La casa

La noche del 2 de enero, el insomnio hizo presa de mí, la última noche que pasé durante este viaje en la casa de mis abuelos maternos. Y se me fueron las palabras para despedirla un poco, porque uno nunca sabe lo que le depara el siguiente camino… Lamento no poder compartirles en este momento una foto de esta casa, que por aquello de falta de herramientas, no he podido digitalizar. Sin embargo, el sentimiento sigue vivo, y pronto, pronto, retornará a las fauces de algún almacén…


La casa parece como viva, y tanto que no me deja dormir. Como si me asegurara que es la última noche en mucho tiempo que comparto con ella, y con tanto que la forjó y la significó un monumento de familia, la cual no logra reunificarse bajo su techo. Se mezclan las propiedades, entre tocadores que se usan por varias cabezas, cajones que mantienen el mismo contenido, que nunca es tuyo, pero a la vez ya de nadie. Armarios que, entre temporadas, tallas, géneros, modas y perchas, confunden al usuario como si fueran la puerta de secretos compartidos. las dobles ventanas guardan en sus cornisas miradas melancólicas, suspiros ahogados y sueños reprimidos. Sus tantas puertas con llaves que nunca las cierran, conceden la privacidad de compartir historias y llantos, tan alegres como su propia existencia. Sus espejos parecen sonreír al ver los rostros que de tiempo en tiempo desaparecen y vuelven para mirarse de nuevo en ellos. Sus focos alumbran hasta al más ciego, mientras sus escaleras bosquejan el eterno movimiento de su humoar. La extraño, aún ahora que gracias a sus altos techos se respiral las acumuladas palabras que la han despertado en noches silenciosas, mientras el silencio del trasnochado la colma de bienvenidas. Es la bien hallada que extraña al que hace tanto la imaginó, y logró unir a todo un pueblo para realizarla, y así, ser la primera de tantas; ser vieja, pero tan nueva que en su frescura alentó a la familia que de alguna u otra forma se hace notar por su propia fe de decisión e independencia. Pero ella hoy llora, porque se despide, porque el tiempo pasa cuando uno menos se lo espera, y en su sorpresa se esconde un porvenir poco desado y nunca realmente realizado a conciencia. Y es que unos se alejan hoy, otros hace tiempo, y su fuerza unificadora podría desencadenar la desintegración de una genealogía que la vió nacer, crecer y madurar, enseñar y aprender con la insistencia de una sonrisa sincera. Quisiera bautizarla hoy, pero no se me ocurre un nombre que la defina, más que hogar, y por desgracia, no es el mío…

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