¡Que estamos vivo, coño!

 

 

Qué ingenuos somos. Nos damos la vuelta para pretender las mismas tonterías. Buscamos compañías allá donde se nos acaba la imaginación, y terminamos en el mismo juego mental, en la misma tergiversación. Seamos sinceros, al final acaba valiendo lo mismo conocer a una persona interesante, que desinteresarse por los hondamente conocidos. Lacras, en eso nos convertimos. Tan sencillo que resulta darle la mano, mirarle a los ojos, terminar de decir esas cosas, darse la media vuelta, y saber que entonces ha valido la pena incluso haberle puesto la atención necesaria. Mientras tanto no es más que la simple mueca sostenida. Que la sociedad nos carcome, las reglas nos arremolinan, y terminamos encerrados tras cuatro paredes, porque los tabúes eternizan las posibilidades de una corriente amigabilidad. Mea culpa, mea culpa.

Relaciones sanas las tenemos con los muertos. Somos capaces de hablarles de todo, contarles todo, incluso tenerlos de costado, acompañando ahí donde se supone que no hay nadie, y nos damos el placer de ser del todo honestos, tanto que hasta nos puede llegar por llorar y reír a solas, o en su compañía, que en ocasiones no es más que lo mismo. Pobres muertos, atormentados con tantas ideas insanas y comentarios desorientados. Se pasean, entre los recuerdos, inmolados porque no son ya lo fueron ni entenderán lo que hubieran sido. Plasmada esa relación, la tenemos con ellos. Claro, una vez muertos, ya no hay problemas, no tienen que apuntarte con el dedo, ni regañarte, incluso siquiera se dan la libertad de omitir juicios, e incluso hasta justificaciones. Menuda.

Pobres, repito. Seguro ni de vivos descansaron y de muertos los mareamos. Pero nos disponemos a que con los vivos las cosas no sean como con los muertos. Venga, que esconder cosas, mentir, suponer e incluso arrebatar, son cosas de diario, cosas de vivos, que a los muertos les da igual. Nos dan por nuestro lado, y quizá ni nos escuchan, pero ¡a qué relación mantenemos con ellos!

Tanto restregar que lo que importa es lo que hagamos cuando estamos aquí, que quizá eso de que todo lo que hacemos tiene que ser para poder tener una vida en el más allá m ás hermosa, sana, y divina… Carpe Diem, Carpe Diem. ¡Con los vivos! Que para eso estamos en el mismo lugar; vivito, coleando, dando zarpazos y tijeretazos. ¡Con los vivos! Que a los muertos ya les dio por estirar la pata, que ellos no tienen que ser las compañías de todos los días, de todas horas. Al final acabamos peor que muertos en vida. Así se han de estar burlando de nosotros, allá donde seguro se lo pasan bomba, y no entre las tumbas, sino entre sus muertos. Que ellos ya tienen todo el tiempo del mundo. ¡Que nosotros también! Pero a los vivos, que los parta un rayo, que vivan los muertos.

Apañados, apañados, e insisto, porque otra cosa no nos queda. Tanta psicología, psiquiatría, psicoanálisis, estudios intensos, que si la personalidad, que las relaciones humanas, las interpersonales, estudios que si el marketing, que si la publicidad, que si te compro, y luego tantas fiestas, que si del amor, del amigo, del niño, del padre, de la madre, del novio, del cumpleaños, la secretaria, el bombero, el abuelo, la mujer (¿y el hombre?), incluso de los muertos, de los inventados, de los terribles, de los hermosos… Y al final para terminar teniendo las mejores conversaciones y relaciones con los muy muertos. Que los dejen en paz. De veras. Que ellos ya su precio pagaron. Menudo nos ha de tocar a nosotros.

