De las promesas

Dicen que el tiempo lo cura todo, y al final de cuentas nos quedamos con un puño de momentos incómodos que creemos que ganamos y logramos disimular exitosamente. Pero también es cierto que la persona más fácil de engañar es a uno mismo, y subestimamos el rabillo del ojo observador del otro lado. ¿Por qué le echamos tantas ganas en cumplir nuestra palabra y nuestras promesas a otras personas, y de repente nos olvidamos de las que nos hacemos a nostros mismos?

ojoNo hace falta decir “te lo prometo” o “te doy mi palabra”, o cualquier otra frase que ponga en jaque a quien deposita una confianza. Entonces, un segundo, así sin mucho más… tan sólo para que se tomen en serio las palabras entregadas. Llega un momento en el que no importa la distancia, ni el tiempo de separación, ni los años de silencio, porque al final de cuentas las palabras fueron dadas, las promesas hechas, y si hay algo que se mantiene es la fidelidad a uno mismo, y esas promesas a veces sin querer, y a veces con más ahínco que ganas, se van llevando a cabo, a pesar de que quien está del otro lado, quien ya olvidó lo dicho, quien tomó las palabras sin mucho interés. Yo aún pongo el dedo en la llaga, y la mano en el corazón, porque aún llevo esas palabras colgadas, y sólo hasta haberlas cumplido, serán liberadas, se escuchen o no.

Pero los sentimentalismos no siempre venden.

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