También es cruel

•Noviembre 9, 08 • Dejar un comentario

Dentro de las habilidades que se buscan dentro de la ecuación del día a día es no caer en la potencia del tedio, en el aburrimiento o la falta de sorpresa que provoca comenzar a ser a la misma hora, caminar los mismos escalones, saludar a las mismas caras, y realizar los mismos rituales. Somos seres de repetición, al grado de que podemos espantar el sueño si olvidamos darle tres vueltas a nuestra cama, ponernos de cabeza, sacarle la lengua al espejo, y poner el cepillo de dientes de cabeza. Si en algún momento algo de esto deja de funcionar, se recomienda hacer un cambio, pero que también se convierta en ritual, y quizá comencemos a dar diez brincos sobre la cama, correr el pestillo de la puerta 4 veces, hacerte pretzel, y acostarte con los pies en la almohada. Tiene su gracia el que sean estos rituales, la gente y la manutención de la idea de que todo va hacia algún lugar cuando nos negamos en movernos de donde estamos, los que nos mantengan relativamente cuerdos y funcionales dentro de los parámetros menos estorbosos y discriminatorios.

Las personas que nos rodean suelen ser parte de este tedio, y el juego se torna escabroso cuando empiezas a percartarte de la importancia que realmente tienen para tí ciertos aspectos personales… Sobre todo cuando te das cuenta que durante mucho tiempo te ha sido más fácil ir dejando a un lado ciertos lazos afectivos, no porque ya no te sirvieran o importaran o por no quererlos, sino simplemente por no dar más de lo que ya has dado, por no abrir más las puertas de lo que ya has hecho, y por no impregnarte con olores que no estás seguro si te quedan o no. Llega un momento en que vas comparando cantidades y te preguntas si de verdad es más importante contar con estos suficientes y esporádicos, a los numerosos y siempre fieles y escandalosos. A mí no es que me disguste la gente, es que me molesta en lo que me puedo convertir con algunos, en las cosas que puedo llegar a sentir, en lo que me provocan algunos… Y es que las emociones no son siempre controlables, sobre todo cuando entra en juego la autoestima y la autovaloración, que tanto les costó alcanzar ese lugar un tanto arriba de las rodillas como para tener que volver a escarbar bajo tierra para empezar a recuperar lo que no se comieron los gusanos.

Nunca me han gustado las despedidas, y quizá por ello prefiero excusarme para ir al baño, esconderme hasta que se va el penúltimo, pretender que voy a hablar por teléfono, o simplemente dar media vuelta una calle antes y caminar en dirección opuesta. Al final resulta un escape del tedio, de la misma historia de todos los días… La cuenta llega después, cuando aún no entiendes por qué aún te toman en cuenta, te extrañan o te reciben con los brazos abiertos como si fueras lo que más esperaba alguien ver esa noche. Son sorpresas y es cuando te preguntas si ese tedio, ese juego de todos los días, no es más que un pellizco cruel que te obliga a dejarte llevar…

Me gusta reencontrarme con la gente, pero cuando tengo ganas de ello. No siempre me acuerdo de un nombre, y por eso es más fácil evitarlo, o quizá no creo que de verdad quieran siquiera compartir tres palabras conmigo, y evito cualquier opción al disgusto. Resulta al final la justificación perfecta para denigrar las posibilidades…

Existe un gusto el poder compartir pasados, experiencias y recuerdos por ahí, sentarte sabiendo que ya se sabe, y después poder incluir a alguien más a la misma experiencia, poder compartir un poco más allá… Pero para uno quedan cosas en el tintero que escuecen un poco y es cuando se da la ocasión de buscar en otro lugar, otras posibilidades y así tener la libertad de un nuevo comienzo, como si el pasado no fuera más que una brisa de ayer que no dejó más que un titular en algún periódico. Me aterra y por eso el resto del empalizado superior, estar tan a gusto y el estarme alejando sin querer hacia otros lados, como si el tedio volviera a ser cruel y dentro de un par de años, comparar el mismo gusto y caminar a otros lados… ¿Dónde se supone que está el gusto de poder tener una familia si después se le da a uno por ignorar su existencia? y es ahí donde reside este pavor, esta necesidad de entender el rompecabezas y detener la huida sin motivos…?

Nuestras herencias medievales

•Noviembre 5, 08 • 2 comentarios

Hablar de la Edad Media es como hablar de otro mundo, de una historia casi fantástica, por lo que en ocasiones se nos olvidan algunas costumbres o expresiones que heredamos de aquellas épocas. Pero nunca es tarde para recordarlo, y por eso hoy quiero hacer un breve recuento de algunas cuantas curiosidades. Hay que recordar que en el medievo no existían los cepillos de dientes, perfumes, desodorantes ni el papel higiénico (de la historia de las tazas del baño hablaremos en otra ocasión), por lo que las heces humanas se tiraban por las ventanas de los castillos y las casas. Al hacer esto, como no solían asomarse para ver si había alguien caminando debajo, nace la frase “Agua va”, que en México aún usamos a modo de “¡Aguas!”.

Toda la grandeza y suntuosidad de los palacios y del vestuario en general tiene explicaciones más allá del poderío o de la moda, sino de una lucha por la supervivencia y la tolerancia. El Palacio de Versalles nos sirve de perfecto ejemplo, ya que este palacio de París no cuenta con un sólo baño (es en serio), y nos sorprenden sus enormes y hermosos jardines que en la época eran más usados que contemplados, ya que se usaban como retretes en las fiestas promovidas por la realeza (…). Es verdad que durante las fiestas había sirvientes que se dedicaban a abanicar a los invitados, pero más que por el calor era por el hedor. Estamos hablando de una sociedad que no acostumbraba a bañarse nada seguido,(de hecho durante los meses de invierno no se bañaban por la falta de calefacción y agua corriente) por lo que el hedor que exhalaban de debajo de sus ropas (los cuales eran diseñados con telas gruesas y largas con el propósito de retener estos olores), y los abanicos ayudaban a, digamos que disimular, este insignificante malestar. No podemos olvidar que la mayoría de las bodas se realizaban entre mayo y junio, al comienzo del verano, esto porque el primer baño se hacía en mayo y el olor de las personas aún era tolerable para junio. Pero, como ya había indicios de hediondos aires, las novias llevaban ramos de flores para disfrazarlo, y de ahí nace la tradición del ramo de novia.

Esto de la limpieza es algo que en Europa tardó mucho en aprenderse, eran escuetos y de cualidades paticulares, ya que en muchos lugares se hacían en una tina llena de agua caliente para toda la familia. Primero entraba el jefe de familia, luego los otros hombres de la casa por edad y después las mujeres. Los últimos eran los niños y los bebés los últimos. Lógico que hubiera tanta mortalidad infantil, si cuando les tocaba el baño el agua ya no era más que lodo, pero de aquella no se “sabía” de bacterias.