Y definitivamente, y después de tanto desvarío, y es que no puedo negarlo,, tan cierto es que eso de relación sana, eso de amistades, de que si en verdad eres mi amigo, que si puedes serlo, que si puedo contarte, que si voy a jugar con tu cabeza, o no, que si te voy a dar la espalda, lanzarte tonterías para que te enrredes pensando en todas las posibilidades menos en el motivo real, y que del otro lado te burles porque “¡qué ducho soy!”… Es para dar asco…

Honestly

“¿Me contradigo a mí mismo? Muy bien,entonces lo hago.

(Soy grande, contengo multitudes) .

-Walt Whitman

Hace tiempo que se suman las expectativas. Los márgenes se difuminan y los mismos espejos equivocan la ocasión. La preparación para un acontecimiento, para un encuentro, puede darnos la misma decepción que genera la ilusión perdida. Pero hay efectos secundarios que solemos olvidar, que calificamos de inecesarios, o incluso inapelables al recuerdo, cuando pueden ser más significativos de lo imaginado. Se nos va de las manos, lo mismo que los buenos momentos que opacamos con la misma facilidad con que proferimos maldiciones. Al mismo tiempo se toman las conciencias, se rescatan las virtudes, y se mira a lo sucedáneo, a lo cercano, y a lo de uno. Hay circunstancias que prefieres sean de forma distinta, como ejemplos que te has grabado, pero sigues sin dar pie, sin dar ese paso, sin abrir la oportunidad, porque hay batallas que no quieres pelear, que aunque quizá valgan la pena, no te convencen como necesarias. Te guardas las energías y las pierdes, las deshaces en actividades sin mayor incidencia, sin interés, y como forma de llenar vacíos. Es la vacuidad, la agonía de su eco, el hambre de su necesidad, la falta de ese recuerdo, de esa caricia, de esa compañía, de esa sinceridad, la que se repite en la ocuridad del sueño, en la luz de la soledad, y en la misma presencia de quienes en su preocupación provocan la misma distancia de uno mismo. Huir es más fácil, pero el precio a pagar es alto, doloroso, y los intereses crueles. Por eso el refugio, la careta, el escozor, la risa nerviosa, el silencio incómodo, gula, el desprecio…

Entonces los espejos en realidad no equivocan la ocasión, y la decepción es sólo el recordatorio, la opacidad la defensa, la conciencia un dolor, las batallas no peleadas en el índice de la siguiente parte, las actividades futiles la producción de una pequeña gran obra, y la vacuidad el encierro obligado, el crear un espacio para algo, obligar a su creación.

Se nos va de las manos, se nos vuelve a dar, se nos olvida que está, y buscamos lejos. Se ve más fácil en el otro que en uno mismo. Pensarse un gigante es como pretenderse uno, jurarse y presumirse. Gulliver no se dio cuenta, Liliput no se dio cuenta. El simple reconocimiento. La misma manera de elusión, de no participación, de no explicación. Se nos va de las manos. Se nos olvida en el ropero, en la sierra, en el árbol que plantamos, en la mano que estrechamos, en el arropo que generamos, pero se nos va cuando nos toca. Se pierde, se niega cuando es en uno mismo, cuando llega el momento de reconocerlo, de vivirlo… Es en demasía que se pierde su valor, en su consecuencia en otros, en su respuesta, en su misma fuerza vital. No hay mejor obra de teatro que la misma que nos acoge, la misma que escribimos, donde los monólogos se reciben en magnánimos infinitos.

“Uno hace lo que es; uno se convierte en lo que uno hace”.
Robert Musil

Morriña

Cabe en un momento. Se alarga a límites insospechados, y tenemos la cara dura de asegurar que se nos viene encima. Sólo es, sólo somos, y aquí estamos, llenando momentos con series de comentarios, nos volvemos cínicos, y compartimos. Se nos acaban los tiempos, las costumbres, los hábitos, y la misma historia de todos los días. Se torna irrepetible, y se reconoce. Se ve, se extraña antes de que termine, antes de que mute. Los caminos se bifurcan y se caen los ladrillos. Así vamos, de a poquito, temiendo al cambio, pero añorando las posibilidades. Los recuerdos permanecen, la memoria es selectiva, es cuestión de enfoques, y de reconocer las esencias. Se permanece en el tiempo, y bien dicen que igual y no recuerdas exactamente las palabras dichas, pero nunca olvidarás lo que te hicieron sentir….

