostumbrado, que me conmovió en el asombro de mi propia falta de sorpresa. Me aterra más pensar cómo la realidad no me alarma tanto como la ficción, pero es momento de un punto, y citando a Vicente Leñero: Aquí va el punto. Punto.

Algo como una contraportada (y ii)

•Febrero 27, 09 • Deja un comentario

Para casi todo hay un desplome de egoísmo, incluso en la misma lectura. No hay aprendizaje que no sirva para algo, y no hay enojo que no vaya más allá del reconocimiento propio. Yo digo que y no podría ser analista de economía, pero hay un rincón de mi cerebro al que le gustaría dejar un poco en pausa toda posibilidad remota. Gusto de la lectura porque se torna vivencia, y olvido los nombres de los personajes porque al abrir un libro se es todos y ninguno. Terminada la historia hay un solo yo y finalmente es un mismo nombre el que los engulle a todos. Leer esa contraportada a medio camino puede entonces resultar molesto porque se trata de la mirada de alguien desde el otro lado del espejo, observándote mientras eres todos ya la vez ninguno. Es como la voz de la experiencia que te dice qué habrás de experimentar, pero nadie escarmienta en cabeza ajena. Quizá por eso me resultó tan terrible el sentimiento de ese profesor al narrar su experiencia sin ahondar en sentimientos. Eran palabras de acción repetitiva, como de una tarea. De alguna forma y a mis ojos se había apartado de la propia emoción que genera todo lo que se hace. Leo porque es una forma de vivir, y porque cuando vivo yo veo desde mi lado del espejo y no puedo aceptar un resumen que alabe a un escritor por lo que escribió mientras lo leo, porque esas palabras son mías mientras las leo. Quizá por eso no puedo aceptar un libro por su contraportada; si me dicen lo que voy a encontrar, sentir o descubrir, prefiero no hacerlo; si hay un juicio de real o irreal, prefiero no descubrirlo. Es mejor ir a ciegas, como en el mundo, en donde algo esperas, sobre todo del final de tus acciones, pero en el que nadie ni nada te puede contar lo que habrá en el durante.

Algo como una contraportada (i)

•Febrero 26, 09 • Deja un comentario

Recuerdo a uno de mis profesores de literatura mencionar cuánto detestaba ser artífice del texto de la contraportada del libro. Más allá de que fuera la obra de un amigo, o sólo algo para poder pagar la deuda de los chicles, lo vio como una falsa artimaña que de alguna forma lo prostituyó. Al menos así lo interpreté yo. ¿Qué decir en la contraportada de un libro? ¿Qué puedes decir acerca de una obra a un desconocido lector. Es un gancho publicitario que apoya al título, quizá poco convincente, y en caso de que el autor sea conocido o privilegiado, esa contraportada contará con fuentes famosas, desde otros autores o críticos de periódicos, que de alguna manera logran justificar no sólo la lectura para el curioso, sino la existencia de los numerosos ejemplares publicados. Resulta en una confirmación satírica de que alguien ya leyó la obra. Al final se trata de una transacción monetaria para aumentar la publicidad del interés editorial para recuperar la inversión. No todo es tan deleznable. Según la calidad de la obra los padrinos tienden a ser mejores, pero los  comunes mortales corren con bautismos de menor calidad y prestigio: un texto anónimo que detalla parte de la obra y en muchas ocasiones introduce juicios de valor.

No entiendo esta forma de escribir

No entiendo esta forma de escribir

En alguna ocasión comparé diferentes editoriales ante la misma obra; la calidad y el precio del producto varían también en la fuente y la calidad del texto de la contraportada. Me gusta creer que aquellas editoriales que se dan el lujo de no poner nada ahí detrás creen en el título y en el valor del texto en sí, pero al dar la vuelta a la portada recuerdo que se trata de un título clásico, de viva voz, que se vende por sí mismo, aún cuando sólo sea para una obligación escolar. No elijo un libro por su contraportada, en ocasiones prefiero abrirlo y leer una frase a la mitad, o después de leer el título aventurarme a leer la última palabra de todo el texto, sobre todo si no conozco nada en particular del libro en cuestión. Cuando llevo leída la mitad de la obra es cuando me aventuro a leer ese texto complementario y comparo experiencias, y por lo general me pregunto a quién le dieron la autoridad de escribir ese texto…

Insomnio

•Febrero 12, 09 • 1 comentario

-¿Sufre usted de insomnio?

