Mi hambre

Hambre puede haber de muchas clases. Yo he tenido varias y apenas reconozco la que me alimenta. Durante un tiempo fue hambre de idiomas, para encontrar las palabras a mis dolencias. Acabó por someterse a un hambre por frases célebres con el fin de hallar una definición y una voz de sabiduría. Luego transfiguró en hambre por la lectura, y así encontrar cómo decir las cosas. Ahora es más hábito que hambre, pasión puede ser, pero no fue hasta que reconocí que mi estado de ánimo y mis pensamientos dependían de esos autores que me revolvieron las tripas de nuevo.

Benedetti me había asegurado que lo que impulsa al escritor a revelar su secreto es parte de su oficio, y ese secreto carece de sentido hasta que es publicado. Conocer el secreto de cada escritor, de cada obra, de cada viaje, de cada personaje para hacerlo mío, para hacerlo mi propio secreto.

Borges me enseñó a temerle a la inmortalidad, a elegir a mis enemigos y a lamentarme por no saber ser feliz, además de conjurarme para perderme en laberintos propios. Cortázar me aseguró que la felicidad es un juego de la ilusión, y que el amor puede ser, pero de a poco. Heinrich Böll me mostró mi propio payaso al reconocer mi afán por coleccionar momentos, y que los ateos aburren porque siempre hablan de Dios. Nietzsche me dejó sabor a cobre, porque tanta sinceridad dejaba una careta escondida; el reconocimiento de que la crueldad es meramente humana; que la fe es no querer saber la verdad; y, que la risa es un invento humano para contrarrestar el sufrimiento terrenal. Nabokov me volvió paranoica al pensar en el ojo, en la mirada, en el punto de vista de otros, en mi definición a partir de los demás, de sus opiniones. Dostoievski me prometió que la felicidad en realidad se basa en el sufrimiento y que el mal es mi culpa, culpa personal mía. Shakespeare me dolió por ruidoso, por acaparar el amor y desaforar a la esperanza, y porque hizo que una pena se calmara con el sufrimiento de otra. Maquiavelo me hizo aceptar que primero herimos a quien amamos, aún antes que a nuestro enemigo y que somos tan simples que nos engañan porque nos dejamos engañar. Hasta Thomas Mann me aseguró que la belleza hace sufrir igual que el dolor.

Ellos me conformaron un alma melancólica, un silencio infranqueable, construyeron barreras inimaginables, y las quemaduras de haber empezado a pensar demasiado la vida sin haber sentido primero. Fueron las voces perennes. Pero por otras épocas de hambre pasé, y Beckett me tranquilizó diciendo que todos nacemos locos, que pocos continúan así siempre, y que la infelicidad es cómica. Lorca se confesó y regurgitó porque, si no se había preocupado de haber nacido tampoco habría de hacerlo de morir, me enseñó que dos palabras podían estar juntas no importa la situación, me convenció de los secretos del verde, y de la tozudez al asegurar que nunca pasa nada. Mark Twain me recordó que la risa es un arma eficaz, y que ser bueno todo el tiempo es aburrido. Tolkien me calmó al mostrar que los corazones de los hombres no son tan malos como sus actos, y casi nunca como la maldad de sus palabras. Tolstoi me juró que la felicidad es querer lo que uno hace, que la historia es humana, y que para cambiar el mundo tengo primero que cambiar yo. García Márquez me armó con imágenes bellas y la enternecedora nostalgia que la memoria selectiva puede hacer de los peores momentos, que la enfermedad puede ser bella, y que la fuerza de los personajes sobresale al libro, incluso para sufrir y llorar su muerte literaria. Pero Antonio Gala fue quien me dio valor para no preocuparme por tener fe en la humanidad, a pesar de ser una locura, y que el acto simple es igual de bello.

Luego de tantos viajes hechos, y tantos por hacer, tantos personajes conocidos, queridos y odiados, después de haber entregado tanto protagonismo a otras voces terminé con dos caras: una que cuando habla se ríe, como los animales de La Fontaine; y otra que cuando escribe se ahoga en las nieblas de tierras más enigmáticas y profundas. Pero ellos tuvieron su protagonismo, mi voz se hizo silencio, hasta que el hambre se recordó. Al final Josh Billings, un pobre hombre de Illinois, quien apenas sabía escribir dijo “There aint much phun in medisin, but there is a lot of medisin in phun”. No tiene libro, premio, ni reconocimiento, sólo conoció un día a Lincoln, y lo dijo, como pudo. Y ahí estaba el hambre, que tantas vueltas y escapadas vivió, para acabar en hambre de decir, en revelar mi propio secreto. No por ellos, no por sus historias, sus estilos, sus palabras, sus puntos de vista, sus melancolías o alegrías, sino por las mías, que al final son las que resurgen cuando al leer se provocan en esas otras historias. Porque la voz, a pesar de la maravilla de la ya existente, es propia, es única, y por mucho copiar o buscar, necesita su propio espacio, su propia revelación de confianza. Yo tengo hambre, y a todo se acostumbra el hombre menos a no comer.

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