Cumpleaños 23

Hoy acabo de darme cuenta que el hecho de celebrar mi cumpleaños podría hacer que en mí recayeran cosas malas. Le pasó a Job, le pasó a Herodes… Porque, para aquél que tenga la duda, resulta que celebrar un cumpleaños no es algo “bueno”, porque no es una fiesta de Dios, y que, como dijo Salomón, es mejor el día de la muerte que el día del nacimiento. Resulta que la celebración del cumpleaños viene de una tradición “pagana”, porque se trata de una tradición impuesta años ha por la “astrología”. Aunque cabe destacar que las nuevas y actuales fiestas de cumpleaños, sobre todo de los niños, donde en su fecha reciben regalos, escoge un menú y recibe un pastel de mantequilla o de mermelada con una velita, añadiendo además que los griegos solían celebrar a Artemisa con una torta, en su día, y creían además que cada uno de nosotros tiene un espíritu cuidador que está presente el día de nuestro alumbramiento. No olvidemos que decir “feliz cumpleaños” era una manera, en sociedades paganas antiguas, supersticiosa de proteger a los seres queridos de los malos espíritus, además de que los ruidos y los aplausos en la celebración eran para alejar a los malos espíritus también. Vamos, cabe destacar que la Iglesia Católica rechazó la celebración del cumpleaños hasta el siglo VI.

Al final, resulta que esto de celebrar el cumpleaños es algo pagano, pero es divertido. Quizá sea por eso, al final no creo que estemos aquí para aburrirnos y sólo honrar a quien impuso las reglas, porque al final quienes las cumplimos somos nosotros y no ellos. Así que si algo malo me sucede hoy, será porque se me ocurrió celebrarlo, y quien decida sumarse a la celebración corre el riesgo de ser testigo o culpable de dicho resultado. Pero se invita a correr el riesgo.

Sinceramente a mí sí se me antoja un pastelillo de cumpleaños, apagar un velita (o un encendedor), pasarlo a gusto. Las tradiciones del pueblo, a mí me gustan, y creo que a muchos también, al final siempre son una excusa para una reunión con aquéllos que aprecias y te aprecian. ¿Si Mafalda me felicita, por qué no?

Esa Maribel

Hoy retomo un texto de hace algún tiempo… aún no he logrado cambiarlo, editarlo, aumentarlo o reducirlo. Es igual… Son las mismas cosas. Es la misma persona…

Dame un pedazo de tu tiempo y podré salvar mi vida. Regálame un minuto de tu sonrisa y podré salvar al mundo. Préstame una caricia y podré controlar el clima. Compárteme una pizca de tu cariño y podré componer un mundo nuevo. Si por un segundo detuvieras el tiempo y lo tomarás para ver todo lo que aquí tengo, podrías dejar de conocerme sólo a mí y empezar a descubrir el mundo que he creado dentro de mi pensamiento. Es lento, es pequeño, es tuyo, y por eso te abro las puertas.


