Nadie nunca me dijo

Nadie nunca me dijo que escribir con bourbon en las venas era para dudarse, o que la cuestión de si seguir las reglas era cuestión de convicción o de sublimarse ante un poder otorgado. Tampoco nunca me dijeron que el no decir las cosas quería decir que no se sentían, o que el hecho de que no fueran lo más importante, le restaba fuerza a su resultado. Las palabras no son ni deberían ser la única fuente de comunicación, y no por conceder al lenguaje corporal una iniciativa de significados. Las palabras, y por lo tanto los idiomas, no son más que una opción de expresión, un encasillamiento que ofrece posibilidades, pero no la última versión de la cualidad y necesidad de expresión. Suficiente tenemos con tener que descifrar significados, aprender reglas, y modificar sensaciones para que quepan dentro del sistema, para por encima sacrificar la condición de lo que no es expresable.

 

Lo siento, pero definitivamente hay muchas cosas que el lenguaje no es capaz de abarcar, aún cuando en su determinación pretenda darles explicación. Somos mucho más allá de ello, y no son las palabras la respuesta. De forma expresa y directa expreso mi lamento por confiar al lenguaje todas las capacidades y oportunidades. Quizá me enfoco demasiado en el tema de las relaciones humanas, pero al final nos hemos hecho seres sociales, y es a través de la cultura y la sociedad que nos identificamos y poco a poco nos vamos definiendo personalmente.

 

Amo el lenguaje, y la palabra escrita, como muchos ya saben, es mi manera favorita de expresión. Pero no puedo negar que ni la palabra escrita ni sus reglas pueden encerrar la magnitud de concienca de la que somos capaces. Las descripciones de las palabras o de las palabras podrán quedarse en meras imágenes y provocar que la imaginación se dispare, pero no serán capaces de reproducir la fuerza de la realidad, de la misma experiencia. Tampoco se abarca todo, y hay mucho que no es expresable a través del lenguaje, o al menos el español. Es por ello que en algún momento encontré que un motivo para aprender nuevos idiomas y formas de pensar era precisamente, encontrar nuevas opciones, posibilidades que no abarcaba lo que ya conocía y así completar mis ganas de expresión. Pero me retiré cuando encontré que no dependía del lenguaje, sino de la misma concienca de depender del mismo para todo lo que se presenta en la existencia.

 

No estoy proponiendo el cambio de perspectivas,sino encontrar en la misma acción el resultado deseado. Al final, no se trata de cómo hablemos, de qué digamos, de qué pretendamos, si al final no actuamos como lo pretendemos, o como hemos prometido. Explicaciones se dan de todas formas y colores, excusas parecen regalarse al 3×2 y finalmente no somos más que una montaña de palabras que terminan siendo vacío. Es verdad que no hay nada como aceptar que las palabras no alcanzan y quedarse mudos. las acciones entonces cobran la vida y la importancia de su propia belleza y originalidad. Hace mucho que las olvidamos, y son esas, las que conforman los detalles, los momentos, y las mismas reacciones.

Actúemos, en lugar de hablar…

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