Pareciera que me ahogo, donde una sola burbuja parece la única promesa de un poco de aire para dar fe del lugar donde habré de perecer, saberlo tan conocido y reconocerlo tan mío que pueda entonces despedirlo con una lágrima sin pena. A pesar de todos los quizás y de los “quizás” y de todos los “peros”, que suman la carga que se convierte en el ancla del estorbo, y donde mi propia historia se disuelve entre tantas otras que alcanzar la burbuja deja de tener propósito, si al final habré de estar totalmente sola. Al final doy un paso y dejo el charco atrás salpicando un par de gotas y marcando mi huella, boto en él mi cigarro, o prácticamente la colilla que quemaba mis dedos, y se deja morir sola, por su propio peso, y que probablemente algún barrendero recoja y termine entre tantos desperdicios que aún antes de su posible degradación natural, no sea más que una masa irreconocible. Quizá sea así como acaben las cosas, y las palabras sobren. Al final no estaré para contarlo, pero lo habré imaginado tantas veces que existe la posibilidad de que así suceda. Lástima que no puedan entonces contármelo.

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