Mete la mano en mis bolsillos. En uno vive una pequeña mariposa que no sabe qué es ser mariposa. No sabe volar, porque sus alas son para ella las puertas que la separan del mundo. Son su protección. Vive sola y escondida porque le tiene miedo a la luz, y ahí vive, en silencio, asomándose de vez en cuando. Sueña que puede volar, pero no sabe cómo, y espera el momento exacto para salir y dejarse llevar por el viento. En otro bolsillo tengo una pizca de sal. Sí, sólo una pizca de sal, quizá el condimento, o el grano de cordura que me retiene dentro de esta locura que me corroe. No hace falta más de una pizca de sal para poder mantenerse lo suficientemente detestable y rodearte de las personas que valen la pena. En mi boca existe un mar embravecido que se retuerce en su silencio y se pierde en su inmensidad. No ahoga, sólo adopta y mantiene. Pero es tímido, tan tímido que sólo se deja resbalar ante quien sabe nadar en los remolinos de su discordia. En mis pestañas hay restos de una pequeña lluvia de polvos mágicos. Son de algún hada que pasó por aquí y sin querer tropezó con una mosca. Gracias a ello puedo soñar que vuelo a donde quiero ir. Si los encuentras te puedo regalar unos cuantos para que vueles conmigo. En mis oídos vive el que me llama la atención. Es un silencio tan intenso que siempre está presente con su eterno suspiro y sus palabras. Es incansable. Habla en un idioma tan universal que es casi imposible entenderle. Pero te acostumbras después de un tiempo y se vuelve tu fiel compañero. Siempre tiene las palabras exactas en el momento exacto. No sabe perder un minuto. Puede ser amigo de cualquiera, pero nadie ha sabido que está ahí, y a cualquier le daría miedo tener a un ser así en los oídos todo el día. Dicen que si buscas lo suficientemente bien en mi espalda puedes encontrar unos surcos. Yo lo siento de vez en cuando. Escoden algo realmente maravilloso, y son unas alas que se despliegan cuando se les necesita, o cuando se aprenden a usar. Yo no sé cómo se usan, y por eso me da miedo creer que las tengo, me da miedo caer de tan alto, por eso me espero. Quizá tampoco les tenga mucha fe, porque dicen que los seres humanos tenemos cada uno una ala, y que por eso necesitamos abrazarnos para volar. Si me dejas buscar en tu espalda, a lo mejor encuentro también un par de surcos, y podamos entonces abrazarnos para volar juntos. Dentro de mi pecho tengo un corazón. No es muy grande, como del tamaño de mi puño, pero sí es capaz de guardar muchas cosas, de generar mucho cariño y un sentido de protección. Ha tenido sus momentos de soledad, porque le ha costado aprender a abrir sus puertas y recibir en lugar de sólo entregar libremente lo poco que ha ido traduciendo. Sin embargo late, y sangra de verdad, con tanta fuerza que es capaz de albergar el sentimiento de otra persona por completo. Está a disposición de quien quiera que sienta que le haga falta. Por eso cuando quieras siempre puedo regalarte un cachito de mi corazón, que luego espero curar con un pedacito del tuyo. Mis hombros son especiales, porque cualquier compañía de pañuelos los envidia. No se rompen, no se quiebran, ni derraman líquidos. Son especiales para ser un apoyo y un bueno refugio cuando hacen falta a alguien. Mi espalda, a demás de los surcos, puede ser fuerte como una roca, y puede cargar con el peso que alguien no soporte. NO se lo quedan de por vida, pero sí lo van soportando mientras ese alguien va aprendiendo. También guardan muchas cosas, y sirve de sostén para quien necesite algo en que apoyarse mientras se mantiene de pie. Mis piernas, junto con mi espalda, brazos y hombros, sirven también para llevar a alguien que no pueda caminar. Ayudan a levantar y a sostener. También son buenísimas porque me llevan a donde yo quiero, siempre que alguien necesite compañía, y de vez en cuando muestran un camino que alguien deseé conocer, siempre y cuando ya lo conozcan, y están siempre dispuestas a caminar y encontrar nuevas maneras de continuar. Poco más es lo que puedo ofrecer. Lo último de la lista está cerca. Por ahí están mis manos, que son capaces de repartir caricias, dar abrazos, regalar palabras, sostienen y ayudan a quien lo pida y necesite. También tiene la maravillosa capacidad de crear, siempre y cuando alguien sepa recibir su trabajo. Y por último está mi cabeza, una loca maquinita que está todo el día maquinando la manera de no sobrecalentarse. Está un poco desordenada pero guarda muchas cosas, y siempre está en condiciones óptimas para recrear una sonrisa. Se regala sola, y siempre está encendida, aún cuando los ojos parecen estar dormidos. Lo más maravilloso de todo es que todo esto funciona como un gran sistema, y siempre de manera gratuita y gustosa. Pero no todo el mundo puede llegar a pagar el precio de su valor. Tampoco se vende a cualquiera. Pero hay una persona que ha pagado más de lo que vale, y que ha recibido apenas un poco de ello. Por eso te enumero todo lo que puedo llegar a darte fuera del mundo de las cosas y de los números, y que puede que sea tuyo.