Hay una expresión inglesa, Llueven perros y gatos, que tiene su origen en la edad media, porque los techos de las casas no tenían bajo tejado, y en las vigas se criaban animales (gatos, perros, ratas, aves, y demás) por lo que cuando llovía las goteras hacían que estos animales bajaran…

Ahora a los difuntos… Los más ricos tenían vajillas de estaño, el cual al oxidarse resulta venenoso. Los tomates, por ejemplo, facilitaban la oxidación del material, pero como no se sabía se consideraba que lo que era malo eran los tomates.  Con los vasos era lo mismo, porque la cerveza y el vino también lo oxidaban y la gente entraba en un estado de narcolepsia por lo mismo. Como hubo casos de tumbas desenterradas en las que había evidencia de que los muertos habían sido enterrados vivos (por estar catatónicos), los “muertos” se ponían en la mesa de la cocina durante algunos días, por si acaso despertaba, y de ahí nace nuestra costumbre de velar junto al cadáver. También nació la costumbre, por lo mismo, de atar el extremo de un cordel a la muñeca de la persona a enterrar, y pasar el cordel por un agujero del ferétro y conectarlo a una campana, para que en caso de que despertara pudiera avisar que estaba vivo bajo la tierra. De ahí nace la expresión “Salvado por la campana”…

Saludos!

Girasol Demente

girasoldemente@yahoo.com.mx

Incógnitas de la vida IV

•Noviembre 5, 08 • 1 comentario

Sinceramente hay muchas cosas que me encanta preguntarme y dejarlas corriendo hasta que termina mañana… Y es que estas parecen no terminar… sino multiplicarse, sólo hace falta hacerse la pregunta en la equina correcta, y siempre tendrás un motivo más para sonreír… Como cuando te haces un sandwich y el chope, el salami y la mortadela simplemente no encajan, porque alguien sigue haciendo el pan cuadrado y las carnes frías redondas. ¿Por qué no hacer el pan cuadrado o las carnes frías redondas y así evitar que me queden esquinas sin relleno? Llenar ese hueco con imaginación es como la cara que pones cuando después de lastimarte, la sangre ahí coloreando tu pantalón y te pregunta ¿Te duele? No vaya a ser que se trate de una herida virtual…

Somos animales de costumbres, pero de costumbres muy raras, porque entramos a un lugar completamente oscuro y abrimos los ojos como platos, como si viendo más oscuridad la veamos mejor, se estropea un aparto eléctrico y lo primero que hacemos es dejar el botón de encendido hasta que éste atraviese el aparato por el otro lado. Nuestra condición nos ha llevado a realizar las tareas más extrañas, como ponernos gotas en los ojos (quizá para disimular la resaca) pero cada que nos echamos las gotitas abrimos la boca de la manera más curiosa, como si de esa forma mejoráramos el tino, o quizá para comprobar que de verdad no nos las estamos tirando en el lugar equivocado. Nos sonamos la nariz con pañuelos, y cada que terminamos nos asomamos para ver qué salió, como si ahí fuéramos a encontrar el regalo que Santa Claus nunca nos trajo.  Por si fuera poco cada que echamos una carta al buzón nos encanta asomarnos, para ver si en el atisbo de esa oscuridad (ante la cual abrimos los ojos como platos) vayamos a encontrar al pueblo de Lilliput dispuesto a amarrarnos al suelo…

Y esto no termina, porque además nos encanta llegar a la cima de la montaña y ponernos las manos en la cadera, y desde y de cualquier altura, nos encanta ver si logramos vislumbrar nuestra casa (???). Hoy en día tenemos teléfono, y no sólo el celular, pero eso sí, si estás sentado y te llaman al celular te entra la necesidad de ponerte a caminar, y si estás caminando haces lo imposible por detenerte. No estoy segura en dónde catalogar la concentración de la misma ironía. En casa nos gusta estar descalzos, en calcetines, y si en casa de alguien está permitido hasta presumimos el nuevo diseño alrededor de nuestros pies, pero en una zapatería eso de quedarse en calcetines nos resulta incómodo, como si en una zapatería el mostrar el pie o el calcetín fuera motivo de una expulsión inminente del mundo del calzado… La gente no está ahí para hablar de tus calcetines y tú estás ahí para probarte zapatos, los cuales lamento informarte que no te caben a menos que te quites los que traes puestos. Es como comprar un helado en cono (barquillo, cucurucho) y justo a la mitad aceptamos el impulso de morder la punta del cono y después intentar ganarle la batalla a la gravedad por nuetro helado que sin mayor anuncio comienza a escurrirse con el rumbo fijo en nuestra playera y pantalones.

Sigo convencida que somos un espectáculo de tal envergadura que por eso los extraterrestres aún no han hecho “contacto”. Es más divertido vernos hacer el ridículo cuando alguien nos cuelga el teléfono y nos quedamos mirando al aparato como si éste tuviera la culpa, nos escondemos debajo de las sábanas cuando tenemos miedo por la noche como si éstas fueran impenetrables por un cuchillo, y además nos creemos nuestras propias mentiras, porque en el cine en las películas de miedo siempre hay una puerta cerrada detrás de la cual siempre hay mucha luz, como si del otro lado los espíritus estuvieran fotocopiándose el trasero.

Pero eso sí, que ni qué, me sigo preguntando por qué a mí no me dieron la canica que tienen todos los vecinos y que siempre a media noche se les cae o sueltan a rodar por el piso…

Girasol Demente

girasoldemente@yahoo.com.mx

No sé qué quiero, pero sé lo que no quiero…

•Noviembre 5, 08 • 1 comentario

Me atrevo a citar a tantos que así lo dijeron, como a quienes con algo de valor lo clamaron a los cuatro vientos. Entre la infinidad de posibilidades, al menos poder elegir cuál es la piedra que no te gusta, cuál es el color que definitivamente no te quieres ver puesto, cuál es el aroma que te marea… Hay una gracia en el intentar, en el probar, en el aventarse la diferencia, quizá por la misma necedad que presumo de no hablar sin antes haberlo experimentado, analizado o al menos entendido. Queda mucho por entender, quedan muchas personas por conocer, muchas facetas decisivas que descubrir y una individualidad que presumir. Quizá por eso es que me gusta aventarme al precipicio, darme de topes con las paredes, discutir sin llegar a una conclusión hasta el final del siguiente día, y enrredarme con la misma historia hasta verla desde los ojos hasta de los mosquitos que ni van ni vienen, sólo vuelan.

Cuando recojo una piedra del suelo y la guardo en mi bolsillo, no busco aumentarla a una colección, en ocasiones simplemente cambiarla de lugar, llevarla a un lugar donde no “pertenece” donde el paisaje no sabe qué hacer con ella, pero donde simplemente es en sí misma una piedra, sin que le afecte qué sucede después. Lo he hecho varias veces, es un placer sincero el de exponer todo el entorno a algo que no estaba ahí, que sin estorbar tampoco sobra, simplemente está ahí. Quizá el que venga detrás no la vea, no la note no la justifique, sólo la encaje como parte del todo, de la fotografía que olvidará esos pequeños detalles que a mí tanto me llaman la atención.

