¡¡¡ARGH!!!

Entre el borrar y empezar de nuevo se esconde la clandestinidad de mi propio pensamiento. Reducido a su propia sombra, mientras la esencia se escabulle entre el tumulto declamando algún poema que nunca debió ser. Huir es la causa, no el resultado de lo que se nos pueda ocurrir. Los testimonios son tan inverosímiles como la propia memoria selectiva, el odio mutuo, la invalidez totalizadora, y las fuerzas desvanecidas. Se comporta como si no estuviera en ningún lado, y no tuviera que hacer nada, ver con nada, ser nada. Se huye porque las mismas cosas son consecuencia de lo que una vez se visualizó, aterró y terminó por motivar la misma situación, la repetición, la constante dislexia, y la cegera autoinflingida. Culpable ante el mismo espejo, y a la vez mártir de algún lejano desconocido que suprime la suya misma para proyectarse en la que alguien más le otorga al mostrarse.

Detener las manos por no seguir recreando las mismas llagas, y proseguir en silencio, mientras los susurros en el velatorio se alejan. Ese es el verdadero silencio, el que se pega, el que renuncia, el que se suda y transforma en monstruosidades a las extremidades, y en nubarrones de olvido a los sueños, las esperanzas, y las mismas ideas tuberculosas, y a la vez tan tísicamente bellas. Es obra del mismo descuido, porque huir es la causa, la consecuencia al lugar del que se huyó, que no importa no estar ahí, sigue descosiéndose mientras la mirada ajena conjuga su relación con eso, con lo que ya no es, y se alza en voz para proclamar su descubrimiento, su saber tan prolongado y despiadado, que torna al taciturno en creyente, y a éste en su mismo juez de ignominias.

Ahí se termina, se desgajan las esperanzas, porque regresar y reordenar termina por ser experimento y burla, sacrosanto descorazonado, y sacramento pecaminoso. Es la poca utilería de regresar, la falta de buen testigo, de buen recuerdo, amarga la boca y sacude la arenosa esterilla. Si no queda nada, más que la imagen a los ojos del que mete las manos en la masa podrida, mientras la que se cuece no sabe de qué sabor quiere ser, cómo moldearse ni dónde podría hornearse. El sabor será calamidad del que limpie las costras, las lágrimas, el hambre, y las huellas, porque desubrir su significado antes de tiempo es la prematura instancia de un umbral.

Demasiadas puertas para otros.

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