Felicidades abuelo

“No se ponga triste ante una despedida. Una despedida es necesaria para volver a reencontrarse. Y un reencuentro, después de un momento o después de toda una vida, es algo inevitable si somos amigos de verdad.”


Hay despedidas que duran toda una vida, y vidas que se asemejan a las despedidas. Se pueden escuchar las campanas, mientras las viudas se cubren los rostros, y con el rostro enjuto esperan algo de hipocondria, así como hipocresía de quienes más que sentir, se conforman con mentir. Pero ellos se fueron, él se fue y dentro de las cuestiones inequívocas de su presencia, queda su recuerdo, más vivo que sus últimas palabras. Son curiosos los recuerdos, poseen el poder de lo que se quiere y la banalidad de lo que se desprecia. Esos recuerdos que se imprimen con el afán de hacernos fieles a lo que nos dieron.

Quisiera escribirte el mejor deseo de cumpleaños, el mejor poema, las palabras más exactas, las metáforas más preciadas. pero tanto pensar me llevó a casi el final del día, y no quiero que se acabe antes de felicitarte. Busqué el poema, la frase, el recuerdo, la risa, el libro, la caminata, el perro, la flor, e incluso la lágrima para darte, y me quedo con tanto que no hay escotilla por la que quepa. Hoy el día se plagó de tí, de todo eso, de todo aquéllo, e incluso de todo lo que no. Pero hoy el día se plagó de tí, se hizo tuyo, y por eso recordé que como hoy ninguno, y que como tú no hay otro.

Hoy quiero felicitarte porque has vuelto a renacer, porque has vuelto a palpar, a sonreírme, a llorarme y a enorgullecerme. Quiero felicitarte porque el aire aún te guarda tu lugar, porque allá del otro lado del muro no estás tú. Quiero felicitarte porque sigues aquí, porque nunca te irás, las semillas florecen y siguen engendrando, así se reproducen las palabras y se heredan los sueños. Quiero felicitarte, porque tu orgullo es tu trofeo, y la sencillez tu trono, y porque aún podría distinguir tu caminar de entre mil bastones. Quiero felicitarte porque lo lograste, porque me quitaste el miedo. Quiero felicitarte porque eres tú, y es tu día, porque huele a tí, porque es tu día.

Felicidades, porque es más alegre que triste…

Feliz cumpleaños José.

Feliz cumpleaños abuelo.

Feliz cumpleaños Colega

“Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales. (Miguel Delibes)

Mi hambre

Hambre puede haber de muchas clases. Yo he tenido varias y apenas reconozco la que me alimenta. Durante un tiempo fue hambre de idiomas, para encontrar las palabras a mis dolencias. Acabó por someterse a un hambre por frases célebres con el fin de hallar una definición y una voz de sabiduría. Luego transfiguró en hambre por la lectura, y así encontrar cómo decir las cosas. Ahora es más hábito que hambre, pasión puede ser, pero no fue hasta que reconocí que mi estado de ánimo y mis pensamientos dependían de esos autores que me revolvieron las tripas de nuevo.

Benedetti me había asegurado que lo que impulsa al escritor a revelar su secreto es parte de su oficio, y ese secreto carece de sentido hasta que es publicado. Conocer el secreto de cada escritor, de cada obra, de cada viaje, de cada personaje para hacerlo mío, para hacerlo mi propio secreto.

