Esa Maribel

Hoy retomo un texto de hace algún tiempo… aún no he logrado cambiarlo, editarlo, aumentarlo o reducirlo. Es igual… Son las mismas cosas. Es la misma persona…

Dame un pedazo de tu tiempo y podré salvar mi vida. Regálame un minuto de tu sonrisa y podré salvar al mundo. Préstame una caricia y podré controlar el clima. Compárteme una pizca de tu cariño y podré componer un mundo nuevo. Si por un segundo detuvieras el tiempo y lo tomarás para ver todo lo que aquí tengo, podrías dejar de conocerme sólo a mí y empezar a descubrir el mundo que he creado dentro de mi pensamiento. Es lento, es pequeño, es tuyo, y por eso te abro las puertas.


Mete la mano en mis bolsillos. En uno vive una pequeña mariposa que no sabe qué es ser mariposa. No sabe volar, porque sus alas son para ella las puertas que la separan del mundo. Son su protección. Vive sola y escondida porque le tiene miedo a la luz, y ahí vive, en silencio, asomándose de vez en cuando. Sueña que puede volar, pero no sabe cómo, y espera el momento exacto para salir y dejarse llevar por el viento. En otro bolsillo tengo una pizca de sal. Sí, sólo una pizca de sal, quizá el condimento, o el grano de cordura que me retiene dentro de esta locura que me corroe. No hace falta más de una pizca de sal para poder mantenerse lo suficientemente detestable y rodearte de las personas que valen la pena. En mi boca existe un mar embravecido que se retuerce en su silencio y se pierde en su inmensidad. No ahoga, sólo adopta y mantiene. Pero es tímido, tan tímido que sólo se deja resbalar ante quien sabe nadar en los remolinos de su discordia. En mis pestañas hay restos de una pequeña lluvia de polvos mágicos. Son de algún hada que pasó por aquí y sin querer tropezó con una mosca. Gracias a ello puedo soñar que vuelo a donde quiero ir. Si los encuentras te puedo regalar unos cuantos para que vueles conmigo. En mis oídos vive el que me llama la atención. Es un silencio tan intenso que siempre está presente con su eterno suspiro y sus palabras. Es incansable. Habla en un idioma tan universal que es casi imposible entenderle. Pero te acostumbras después de un tiempo y se vuelve tu fiel compañero. Siempre tiene las palabras exactas en el momento exacto. No sabe perder un minuto. Puede ser amigo de cualquiera, pero nadie ha sabido que está ahí, y a cualquier le daría miedo tener a un ser así en los oídos todo el día. Dicen que si buscas lo suficientemente bien en mi espalda puedes encontrar unos surcos. Yo lo siento de vez en cuando. Escoden algo realmente maravilloso, y son unas alas que se despliegan cuando se les necesita, o cuando se aprenden a usar. Yo no sé cómo se usan, y por eso me da miedo creer que las tengo, me da miedo caer de tan alto, por eso me espero. Quizá tampoco les tenga mucha fe, porque dicen que los seres humanos tenemos cada uno una ala, y que por eso necesitamos abrazarnos para volar. Si me dejas buscar en tu espalda, a lo mejor encuentro también un par de surcos, y podamos entonces abrazarnos para volar juntos. Dentro de mi pecho tengo un corazón. No es muy grande, como del tamaño de mi puño, pero sí es capaz de guardar muchas cosas, de generar mucho cariño y un sentido de protección. Ha tenido sus momentos de soledad, porque le ha costado aprender a abrir sus puertas y recibir en lugar de sólo entregar libremente lo poco que ha ido traduciendo. Sin embargo late, y sangra de verdad, con tanta fuerza que es capaz de albergar el sentimiento de otra persona por completo. Está a disposición de quien quiera que sienta que le haga falta. Por eso cuando quieras siempre puedo regalarte un cachito de mi corazón, que luego espero curar con un pedacito del tuyo. Mis hombros son especiales, porque cualquier compañía de pañuelos los envidia. No se rompen, no se quiebran, ni derraman líquidos. Son especiales para ser un apoyo y un bueno refugio cuando hacen falta a alguien. Mi espalda, a demás de los surcos, puede ser fuerte como una roca, y puede cargar con el peso que alguien no soporte. NO se lo quedan de por vida, pero sí lo van soportando mientras ese alguien va aprendiendo. También guardan muchas cosas, y sirve de sostén para quien necesite algo en que apoyarse mientras se mantiene de pie. Mis piernas, junto con mi espalda, brazos y hombros, sirven también para llevar a alguien que no pueda caminar. Ayudan a levantar y a sostener. También son buenísimas porque me llevan a donde yo quiero, siempre que alguien necesite compañía, y de vez en cuando muestran un camino que alguien deseé conocer, siempre y cuando ya lo conozcan, y están siempre dispuestas a caminar y encontrar nuevas maneras de continuar. Poco más es lo que puedo ofrecer. Lo último de la lista está cerca. Por ahí están mis manos, que son capaces de repartir caricias, dar abrazos, regalar palabras, sostienen y ayudan a quien lo pida y necesite. También tiene la maravillosa capacidad de crear, siempre y cuando alguien sepa recibir su trabajo. Y por último está mi cabeza, una loca maquinita que está todo el día maquinando la manera de no sobrecalentarse. Está un poco desordenada pero guarda muchas cosas, y siempre está en condiciones óptimas para recrear una sonrisa. Se regala sola, y siempre está encendida, aún cuando los ojos parecen estar dormidos. Lo más maravilloso de todo es que todo esto funciona como un gran sistema, y siempre de manera gratuita y gustosa. Pero no todo el mundo puede llegar a pagar el precio de su valor. Tampoco se vende a cualquiera. Pero hay una persona que ha pagado más de lo que vale, y que ha recibido apenas un poco de ello. Por eso te enumero todo lo que puedo llegar a darte fuera del mundo de las cosas y de los números, y que puede que sea tuyo.

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