He calificado como tragedia el haber aceptado verme desde tantos puntos de vista, incluso desde los juicios de quienes están más cerca de mí. Quizá debiera darme más tiempo para ser en la realidad que está ahí, aquí, del otro lado de la piel, pero no puedo dejar de ser tan yo, ni de ir tomando esos pequeños pedazos para ir armando mi babalonia, que aún parece más una bodega de objetos viejos, perdidos y olvidados, que un sueño de presente. Quizá por eso llega un momento de en serio tomar el paso de no preocuparme por la reacción, juicio, simpatía, apoyo, o misericordia de los demás.  ¿Qué hay de malo en soñar despierto? Si al final no estoy aquí para darle gusto a quien se abraza a mí, sino para estar a gusto en el espacio compartido…

Es verdad que no estoy segura de qué quiero, pero me queda claro lo que no quiero, y eso pesa más que una hipótesis del hubiera, y quizá sea la promesa de un jamás que llegó ayer y que olvidé mencionar cuando me lavaba la cara del otro lado del espejo. Nadie habla de garantías, porque tampoco se piden…

La derrota no es tímida

•Octubre 15, 08 • 1 comentario

…pero es silenciosa

Hay sentimientos que podrían explicarse en una metáfora y así evitar que quien debiera entender lo haga, aunque tengas la intención, y así te evitas la incomodidad de haber sido sincero. Esa ha sido una de mis grandes premisas para escribir sobre sentimientos y compartir un par de palabras. Es más cómodo. Pero en ocasiones la situación obliga y el pavor se va haciendo presa. Es parte de esta idea de que el presente no es más que el borrador de una obra a la que todavía le faltan los actores. Aunque por momentos parecen los recuerdos de alguien de 85 años, sólo que los rostros ya le son borrosos. En algún lugar intermedio entre el borrador de un ensayo y el recuerdo de lo que fue está lo que algunos llaman realidad, y por obligación uno tiene que enfrentarse a ella como si se tratase de una condena y las personas están ahí, en frente, sin más que esa forma de ser tan suya y tuya.

Hace algún tiempo sostuve una conversación que aclaró mi catálogo del mundo y los sentimientos: habemos personas y habemos gente, y por lo general las personas se enamoran de personas, pero se tornan en amores ideales, platónicos, y de alguna forma nos conformarmos con la gente, nos hacemos valer a través de nuestro propio sacrificio ante nosotros mismos. La verdad es que no engañamos a nadie, ni a nosotros mismos.

Soy de esas personas que cuando está sola se imagina todo tipo de situaciones con todo tipo de personas, y en mi cabeza mantengo todas esas conversaciones que nunca sé cómo empezar o que nunca me atrevería a decir en la realidad. Son válvulas de escape que te tranquilizan. De alguna forma tuviste esa conversación aunque nunca la tendrás en realidad. Es como llorar solo… Soy culpable de creer que esta realidad no es más que el borrador de una obra de teatro que todavía no encuentra a sus actores, aunque me descubro cual señora de 85 años recordando el pasado y colocando los rostros en lugares diferentes. Sé que en algún lugar intermedio está la realidad a la que se supone debo enfrentarme, pero nunca se debe subestimar el poder de negación.

Hasta ahora todo había ido funcionando bien, fue cuestión de no hacerlo palabras sonoras con nadie hasta que ya no fuera una mera suposición. Estos sacrificios por considerarlos personas son las redes que me han justificado, en parte por evitar derrotas, obligaciones y decisiones que desbalanceen mi vida. Son la única forma que he encontrado para amalgamar las derrotas y lograr esconderlas tras una puerta cuya tranca es de éter. Es más fácil después de pasada la tormenta escupir todos los argumentos, todos los contras del “hubiera” y así evitar un arrepentimiento. El no hablar esos sentimientos, el hacerlos una metáfora para protegerme de lo incómodo también han servido para llegar al momento de decir “ya es demasiado tarde” y “¿Qué derecho tengo yo de decirlo? ¿con qué cara le hablo de algo que no puedo cumplir?” Lo que nunca me imaginé es que esa falta de arrepentimiento se conviertira en la más sincera de todas mis derrotas.

Hoy, después de naufragar y caer al agua sin salvavidas, puedo decirme que no me arrepiente aún, que de alguna manera la otra cara de la moneda también es un mar de decisiones que he querido, y no me arrepiento de ellas, porque de las opciones que se tienen se eligen algunas y otras no… El problema es ¿cuántas veces más seguiré atormentándome con esto? Quizá hasta que tome la iniciativa de ser la primera, quizá hasta que me tome la libertad de al menos decirlo, aunque no signifique nada.

girasoldemente@yahoo.com.mx

Por los olores y aromas (I)

•Octubre 3, 08 • 1 comentario

Si me guiara por olores podría recordar más de una vida, y con el tiempo hasta desprenderme de los mismos recuerdos que provocan. Mientras los anclajes no sean estériles, esos recuerdos permanecen. Y es que más que un simple olor es una evocación, como se avecina la tormenta y el olor del mundo se torna apacible y melancólico, como una esperanza que no termina de cuajar. Recordar el olor de la tierra mojada, luego de la lluvia, cuando la diversión se atenúa y se transforma en un suspiro alentador, el olor de la ropa sacada de la lavadora, como si se tratase de un recuerdo de otro tiempo. Y sí también está el olor del plástico quemado fruto de una complicidad y una travesura secreta que siempre se acompañaba de miradas y comentarios repulsivos. El olor de unos pies sudados nos recuerda que aún estamos vivos, y que lejos de ser agradable acusa nuestra presencia y nos hace visibles hasta para los mormados. No me puedo quitar de la cabeza ese olor de la avena cuando se está cociendo, como si el engrudo no bastara para obligarnos a pernoctar con dolor de esófago. El aroma de una rosa, tan subestimado me recuerda a las margaritas que en su aroma tan salvaje y poco reconocible se esconde la sinceridad de su presencia. El olor de las piedras, el olor de los gatos y del caucho de las ruedas de mi bicicleta justo antes de perder el control y sumar una cicatriz a las tantas todo por la necedad de ser igual que los grandes. El suelo también tiene su aroma, y no es lo mismo cuando te acuestas en él como cuando te caes y de la mano viene el olor del merteolate, siempre tan rojo y oscuro penetrante y olvidadizo, que no provocaría ardor, pero sí hacía extrañar el del alcohol que siempre parecía refrescar memorias de hospitales sin anestesia. Y si de hospitales hablamos, no todos huelen igual, y según el piso parece que las enfermedades se van colando en las paredes, las alfombras y hasta las manos de las enfermeras, que no importa cuán limpias, siempre huelen a hospital. Olores como esos, de las panaderías en la mañana temprano, cuando recién empieza a prometerse el pan cocido en el horno, que entre harina y masa abre el apetito y antoja la mortadela. Siempre estará el olor de la señora que limpia las escaleras, como entre estropajo y jabón en barra, que por mucho que lave de la misma forma, nunca me impregno igual. Quizá sí se pueda revivir toda una experiencia a través del aroma de un café recién molido, que nunca será el mismo que cuando ya salió de la olla o impregnó un poco de agua y así darse el lujo de recordar el primer café, tan odiado, y luego tan necesario y poco abandonado. Sin olvidar el sótano de mi abuela, una mezcla entre el frío del tabique, las botellas de vino, los pollos recién degollados y el escape a por el frío del congelador siempre con la promesa de una sorpresa helada de chocolate, o algo dulce. Poco he logrado en cuanto a reconocer a las personas por los olores, pero sí lo lugares, porque además no todos los barrios y colonias huelen igual, y puedes reconocer por dónde estás en la ciudad con los ojos cerrados si sólo levantas un poco la nariz y entonces recordar por qué el mareo de aquellas curvas y las arcadas que te provocaba que alguien más tuviera que bajarse a la orilla de la carretera. Y entonces reconocer el olor de la tierra que se va acumulando bajo las uñas, y el olor a sudor que se deprende de entre tus dedos después de estar toda la tarde en la bicicleta arrancando fruta para merendar y evitar una vuelta hasta casa. El olor de esos gitanos llegando en sus caravanas listos para armar sus puestos de balines siempre me confundía entre el olor de la ropa limpia y el secreto de una sabiduría inalterable…

