Convertidos

Detrás de cualquier motivo nos acecha una implacable sombra que inusitadamente nos tomamos la molestia de negar. Sucede que nos gana, y al final no somos más que alimento para una serie de organismos que consideramos lo más bajo de la cadena alimenticia, y termina por importar poco, o casi nada, lo que ocurra con la carne, siempre y cuando la lápida sea testigo obligado para quienes juran recordarnos. Es cierto, no es lo mismo recordar el cómo fue, que recordar lo que pudieron haber sido. Como una pequeña dolencia, parece una conspiración incrustada en nuestra misma programación, donde la propia voz se quiebra y se pierde, porque hay palabras que son por sí mismas, y otras, tan poco ciertas, que en su propia falta de existencia son por obligación. Nos juramos certeza, sinceridad y sobrevivencia, y vamos pretendiendo despistar su presencia con toda clase de artilugios, hoy tan normales y queridos, como antaño eran heréticos y perseguidos. No hay como que el blasfemo se vuelva santo para que el santo empiece a blasfemar.

Somos tan civilizados, que los aborígenes se burlan de la complejidad que nos absorbe, y creemos ser tan poderosos que podemos transformar todo lo que tocamos, al punto de pretender regresar a como era sin darnos cuenta que nada es lo que parece. Pero , empecinados, ondeamos la bandera de conocimiento y libertad, para, luego luego, imponer el yugo de su propia sombra, llenar las arcas de temor y de hambre por hacer planes, porque nunca hay suficiente, ya ntes de que se nos acabe, que nunca sabemos cuándo, hay que amasar de todo, ver de todo, rezongar de todo, y acabar con lo que pueda… Ergo, la vida del nuevo inocente que ya nace llorando porque sabe lo que le espera.

Y que se nos viene encima el contadero, para sumar los momentos que a cada paso nos hacen míseros grises y borregos encarrilados. Tanta libertad y oportunidad que cuando uno va por otro lado, el mismo que otros han de borreguear, se tornan en parias, radicales, insulsos y tontos que no saben lo que es bueno. Pero aún para ellos el yugo está destinado, y es ahora que bendigo al muerto, porque liberado se permanece.

 

Tanto nos corroe que hasta instrumento le hacemos, para que a cada sonido nos recuerde la ilusión de que se nos viene encima. Que si de lujo, que se imitación, y al final del día el bendito tiempo acaba maldecido, pero nada… al final sólo la interminable cadena de la “razón”. Sólo el homo sapiens…

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