-Sólo cuando no duermo…

Popularmente se decanta que “a todo se acostumbra uno, menos a no comer” y hay que reconocer que en muchas, por no decir la mayoría, de las ocasiones no es motivo de orgullo decir que te acostumbras a algo (personas, crisis, criminalidad, vicios…). No quisiera llegar a decir que me he acostumbrado al insomnio, sobre todo porque el mío no lo catalogo como crónico y sólo cuando en verdad de día no funciono de manera más o menos coherente es que busco algún tipo de remedio que me ayude a solventar alguna de esas ya más esporádicas noches. El acostumbrarse a algo, lo que sea, viene acompañado de una serie de ventajas, y debo reconocer la falta de información personal al respecto que he encontrado en la red. Pero el no dormir tiene ventajas que en pocas ocasiones nos atrevemos a enlistar, aún sabiendo que para los cánones que marca el ritmo del mundo y nuestra biología no es sinónimo de salud, y seguro que hace falta encontrar algo que te motive mientras luchas inútilmente por encontrar una posición para poder dormir esta noche mientras la cama ya no parece cama y el reloj parece culpable del paso del tiempo.

Insomnia at its finest

Hay cierto poder en el insomnio que atañe a los artistas, quizá por la soledad, el silencio y la capacidad de reflexión que se genera si se le da la oportunidad. Es el insomnio algo tan íntimo que compartirlo con otro insomne puede resultar incómodo, como que alguien lea del mismo periódico que tú a tus espaldas. Se torna silencioso, como si el llenarlo de sonidos fuera a espantar a los fantasmas, los pensamientos y los sueños lúcidos. Es como si de verdad, con la falta de sol, encontraras a ese yo que está del otro lado del espejo intentando llamar tu atención para tener un punto de vista distinto. Se resuelven cantidad de cosas y se piensan muchas más, pero definitivamente tiene un lado reflexivo que también se aprende a apreciar. Además muchas veces durante el día no eres capaz de escuchar el sonido de tu propio corazón, y reconocerlo es también parte de un gusto adquirido, como si de reconocerse al espejo se tratase.
No siempre el insomnio es tiempo perdido, puedes leer novelas enteras sin interrupciones, organizar, limpiar y hasta reordenar toda tu colección de revistas. Puedes navegar en la Internet y descubrir curiosidades, noticias, detalles, o mercancía que es obvio que algún insomne a creado, y entre lo ridículo, útil o ingenioso que pueda resultar, te molesta que a tu yo insomne no se le haya ocurrido antes.
Yo no soy fan del insomnio, y no cargaría un pin o me pondría una camiseta para gritarle al mundo algo como “Insomnia ROCKS!”, porque al final de la noche es mi insomnio, mío, aún cuando en igual número de ocasiones desearía que no lo fuera, pero aprendes a quererlo cuando puedes.
Es creativo, de ahí que no se culpe a un pintor, escritor, cineasta o profeta que demuestre un aire ojeroso, canso y alienado durante el día siempre y cuando haya una obra “digna del reconocimiento de los durmientes” para seguir inflando los bolsillos y el ego de sus descubridores.
Finalmente si no fuera por un leve ataque de insomnio no estaría escribiendo esto o ver series de televisión que nunca me atrevería a decir que las veía cuando eran un estreno, y menos ahora que ridiculizan el avance del presente.
Encontré muy poco en la red, al menos en idiomas legibles para mí, sobre otros que gusten encontrarle ventajas al insomnio, y por eso les recomiendo le echen un vistazo, sólo por si acaso AQUÍ…