Batallas sin Historia

•Julio 28, 08 • 1 comentario
http://www.flickr.com/photos/marcoescobedo/2361981880/

http://www.flickr.com/photos/marcoescobedo/2361981880/

Parece una ley esa de leer siempre los dos lados de las historia cuando se trata de una batalla, porque al final la Historia es de los vencedores y de los vencidos queda el arte póstumo que se recuerda con sobriedad y estoicismo. “Pobres incivilizados”. Esa Historia tan florida que por sí misma se va justificando, o como los romanos que después de conquistar a los griegos insistieron hasta en encontrar vínculos en su mitología (creando el mito de Virgilio en busca de ancestros legendarios que los unieran) para justificarse ante la misma Historia que ellos escribieron. Pero eso sí, nadie te cuenta de esas batallas que carecen de preliminares, justificaciones, armas ni ganadores. Esas batallas que resultan interminables cuando te cuesta ponerles un sabor para describir y entender el sentimiento que se alberga tras el inevitable paso del tiempo. Humanos al fin de cuentas, quizá como los describe Guillermo del Toro con un hueco en el corazón que los hace siempre querer más y quienes justifican sus acciones con el olvido. Quizá esa sea la verdadera condena de la que tanto insitió Sartre, no tanto el hecho de tener que vivir y con ese “regalo” estar obligado a ser consecuente sin haberlo pedido, sino de que además nuestra “naturaleza” nos destrona incluso de aquellos ápices que nunca hemos alcanzado. Nos justificamos para destronarnos, esperando que en 100 años alguien encuentre algún artista que nos pueda explicar qué fue lo que pasó y nos perdone la culpa.

Encontrar a una persona, cualquier persona, implica hasta cierto punto ceder en tus propios significados para no permanecer aislados, y son tantas esas personas cualquiera, y tanto comprometerse, que terminas viéndote como un pedacito de todos los que una vez creíste haber sido. No es tanto un problema, porque aún guardas el recuerdo, pero no hay justicia poética para el que decide regresar a armar esas piezas y exigir ante las mismas personas un nuevo trato. Es cuando se libran batallas que parecen sin sentido, porque exiges un derecho que nunca habías exigido antes, decides no martirizarte mientras lo haces y corres el riesgo de perder todo aquello que tanto miedo tienes de perder.

Yo no sé, pero esa condena de pensar tu presente y luchar batallas que a otros les son inapetentes para terminar engullendo tú sólo el trago ácido de lo que una vez imaginaste dulce no resulta del todo alentadora, al menos a corto plazo, y el mundo te juzga por querer algo a largo plazo, cuando lenta y suntuosamente te vas vendiendo por no atreverte. Esas otras batallas, las internas, en las que debates por el simple hecho de renunciar a todo por atreverte aunque sean tres minutos de felicidad y luego empezar de nuevo, son mutiladas por la moral y las buenas costumbres de una sociedad que vanagloria al mediocre pisotón del cruel sobre el noble.

¡Quién me diera un poco de pan para acompañar este bocado, que de la ya librada batalla resulta un resto insípido e incoloro! Si tan sólo hubiera manera de expiar las culpas, de saborear lo que no se entiende y de mortificarse sin tener que pedir que otros hagan lo que tú no vas hacer nunca. Pero hasta ahora no he tomado en cuenta al orgullo, que con tal de no disentir o provocar un alargado debate para redactar un contrato que termina olvidado en un capítulo no leído, se dispone a actuar un par de días y luego se va olvidando. NO la gente no cambia, y tampoco la naturaleza humana, al parecer.

Entonces ¿por qué sigo teniendo fe en la humanidad? Es probable que es sólo por el hecho de no perder fe en uno mismo, porque entonces carecería de sentido, o eso creo, porque no me puedo bajar del mundo para tomar un respiro y verlo desde fuera, SIempre estás en medio de esas batallas y parece que mucha gente prefiere darlas por hecho, por capítulos olvidados a entregarse a promulgar un resultado que favorezca por lo menos a la propia conciencia. Y, mientras balbuceo sin sentido, sigo pensando en qué dirán aquellos que lo lean y se identifiquen para luego restregarme alguna historia, o lanzarme preguntas por todas aquellas cosas que no me he atrevido a defender porque no han salido a colación, o por el simple hecho de evitar un rechazo inminente.

girasoldemente@yahoo.com.mx

Esto de la televisión (y iv)

•Junio 23, 08 • Dejar un comentario

Sí, sí recuerdo mi tiempo sin televisión, o por lo menos con horarios establecidos. No creo en esta idea de que la televisión no sirve para nada, y menos cuando se menciona que “educa, porque cada que la prenden me voy a otra habitación a leer”. Algo tiene la televisión. No se la debe tachar de algo completamente negativo, pero sí hace falta aprender o enseñarnos a ser objetivos en cuanto a ella. Y quizá ese sea el verdadero problema. Sigo apoyando la idea de que la función o el trabajo, o el propósito de la televisión no es, ni tiene por qué ser obligatoriamente, el educar. No se trata de pretender educar a la gente a través de un medio cuyo propósito es el entretenimiento, y en todo caso informar. Ahí tenemos los noticieros porque en algún momento nos dijo Sartre que somos responsables de nuestras acciones y de lo que éstas puedan ejercer en la humanidad, pero de ahí a que nos eduque… Disiento. Yo no voy al cine para que me eduque, al menos ese no es mi propósito, quizá aprenda algo, pero no porque el cine pretenda educarme. No leo una novela para aprender, porque su propósito tampoco es educarme. No voy al teatro para educarme, porque tampoco es su propósito, y tampoco escucho la radio para educarme… ídem. ¿Por qué entonces darle a la televisión esa obligación? Claro que existen canales (para quien puede pagarlos) que se dedican a eso, pero son canales especializados, no disponibles en televisión abierta. Lo que sí es que esta televisión se da a la tarea de mostrarnos un punto de vista, que podemos ser objetivos al respecto, sí; que podemos ser reflexivos al respecto, sí. Entonces, lo que hace falta no es que la televisión eduque, sino que nos eduquen con respecto a la televisión, a lo que es, a lo que muestra y a lo que nos provoca. Verla en automático es igual a automatizarnos. Cuando la vemos de forma reflexiva dejamos de quererla tanto, aunque sí la vemos hasta con un tono de orgullo porque hemos sido capaces de programarnos un horario, elegir un canal, y disfrutar de algo un tanto más conmovedor. Yo prefiero ver una película de Chaplin, así de antigua, a ver si los concursantes han logrado perder el peso que se habían propuesto. Pero esa soy yo, y no soy la única. Para lo que usemos la televisión es decisión propia, el tipo de entretenimiento que busquemos también, pero ojalá nos dieran herramientas para verla, en lugar de lanzarnos a ese vacío sin otra explicación que un control remoto y la necesidad de no excluirnos de las conversaciones a la hora del café.