Borges me enseñó a temerle a la inmortalidad, a elegir a mis enemigos y a lamentarme por no saber ser feliz, además de conjurarme para perderme en laberintos propios. Cortázar me aseguró que la felicidad es un juego de la ilusión, y que el amor puede ser, pero de a poco. Heinrich Böll me mostró mi propio payaso al reconocer mi afán por coleccionar momentos, y que los ateos aburren porque siempre hablan de Dios. Nietzsche me dejó sabor a cobre, porque tanta sinceridad dejaba una careta escondida; el reconocimiento de que la crueldad es meramente humana; que la fe es no querer saber la verdad; y, que la risa es un invento humano para contrarrestar el sufrimiento terrenal. Nabokov me volvió paranoica al pensar en el ojo, en la mirada, en el punto de vista de otros, en mi definición a partir de los demás, de sus opiniones. Dostoievski me prometió que la felicidad en realidad se basa en el sufrimiento y que el mal es mi culpa, culpa personal mía. Shakespeare me dolió por ruidoso, por acaparar el amor y desaforar a la esperanza, y porque hizo que una pena se calmara con el sufrimiento de otra. Maquiavelo me hizo aceptar que primero herimos a quien amamos, aún antes que a nuestro enemigo y que somos tan simples que nos engañan porque nos dejamos engañar. Hasta Thomas Mann me aseguró que la belleza hace sufrir igual que el dolor.

Ellos me conformaron un alma melancólica, un silencio infranqueable, construyeron barreras inimaginables, y las quemaduras de haber empezado a pensar demasiado la vida sin haber sentido primero. Fueron las voces perennes. Pero por otras épocas de hambre pasé, y Beckett me tranquilizó diciendo que todos nacemos locos, que pocos continúan así siempre, y que la infelicidad es cómica. Lorca se confesó y regurgitó porque, si no se había preocupado de haber nacido tampoco habría de hacerlo de morir, me enseñó que dos palabras podían estar juntas no importa la situación, me convenció de los secretos del verde, y de la tozudez al asegurar que nunca pasa nada. Mark Twain me recordó que la risa es un arma eficaz, y que ser bueno todo el tiempo es aburrido. Tolkien me calmó al mostrar que los corazones de los hombres no son tan malos como sus actos, y casi nunca como la maldad de sus palabras. Tolstoi me juró que la felicidad es querer lo que uno hace, que la historia es humana, y que para cambiar el mundo tengo primero que cambiar yo. García Márquez me armó con imágenes bellas y la enternecedora nostalgia que la memoria selectiva puede hacer de los peores momentos, que la enfermedad puede ser bella, y que la fuerza de los personajes sobresale al libro, incluso para sufrir y llorar su muerte literaria. Pero Antonio Gala fue quien me dio valor para no preocuparme por tener fe en la humanidad, a pesar de ser una locura, y que el acto simple es igual de bello.

Luego de tantos viajes hechos, y tantos por hacer, tantos personajes conocidos, queridos y odiados, después de haber entregado tanto protagonismo a otras voces terminé con dos caras: una que cuando habla se ríe, como los animales de La Fontaine; y otra que cuando escribe se ahoga en las nieblas de tierras más enigmáticas y profundas. Pero ellos tuvieron su protagonismo, mi voz se hizo silencio, hasta que el hambre se recordó. Al final Josh Billings, un pobre hombre de Illinois, quien apenas sabía escribir dijo “There aint much phun in medisin, but there is a lot of medisin in phun”. No tiene libro, premio, ni reconocimiento, sólo conoció un día a Lincoln, y lo dijo, como pudo. Y ahí estaba el hambre, que tantas vueltas y escapadas vivió, para acabar en hambre de decir, en revelar mi propio secreto. No por ellos, no por sus historias, sus estilos, sus palabras, sus puntos de vista, sus melancolías o alegrías, sino por las mías, que al final son las que resurgen cuando al leer se provocan en esas otras historias. Porque la voz, a pesar de la maravilla de la ya existente, es propia, es única, y por mucho copiar o buscar, necesita su propio espacio, su propia revelación de confianza. Yo tengo hambre, y a todo se acostumbra el hombre menos a no comer.