Girasol Insomne

girasoldemente@yahoo.com.mx

No pasa nada

•Enero 4, 09 • 1 comentario
poketmonster [rsa]

Despiertas sobresaltado. Como asustado. El corazón palpita como queriéndose cambiar de cuerpo. No fue a raíz de ningún sueño, sino de algo más. En la boca aún tienes el sabor a sal que deja una mar embravescida y ya no recuerdas si en verdad estabas soñando que nadabas en el mar o que una ola salió de tu boca, como si la luna subiera la marea. Intentas recordar qué soñabas cuando comprendes que estás despierto. Sobresaltado. No era una pesadilla, y tampoco alguien anda rondando por casa. No hay nadie en la calle cuando te asomas, y el teléfono, impávido sobre la mesa, te observa, mudo, y hasta molesto por haber encendido la luz. Quizá la vida tenga suficiente humor como para asustarme y hacer que justo ahora suene el teléfono, piensas, pero este parece dormido, y no importa cuánto tiempo lo mires fijamente, este no dará señales de vida. Levantas el auricular y el tono siniestro del otro lado te tranquiliza. No pasa nada en realidad. Pero algo te sobresaltó. Haces un recuento: qué día es hoy, qué hora es, qué harás mañana, qué pendientes tienes… Nada. El calendario está tan vacío como la semana pasada. Empiezas a sudar frío. No hay qué escribir, la computadora parece estar muy lejos. En la calle no pasa nada, ni el gato del vecino se asoma esta noche. No pasa nada. Te secas el sudor de la frente e intentas calmarte, todo está bien. No pasa nada, y no como en la casa de Bernarda Alba, sino que de verdad así pasa. Sólo desperté, murmuras para ti, y vuelves a la cama, apagas la luz y boca arriba esperas el sueño. Tun tun, el corazón y el crujido de la tripa trabajando la cena son lo único que se escucha, pero como si fueran de alguien más. Nada. No pasa nada. Pero no te quedas dormido. Morfeo parece haberse olvidado de ti o en plan de una mala broma. Es hora de dormir. Repasas qué harás mañana por enésima ocasión, nada en particular, rutina, todo en orden. No tienes planes. Tic tac, el reloj; ha pasado más de una hora, más de dos, pierdes la cuenta. Comienzas a aletargarte, te consume poco a poco la pesadez, quizá sea el sueño, estás entrando a ese lugar, y de nuevo un golpe de pecho te sienta sobre la cama y se repite la primera sensación que te despertó hace un tiempo ya, quizá hace más de un día, el tiempo es distinto a estas horas. Te aterras, lo entiendes. Sí pasa algo, y mucho, y es que no está pasando nada.

girasoldemente@yahoo.com.mx

Yo también puedo ser Pollock

•Diciembre 19, 08 • 3 comentarios

Para mi el arte es como las matemáticas, justo cuando estoy convencida de haber entendido su uso práctico mas allá de la tarea y la calificación ¡Eureka!, llego al examen y no solo no le veo ni pies ni cabeza, sino que la calificación resulta reprobatoria. El último curso que tomé fue calculo derivativo, más por curiosidad que por necesidad, y aunque no necesitaba el crédito para graduarme, hice todo lo posible para pasar la materia con un poco mas de 7. No lo volví a intentar hasta tomar probabilidad y estadística, y aunque me fue de diez no puedo comparar una cosa con la otra, excepto por el hecho de que no podía aplicar a libre albedrío una de aquellas fórmulas para resolver siquiera el misterio de la pantera rosa…

Muchos ligan el arte con las matemáticas, Dalí tuvo su época, y no por una geometría como en el caso de los cubistas, como Picasso, o de los teóricos del arte, como Kandinsky. Dalí aplicó formas y teoremas a su arte, sólo hace falta verlo desde esa perspectiva. Él quizá entendió algo y decidió aplicarlo al arte. Derrida, en cambio, parece que no era tan amante de las matemáticas en su arte, sino más de encontrar una explicación al asombro de la sociedad ante lo cotidiano, fuera de contexto. Claro que poner un mingitorio de cabeza y llamarlo “Bebedero” no me dará fama ante la “Fuente” que él ya hizo. No importan los motivos que le dé, a menos que los críticos laureados lo califiquen distinto. Pero Escher, esa es otra historia, otro genio que extraño.