Esto de la televisión (iii)

•Junio 19, 08 • Dejar un comentario

No se trata de encontrar el hilo negro de esta cuestión televisada o televisiva. Tampoco es una cuestión de demostrar que hay alguien que está dispuesto a cambiar el canal o apagar la TV por el simple hecho de que resulta una opción tan codiciable, tan complicada, pero resulta una liberación extenuante. Finalmente no puedo dejar de impresionarme de esta realidad televisada, y de la idea de que si no existes en televisión, aunque sea un momento, no eres. Pareciera que se trata de que ahora es más importante ser en un segundo de televisión, que convertirse en una referencia de la Historia; más que ser un eco permanente, ser un eco remanente.

Resulta la realidad televisada la referencia al mundo que está ahí afuera, y en esto de “ahí afuera” se reivindica la que debería ser una intolerable separación entre la realidad y la realidad televisada. Sin embargo, este aparato se convierte en los ojos, opinión y acción del mundo. Y a la vez en su propia ironía. Los que hacen televisión son seres humanos, y quienes claudican por ella también, sin olvidar a los que la catalogan, etiquetan, y clasifican. Pero la televisión, a pesar de ser una confluencia de imágenes “tomadas de la realidad”, se diferencia del cine, y es tan diferente que en ocasiones resulta igual. Tan igual como quien al ver los avionazos en las torres gemelas lo pensó primero como los avances de una película, y tan diferente que la crudeza de las imágenes de noticieros son aptas para todo público, pero las imágenes crudas y “creadas” en el cine están vetadas a infantes. ¿Es acaso más cruel la fantasía que la realidad? Finalmente la realidad es vista a través de ojos humanos, y la fantasía es creada a través de ojos humanos. No veo la diferencia.

En todo caso se debería vetar la capacidad humana de recrear imágenes mentales, de imaginar, porque esas imágenes tan personales nada tienen que ver, e incluso hacen ver a las imágenes que percibimos de “afuera” como un fallido ensayo. Vetar también la literatura, que en su haber provoca esas imágenes, además de incluso fomentarlas y explicarlas, porque no es lo mismo ver que describir, y dejar a la imaginación el resto del trabajo.

¿Entonces la televisión de qué privilegios goza? De todos y de ninguno. Es tan libre elección ver el canal que prefieras de las opciones que tengas, como no verlos, interpretarlos como sólo engullirlos. Pero está en todos lados, y se ha convertido en una actividad individual, y de ahì a la soledad de la masa. Total, más de lo mismo y de lo que tantos estudiosos han dicho. Finalmente esto de ser historia a través de la televisión nunca podrá ser mejor explicado que por Derrida.

Vetar o no vetar a la televisión no es el tema, pero si cabe destacar cuántos minutos de una hora se dedican a la publicidad, a rellenar porque ya no hay más programa o porque es más importante vender tiempo aire que entretener a la gente. Círculo vicioso. Sí vale la pena pensar en un programa de diálogo interrumpido cada cinco minutos en lugar de cada media hora, incluso un porgrama de concursos resulta más parejo si tiene menos pausas… Seguiremos viendo la televisión, por supuesto que sí, sobre todo en un país dónde la opción de la Internet es aún demasiado vaga. Yo prefiero tener una televisión con pausas más alargadas, aunque tenga que aguantar más las ganas de ir al baño o la queja del estómago, a romper la concentración porque alguien en serio prefiere que seamos todavía más tontos ante el aparato. Al final del día lo que queda en la cabeza con tantas horas y nula reflexión, que es ver “el ataque de las hormigas”, mejor conocido como estática, porque así nos van corriendo las neuronas.

Esto de la televisión (ii)

•Junio 18, 08 • Dejar un comentario

“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera” (Ortega, La rebelión de las masas.

No me voy a poner tan sartoriana por no tener esperanza en cuanto a esta sociedad de la televisión; que si son más o menos comerciales, más o menos tiempo para prepararte un bocadillo y satisfacer necesidades fisiológicas, o si son más los programas vulgares que los cultos, o si la televisión más o menos educa y forma o si es más o menos responsable de la sociedad. Finalmente la televisión está ahí, y desde que yo tengo uso de razón ha estado ahí. No fue mi mejor amiga, no recuerdo haber sido víctima de la tradición de “ponerle la tele al niño para que se esté quito un rato”. Supongo que mi mamá tampoco veía en la televisión una manera de librarse de una carga… Claro que veía la televisión de pequeña, recuerdo tener en la mente horarios específicos de caricaturas: Los Thundercats, Halcones Galácticos, Los Pitufos, Supercampeones, Caballeros del Zodiaco. Había días que eran especiales porque podíamos (mi hermano y yo, claro está) ver a Topo Gigio, y alguna que otra cosa, pero de vez en cuando porque había que acostarse temprano, éramos pequeños.

Hoy en día sigo perdiendo tiempo con la televisión, si no la tengo de fondo mientras hago cualquier otra cosa, estoy viendo serie tras serie tras serie (extranjeras), o me la paso buscando canales con algo a lo que pueda yo decir “Mira, esto no lo sabía”. Y no, no soy ninguna erudita como para tener que ser tan meticulosa en cuanto a contenidos, pero es que al final del día hay pocos canales que me llamen la atención de ese modo, y de esos canales los contenidos suelen repetirse. Siempre me gustó ver esos canales, y los otros mencionados, y de ahí tener una plática (conmigo o con alguien más) que saliera un poco de la “caja de tontos” (como la llama mi papá). Vamos, más que relatar el programa, tratar de llevarlo a algún otro lugar fuera de la televisión.

Esto es precisamente lo que tanto se ha criticado a la televisión, por su habilidad de no permitir una abstracción de conceptos aprehendidos, no generar una opinión personal, y mucho menos generar una reflexión, personal o colectiva. Esto del tiempo de comerciales viene siendo lo mismo, va de la mano pues. Si la opinión pública la aceptamos como dada, y nos vamos haciendo esa mesas solitaria que no reflexiona ante la complejidad in crescendo de la existencia, nos dirigimos a polos opuestos. Individuos solitarios, tan hechos ya de historia, que no es de extrañarse que con la Internet nos vayamos de la mano y sigamos, orgullosamente, siendo esos seres solitarios e infranqueables. Con tanta información y sin poder, más bien sin querer digerirla, es más cómodo.

