Llamada equivocada

Hoy quiero compartir la opinión de José Luis Alvite, columnista del periódico “El Faro de Vigo”. Espero que la disfruten.

(Áspero y sentimental)

Nuestras vidas no suelen estar sobradas de personajes singulares e inolvidables, hombres o mujeres que sobresalgan del promedio del común de los mortales y nos dejen una huella imborrable sin otro esfuerzo aparente que el de haber desplegado sin sudor alguno el florete de un gesto desconocido y deslumbrante, o por haber pronunciado una de esas frases que podrían cambiar para siempre tus pisadas, tu vida o el mal sabor que hasta ese instante solía dejar en tu boca la reiterativa rutina del idioma, eso que tantas personas sólo conocen por la dejadez de haberlo masticado. Muchas personas, nacen, viven y se consumen sin que en sus vidas haya ocurrido nada más interesante que el tedio y la muerte y algunas ni siquiera serían capaces de conseguir para su existencia la singularidad de uno de esos fracasos que si de algo valen es porque a falta de buenas noticias, hay interesantes contrariedades de las que uno jamás se olvida. De los muchos años que dediqué a explorar y divertirme en los lugares de mala nota, recuerdo magníficos momentos de dignidad y de altruismo, pero me quedo sobre todo con los lances más amargos, con los instantes en los que corrí peligro, y con aquellos otros en los que solían concurrir en el palmo de un rostro el horror y la belleza, esa agridulce confluencia que se da en la cara de las mujeres del arroyo cuando, sentadas en el catre con las pinceladas de los pies en las manos de Degas y la luz de Lautrec en la palangana del burdel, ventilan la mierda de la mala vida pasando por las narices el abanico y la brisa de un billete que huele cosmopolita y decente, como olía a lencería la bandera del Waldorf Astoria cuando la husmeaban la lujuria ciega de Al Pacino en “Esencia de mujer”. Naturalmente, momentos así suelen darse en los ambientes de la marginación y por lo general la vida cotidiana y edificante sólo nos depara rutina, seguridad e higiene, que suelen ser los ingredientes de los que se nutre la felicidad gris de la buena gente, o la de la gente que no se atreve a sacar los pies del odioso cepo de los pasos metódicos que le aseguren un sueldo con el que avalar las deudas, un trabajo sedentario como una agonía y esa insulsa e inevitable buena reputación que suelen acompañar de por vida a las personas que se arrastran convencidas de que las cosas verdaderamente interesantes sólo ocurren en las películas y que lo normal es llevar una existencia sin altibajos, cerca del aire acondicionado, con el termómetro al alcance de la mano y un teléfono en el que sólo pueda ser mala la noticia de que la llamada más interesante te la hizo alguien que sin duda se equivocó por haber marcado a oscuras el último premio de la lotería. No puede haber emoción sin riego, y el riesgo ya se sabe que suele acarrear incertidumbre, que es una cosa de la que solemos huir por temor a que se nos altere esa rutina en la que nos sentimos a salvo de la zozobra que a veces suelen causar las novedades cuando las novedades no las habíamos previsto tachando rutinariamente los días del almanaque. Por otra parte, muchas personas llevan una vida interesante sin saber que lo es. Eso suele ocurrirles porque nadie les dice que llevan una vida singular o porque ellos mismos se privan de recrear con algo de imaginación las acontecimientos que no se-rían en absoluto triviales si tuviesen el atrevimiento de convertirlos en cine con un poco de música, o dejándose llevar, aunque sólo sea un rato, por la negligente tentación de esa delicada y frágil desidia en las que no pocas veces se presiente el opiáceo zaguán de los sueños. Naturalmente, muchas personas renuncian a llevar una vida distinta y se conforman con asistir como espectadores a la vida interesante de otro, así que se gastan en el cine el dinero que podrían ahorrarse si se asomasen al balcón de casa con una mirada distinta de la mirada corriente y cayesen en la cuenta de que en la vida de cualquier persona hay siempre un detalle interesante, un pensamiento que vale la pena, un sueño que no hay que esperar a que se le cumpla a otro en las películas lisiadas de la televisión. En defensa de esa idea suelo echar mano de algo que me dijo gratis de madrugada una fulana en un garito: “La vida es más hermosa, amigo mío, si te sientas en la última fila del cine convencida de que eres tú, precisamente tú, lo que hace que resulte corta le película”…

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