Tomé un curso básico de historia del arte. Hasta entonces el arte moderno y abstracto me parecía algo más divertido que ingenioso. Acabando l curso yo creía entenderlo todo, los motivos y el valor de la obra de Pollock, pero aún me encuentro ante la misma encrucijada. Entiendo el propósito de enumerar y no nombrar su obra para evitar la expectativa de algo en específico por parte de la gente, y hacerlo ver el arte por el arte, el color por el color, y que cada uno interpretara por sentimientos. Pero a ojo de que nada abe, son solo rayones de pintura aventado sin sentido, cuando podían podían haber creado una escena como las de El Greco. Claro que no es lo mismo en cuanto al propósito, el ideal, o la finalidad de cada obra en su propio tiempo y espacio. Es sólo que el título de artista que otorga el tribunal supremo del arte depende de un punto de vista que escapa a mi comprensión. Visto desde donde se explica la obra de Pollock, yo también puedo ser uno, hacer uno, aunque la crítica no lo vea como tal. Y nada tiene que ver con la reproducción en masa del arte, o del arte por números, sino “de plasmar un sentimiento que refleja mi estadío en la sociedad”.

Un paradigma.

Pero con todo, quizá yo podría ser una Einstein, si practicara y hallara la aplicación a las matemáticas, lo cual no deja de admirarme, aunque no lo entienda. Yo lo hice. Las llamo “A”, y “B” (porque ponerles números sería copiarle a Pollock). Yo quería poner colores, me la pasé genial al hacerlo. Quizá llegue a la Z…

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A la sombra de un faro

•Noviembre 20, 08 • 2 comentarios

Hay un cierto aire alrededor de los faros que olvidamos cuando no tenemos uno cerca. Quizá en su limitada y a la vez privilegiada vista de la gran vastedad de lo que parece agua infinita esa fuerza de supervivencia que garantiza el buen arrivo de quien a pesar de brújulas y estrellas se olvida la solitaria presencia. De su compañero más cercano no ve ni su luz, y sin embargo muchos se abrazan a ella para llegar al abrazo de una taza de café y una cama conocida. Siempre me han gustado los faros, aunque no conozco ninguno y quizá sea por eso que no recuerdo la última vez que me abracé a uno, o que sabía hacia dónde iba. Puedo mirar las estrellas si consigo estar lo suficientemente lejos de las luces de esta ciudad, y no importa cuánto las vea, no logro encontrar algo que me recuerde lo que se supone que estoy haciendo. Reconozco las Pléyades pero no me conforta encontrarlas cuando a nadie a mi alrededor les conforta o siquiera recuerda a un viejo mito. Quizá sea el mismo movimiento de la aguja, cosiendo y descosiendo, de lo que no se libra ese abrazo regalado y recibido sin mucha atención. Esos son los faros que tanto quiero, que tanto me llaman la atención y de los que no conozco ninguno. Quizá sea la necedad de ver una luz que alumbre un camino que probablemente me niegue a seguir por el simple hecho de tomar una decisión que no me imponga quien no importa cuánta experiencia tenga no podrá enseñarme lo que duele darse de topes con la misma pared. Quizá entre las olas, a la sombra de un faro encuentre sentido a la luz que probablemente no sea mi camino el que alumbre, sino solamente a mí.