Y esto sin hablar de la capacidad innegable de la televisión de hacer un espectáculo de todo, al grado de que el espectáculo en sí nos resulte más cruel que la “realidad televisada”.

Esto de la televisión

•Junio 17, 08 • Dejar un comentario

Ya se decía que hoy en día una persona recibe más estímulos visuales en un solo día que los que recibió un hombre medieval en toda su vida. Quizá resulte aterrador pensarlo en cuestión de que no nos hemos hecho más inteligentes, capaces, cognitivos o humanos, aunque sí mucho más neuróticos, antisociales, flojos y caóticos. Gran parte de estos estímulos visuales vienen de la contaminación publicitaria que no nos deja en paz. No por nada nunca entro al cine a tiempo. Me brinco los primeros 10 minutos de publicidad, llego a los avances de otros filmes, para luego entrar a la película de mi elección. Cuando veo televisión suelo tener dos programas a la vez (mi neurosis) y hago lo imposible por evitarme los anuncios en ambos. En el coche, si es que voy escuchando la radio, también cambio la estación cuando aparecen comerciales, y así me voy evitando un poco de tanto e innecesario bombardeo. ¡Gracias por dar opciones!

También es verdad que en este país Televisa domina la televisión abierta, y su audiencia es mucho mayor que la de otros canales, incluso en comparación con la televisión de paga (por cable, Internet, o antena), claro que esto según la poco grandiosa y elocuente agencia de encuestas IBOPE, que en lo personal pareciera ser una agencia lo menos objetiva que podía ser, pero es otro tema. Ahora bien, ya se decía que quienes manejaban Televisa decían que la atención del mexicano es de tres a cuatro minutos, por lo cual es completamente necesario darle un descanso a comerciales durante los programas… Y lejos de ofender la inteligencia del mexicano, parece celebrado por los mismos. ¡Y yo que pensaba que al público no le gustaba ser tratado como un idiota! (eso sin hablar de los contenidos). En pocas palabras Televisa ofrece alrededor de 10 minutos de comerciales por cada media hora de programa… haciendo un cálculo matemático digno de una ovación llego a la conclusión de que son aproximadamente 20 minutos de comerciales por hora, lo cual representa un tercio de la hora en comerciales (y mi habilidad matemática ha cumplido su labro del día).

Esta tendencia no es exclusiva de Televisa, ya que esto de los círculos viciosos, tan de moda y siempre tan aplicable, resulta un tendencia en América Latina (por lo que tengo entendido y leído). En Estados Unidos la cuestión es un tanto diferente, aunque no mucho que digamos.

Ahora bien, siempre me gustó ver la televisión española, porque los comerciales te dan el tiempo necesario para levantarte del sillón, ir a la cocina prepararte un sándwich tostadito, prepararte un café o un te, ir al baño, y regresar a la sala bien servido mientras termina la ronda de publicidad y vuelve el programa. Aquí en México te levantas corriendo, abres el refrigerador, sacas los ingredientes, empiezas a untar la mayonesa y regresas corriendo a la sala, dejando a medio camino la preparación del alimento, que para cuando llegan los siguientes ya no se te antoja.

En España la ley acaba de limitar a 11 minutos de publicidad por hora (la mitad de la publicidad por hora en México) en una reforma necesaria y urgente a la ley de televisión. La cadena TVE (del gobierno) ha decidido que para el 2010 tendrán sólo 9 minutos de publicidad por hora. Es decir verás un verdadero programa de una hora con un descanso de 9 minutos para hacer lo que se te de la gana, darle toda la vuelta a la programación, o desinhibirte en el baño, hasta darte un duchazo, y vestir traje de gala para la antesala a la cama.

¿Qué es en realidad esta diferencia de tiempo publicidad por hora en una televisora? No sólo se trata de los intervalos, porque aquí en México son cada 3-4 minutos, mientras en España es un descanso cada media hora (serán entonces dos descansos de 4.5 minutos por hora o, en su defecto, un descanso de 9 minutos por hora, que es más lógico para como funciona hoy en día esta televisión). Para empezar no se trata al público de tonto o incapaz, no se lo trata como conejillo de indias, ni como un mero interés de la televisora para poder vender cada vez más caro el segundo en televisión (y más en hora pico). Y que conste que no estoy hablando de contenidos, toda televisión tiene banalidades, pero no vive exclusivamente de ellas. Además, no se trata de compensar, es decir, las banalidades, aunque uno piense lo contrario, no son tan elocuentes como para llenar una o dos horas enteras todos los días, y menos si son 51 minutos de programa. Si son 40 minutos (como en México) da más opción a que los guionistas, directores, pelagatos y actores, no se cansen demasiado y cobren como si trabajaran la hora entera.

Si lo pensamos a fondo (reavivando las mates), por cada 8 horas de televisión en México, tenemos un aproximado de 80 minutos de descanso. Ergo, trabajas 6 horas y media por una y media de descanso. Esa es una jornada laboral que ya quisiera tener yo, que trabajo 8 horas completas más una hora de descanso (9 horas en la oficina, una de descanso).

En fin, tanto para llegar lo mismo. Finalmente me llama la atención que en España (una tendencia europea además) se tiene un poco menos de la mitad de tiempo publicidad por hora que en México (una tendencia americana). ¿Sigue siendo redituable la televisión en España? Sí. ¿Tiene contenidos un tanto más interesantes y menos bobos? Sí, sí los tiene. ¿La gente tiene vergüenza de decir que ve televisión abierta? No. Además de garantizar menos bombardeo estúpidizante a un público igual de desconocedor, pero también igual de humano.

Palabras…

•Junio 13, 08 • Dejar un comentario

Hay momentos en que pareciera que se disuelven las esperanzas, y con un trozo de carbón aún caliente se quema uno la mano, cerrando el puño, sintiendo bien ese calor, ese dolor, y cómo penetra hasta el mismo centro de la cordura. Quizá entonces quede un poco de esperanza, ese atisbo aún caliente que pueda quemar y sentirse con la misma convicción. Te vas acostumbrando a asirte de ese sentimiento, de ese lugar, de ese momento, para que no se derrumbe lo que ya se va destronando sin haberlo previsto. Así se transforman las relaciones humanas, justo cuando crees que ya no hay esperanza, todo parece volver a la normalidad para derrumbarse aún peor y renacer cual ave fénix, sólo que en ocasiones no renace en compañía…

Siempre habrá personas que por mucho superarlas regresan para embrujar un momento. Viejos fantasmas del recuerdo, que más que perseguir sin ilusión, viven sólo en un recuerdo… Y es que hay sensaciones que no quisieras haber perdido, no tanto a las personas, sino lo que te hacían sentir. Como las palabras, que puedes olvidarlas siempre y cuando no olvides aquello que revolvieron.

Aguas turbias y virulentas, despojos y desechos, todo para darle un poco de nada a lo mucoh que ya no hay. Es quitarse las ganas, romperse las ropas, abandonar los lentes y acuñar las arrugas. Entregarse como si no hubiera otra razón, preguntar como si no hubiera otro motivo, escuchar como si fuera lo último, y ver como si fuera la primera vez. Volver a conocer, re-conocer lo que ya estaba ahí, darle un lugar y una prioridad, consecuencia de un acuerdo mudo.

Así entre tímidas sobras, y valientes tropezones, más vale darse a conocer que desligar a las personas, como si recoger una piedra fuera darle vida, pero sin poseer más allá de lo priopio, más allá de tus propias manos.

De manuales perdidos (y II)

•Mayo 26, 08 • Dejar un comentario

Siempre, o casi siempre, que compramos algún nuevo aditamente electrónico, o del tipo, dejamas las intrucciones dentro de la caja, si es que no se va a la basura, y prácticamente nos limitamos a experimentar, porque “echando a perder se aprende) y si acaso nos topamos con algún inconveniente, preguntamos a quien esté más cerca. Esos manuales, si sobreviven, se vuelven recuerdos vagos cuando ya hemos cambiado de teléfono celular, por ejemplo, y es entonces cuando, posiblemente, le damos de comer a las dudas y nos sometemos al descubrimiento tardío de variadas funciones que ni por sorpresa se nos hubieran ocurrido. Si acaso los manuales nos los explican cuando compramos algo, y ahí nos hacemos presa de educandos y nos aseguramos de haber aprendido, y así seguimos, el manual perdido, ahora sí, y nada, a ver qué sale. Y no hablemos de los manuales de cocina, que no son otra cosa que las recetas. Quienes algo de experiencia tenemos en este arte, sabemos que éstos son sólo una referencia, porque ninguna estufa calienta igual, ningún horno hornea de la misma manera, y no todas las cebollas, manzanas o champiñones son del mismo tamaño, sabor o color. Es verdad, experimentar es quemar el agua, desfondar la olla, equivocar el azúcar por la sal, y brindar al basurero algún que otro regalo inesperado porque salió mejor pedir comida que ser el valiente conejillo de indias de tremebundo resultado.

Pero los manuales sociales no funcionan igual. No se trata de comprender el contrato social, a Maquiavelo y el poder, a Freud y el malestar de la cultura, que mucho tienen de razón y de aplicabilidad a las situaciones presentes, pero no definitivas. Esto del feminismo resulta inquietante para mí. Aplicar la lucha a conveniencia es atacar a quien te abre la puerta porque “no soy el sexo débil y puedo hacerlo sola” y hacerlo cuando no te abre la puerta “ah! maleducado, las damas primero!“. Esto de que nos caigan veintes, de necesitar un día al año para que nos festejen porque no nos valoramos el resto, esa impecable necesidad de luchar contra todo y todos… Es que de verdad me parece estúpido. Quizá por eso no me doy comunicado. Tanto se habla de que la mujer estudie, trabaje, se desarrolle, pueda elegir, para que al final las pláticas se rijan por tu modelo y color de zapatos, el bolso, el peinado y de ahí a seguirle. El punto es que he descubierto que romper el hielo con una mujer es extremadamente eficaz si te refieres a alguno de los complementos que porta, o el color de su maquillaje. De ahí pueden surgir todo tipo de temas y situaciones, pero con algo se empieza. Y sí, sí pertenezco al gremio femenino, pero no sé de qué tipo. Sí soy “feminista” pero no de ese feminismo atacante y sin-igual, que en lugar de defender destruye.

Disculparán ustedes, señoras, señoritas, mujeres, féminas y arpías, pero el feminismo que se ha luchado tiene la base de “igualdad de oportunidades”, pero el que tengas las mismas oportunidades no significa que tengas que elegir a fuerza algo, si por eso son oportunidades. La lucha feminista ha extralimitado sus fronteras de otorgar a la mujer la opción de elegir qué es lo que quiere ser, hacer, y no tener que dar explicaciones morales a su comportamiento. Pero se llega al extremo de que tomar la decisión “retrógrada” de ser mujer de hogar, es ridículo, y “malo”. Como si eso de ser “ama de casa” fuera tarea fácil (no hablo de mujeres que con mucho o poco tiene quién les haga todo, y pueden dedicar su tiempo a irse a desayunar, hacer ejercicio, balbucear con los hijos, y quejarse con el marido) sino las que dedican su vida a sus hijos, a su hogar, y a la base de su estructura. Si tan malo fuera muchos de nosotros no seríamos lo que somos, y no agradeceríamos a nuestras madres tanto y tanto tiempo y dedicación. Sin embargo, esa falta de valoración a la importancia que tiene dicha forma de vida, es lo que desvaloriza a la mujer, pero es la mujer misma la que lo desvaloriza. Vamos, si decides hacerlo, creo que es la opción del feminismo, como si eliges primero trabajr, o estudiar y trabajar…

Y disculpen que me queje, probablemente sin mucho afán o resultado, pero lo que está en juego es la identidad. Si tanto nos damos a la tarea de formarnos una individualidad, y las decisiones las tomamos porque “todos los demás lo hacen”, vamos tirando al caño el manual de feminismo radical, tan ridículo y presuntuoso, porque ahí no existe nada más que la borreguez. Ese sentimiento de tomar una decisión, la que sea por principio, por convencimiento y convicción, quizá nos salve de tanto manual inútil y perdido, si gracias a que todo está como está, la sociedad hoy da más libertad y menos pautas para ser un individuo decisivo, y no precisamente incisivo. ¿Qué tanto da usar o no usar rosa, amar las faldas o los pantalones? Si la gracia está en poder acomodar lo que hay a uno, y no acomodarse a lo que hay. Eso creo yo.

Finalmente, tanto manual feminista, tanto desacuerdo social, y tanto ataque al hombre, también han dejado de lado la opinión masculina de la vida, como si su opinión no fuera siquiera importante o relevante. tantos años enfocados en esta lucha feminista, que las repercusiones sociales sobre los hombres no parecen importar, y pero aún a quien le interesen se le tacha de anti-feminista e incluso machista… ¡Por favor! Si de nada vale pedir igualdad si sólo se ve un lado de la moneda… Hay dos para todos, bien o mal carecen de sentido cuando no hay una comunión entre la gente (como luchar en favor de los derechos de los homosexuales, ir en contra de la homofobia, y olvidarse de la realidad que tanto molesta ante homosexuales maleducado y mal encarados, que es como la mujer que se queja de que los hombres le dirijan miradas lascivas y frases inmorales… Pero no hemos entrado en la situación de que los hombres también tienen derecho de protegerse de los abusos de los homosexuales -incluyendo lesbianas y mujeres-).

Yo por lo pronto estoy definitivamente convencida de mi felicidad ante haber perdido el manual de mi “feminidad”, porque, seamos sinceros, al menos puedo darme la libertad de elegir sin miedo a ser juzgada, lo cual no quiere decir que no esté consciente de ello, pero carece de importancia si al menos tengo el apoyo de mi propia conciencia.