girasoldemente@yahoo.com.mx

También es cruel

•Noviembre 9, 08 • Deja un comentario

Dentro de las habilidades que se buscan dentro de la ecuación del día a día es no caer en la potencia del tedio, en el aburrimiento o la falta de sorpresa que provoca comenzar a ser a la misma hora, caminar los mismos escalones, saludar a las mismas caras, y realizar los mismos rituales. Somos seres de repetición, al grado de que podemos espantar el sueño si olvidamos darle tres vueltas a nuestra cama, ponernos de cabeza, sacarle la lengua al espejo, y poner el cepillo de dientes de cabeza. Si en algún momento algo de esto deja de funcionar, se recomienda hacer un cambio, pero que también se convierta en ritual, y quizá comencemos a dar diez brincos sobre la cama, correr el pestillo de la puerta 4 veces, hacerte pretzel, y acostarte con los pies en la almohada. Tiene su gracia el que sean estos rituales, la gente y la manutención de la idea de que todo va hacia algún lugar cuando nos negamos en movernos de donde estamos, los que nos mantengan relativamente cuerdos y funcionales dentro de los parámetros menos estorbosos y discriminatorios.

Las personas que nos rodean suelen ser parte de este tedio, y el juego se torna escabroso cuando empiezas a percartarte de la importancia que realmente tienen para tí ciertos aspectos personales… Sobre todo cuando te das cuenta que durante mucho tiempo te ha sido más fácil ir dejando a un lado ciertos lazos afectivos, no porque ya no te sirvieran o importaran o por no quererlos, sino simplemente por no dar más de lo que ya has dado, por no abrir más las puertas de lo que ya has hecho, y por no impregnarte con olores que no estás seguro si te quedan o no. Llega un momento en que vas comparando cantidades y te preguntas si de verdad es más importante contar con estos suficientes y esporádicos, a los numerosos y siempre fieles y escandalosos. A mí no es que me disguste la gente, es que me molesta en lo que me puedo convertir con algunos, en las cosas que puedo llegar a sentir, en lo que me provocan algunos… Y es que las emociones no son siempre controlables, sobre todo cuando entra en juego la autoestima y la autovaloración, que tanto les costó alcanzar ese lugar un tanto arriba de las rodillas como para tener que volver a escarbar bajo tierra para empezar a recuperar lo que no se comieron los gusanos.

Nunca me han gustado las despedidas, y quizá por ello prefiero excusarme para ir al baño, esconderme hasta que se va el penúltimo, pretender que voy a hablar por teléfono, o simplemente dar media vuelta una calle antes y caminar en dirección opuesta. Al final resulta un escape del tedio, de la misma historia de todos los días… La cuenta llega después, cuando aún no entiendes por qué aún te toman en cuenta, te extrañan o te reciben con los brazos abiertos como si fueras lo que más esperaba alguien ver esa noche. Son sorpresas y es cuando te preguntas si ese tedio, ese juego de todos los días, no es más que un pellizco cruel que te obliga a dejarte llevar…

Me gusta reencontrarme con la gente, pero cuando tengo ganas de ello. No siempre me acuerdo de un nombre, y por eso es más fácil evitarlo, o quizá no creo que de verdad quieran siquiera compartir tres palabras conmigo, y evito cualquier opción al disgusto. Resulta al final la justificación perfecta para denigrar las posibilidades…

Existe un gusto el poder compartir pasados, experiencias y recuerdos por ahí, sentarte sabiendo que ya se sabe, y después poder incluir a alguien más a la misma experiencia, poder compartir un poco más allá… Pero para uno quedan cosas en el tintero que escuecen un poco y es cuando se da la ocasión de buscar en otro lugar, otras posibilidades y así tener la libertad de un nuevo comienzo, como si el pasado no fuera más que una brisa de ayer que no dejó más que un titular en algún periódico. Me aterra y por eso el resto del empalizado superior, estar tan a gusto y el estarme alejando sin querer hacia otros lados, como si el tedio volviera a ser cruel y dentro de un par de años, comparar el mismo gusto y caminar a otros lados… ¿Dónde se supone que está el gusto de poder tener una familia si después se le da a uno por ignorar su existencia? y es ahí donde reside este pavor, esta necesidad de entender el rompecabezas y detener la huida sin motivos…?