De manuales perdidos

•Mayo 16, 08 • Dejar un comentario

Existe una particular visión del mundo, específica para cada rol de género, que al parecer se obtiene a partir de una guía no mencionada, no aceptada, y menos compartida. Sin embargo, habemos quienes, lejos de entenderlo, nos vamos haciendo a la idea que esa guía se perdió en el correo, falsificó un dueño, y quizá hasta de género, porque permanecemos en un estado de observación dudosa, empeñados en comprender lo que no está a nuestro alcance y suponiendo que algo salió mal, preguntándonos qué es lo que ellos/as tienen que yo no tenga, y sumando suposiciones. Digo “habemos” porque cada vez voy descubriendo que somos más de los que nos reconocemos, y como parte de carecer de esta guía, nos encontramos siempre en los caminos paralelos, y poco a poco nos gusta quedarnos más ahí que acá. En realidad dudo que se trate de una consecuencia de nuestras infancias, menos de la educación que nos amamantaron, y por supuesto nada que ver con los principios de nuestro desenvolvimiento social. No es que seamos unos desadaptados psicópatas en necesidad inmediata de una consulta psicoanalítica y psiquiátrica, aunque definitiva algo pasó en ese camino que hizo más interesante el camino paralelo.

Quizá podría darme a la tarea de pensar en un sinfín de ejemplos en los que me he visto involucrada, o distraerme en el arte de decidir no entablar una conversación, más allá de la obligadas, con el 90% de las personas que conozco, porque disto de adecuarme al “small talk” si es que yo tengo que iniciarlo; finalmente este se trata mucho del humor en el que me encuentre, y nunca sé cómo continuar esa tan vanagloriada constancia social de tener que decir algo por el simple hecho de compartir un espacio común con alguien más. Se sabe de sobra que no sé iniciar conversaciones, casi con cualquiera, que prefiero escribir, y cuando quiero acercarme a alguien lo hago a través de detalles, pequeños o grandes, pero pocas veces con palabras. Pero me es mucho más fácil hacerlo con hombres que con mujeres, pareciera que el manual para mujeres es, además del social, el que definitivamente no llegó (el social quizá no lo terminé de leer antes de prestarlo a algún ingrato).

Recientemente he caído en la cuenta que me es mucho más difícil entablar cualquier tipo de conversación con una mujer que con un hombre, y no me extraña que en reuniones alcoholizadas, termine siempre de pie en el círculo de los hombres, en lugar de sentada en la salita, con la pierna cruzada haciendo muecas y ademanes sutilmente dignos de una dama. Lo he atribuido a una costumbre de encontrar a las mujeres en grupo bastante sosas cuando se trata de diversión (siempre fue más divertido ensuciarse que preocuparse por la condición del listón del vestido, y más divertido jugar a chocar cochecitos que sentarse a peinar muñecas y dejarlas intachables, y de hacerlo terminaba por inmiscuirlas en imaginarias relaciones conflictivas). Pero de verdad, es como si se tratase de una sociedad secreta infranqueable, de la que por imagen eres parte, pero al primer minuto tú y ellas te reconocen como algo externo, algo raro, que no pertenece. No, no se me ha dado la bienvenida al mundo de los hombres, porque ellos, hasta ahora, me han considerado más una niña que un niño, pero suelen desinhibirse un poco más estando yo ahí que cuando una niña de verdad lo está. Costumbre quizá. Estoy convencida que no es una cuestión de moda, de preferencia de faldas sobre pantalones, sino algo que tiene que ver con los temas a tratar, las palabras utilizadas, el tono de voz… o algo así. Yo me maquillo, casi no uso faldas, me cuido el pelo, me cuido la piel, me ocupo algo, no tanto, de mi apariencia física, y no estoy en contra de los metrosexuales… Tampoco es una relación entre el físico y la desenvoltura, porque ese ideal femenino del cuerpo no es proporcional a esta capacidad (pero ese es tema de otro día).

Hablemos claro, tampoco se trata en realidad de un ideal femenino, porque para el caso podría considerarme una belleza renacentista, si el ideal femenino ha cambiado tanto en cuestión de imagen y modales, que descubrirse siendo atemporal, pero sin encajar tampoco, es como un juego de rol donde no eres ni una cosa ni la otra, pero pretendes que vale la pena intentarlo. Es un paralelismo del concepto de belleza. Que aclaro, sigo citando a Simone de Beauvoir, quien era en apariencia más femenina que yo, aunque no por ser del género “femenino” se hizo del rol. Y quizá lo que más lamento es que esta lucha del feminismo se haya olvidado de la base de sus palabras, confundiendo el brassiere con una esclavitud, el corsé con una represión, pero que sigue hoy jugando con el ideal de tener senos bellos y “auténticos” y cinturas marcadas y rodeables. Entonces no soy, no pertenezco a ese rol de género, en algunas cosas, pero tampoco entiendo qué se supone deberían de ser cuando se presenta la ocasión.

Hoy me gustaría encontrarme con ese manual que nunca me llegó, darle una leída y por lo menos comprender qué pasa de ese lado, aunque no entraré ahí, probablemente más por orgullo que por gusto…

Tentetiesos convencidos

•Mayo 9, 08 • Dejar un comentario

Comparar tanto es provocar el despojo de los motivos y desentrañar la noción de ser un tentetieso. A uno se le ocurren hasta listas comparativas, donde el propósito es quizá ganarle a una razón que, por mucho esfuerzo, va ganando por insospechable ventaja. Siempre me pareció irrisorio predisponer la elección a la suma de atributos positivos, porque por mucho que sumen infinitos, esa cosquillita en la panza te lleva a otro lugar, quizá. Y va el rebote del tentetieso, que por mucho empujar hacia un lado y al otro, acaba por regresar al mismo lugar. Pueden llamarle necedad. Yo no recuerdo hacer listas comparativas en papel para tomar una decisión, aunque sí ocupo noches enteras, sin quererlo, para ello. Casi una tarea estúpida, porque el resultado es casi siempre el mismo, pero es eterno castigo esta incesante necesidad de buscarle todos los pies al gato, darle vueltas incesantes, para finalmente convencerse de qué es lo que te llevó a tal forma de consolidar tu decisión.

Habrá a quien le resulte fatídico tal reconocimiento, el de ser un tentetieso, porque algunos derrochan toda oportunidad de suponer posibilidades, porque al final son suposiciones, y no aserciones, que el resultado de un futuro es imprevisible y depende mi múltiples factores inalcanzables, y siguen sin darle más importancia, y regresan al mismo lugar, como por sorpresa. Otros nos reconocemos en ese vaivén, pensando “demasiado” y nos montamos raudos y dispuestos en el mismo tren de retorno, a sabiendas que regresaremos, pero siempre atentos a todo lo que nos va sacudiendo. Pretender saber a dónde se va, y saberlo disfrutando del regreso. Tentetiesos, al fin y al cabo. Pensarlo es como recibir otro golpe, después de tanto luchar contra algunos, quizá porque parecen movidos por otro motivos, pero de regreso, como al principio.