Nadie es profeta en su tierra (III)

Cada vez que voy a las pirámides de Teotihuacan (las puedo contar con los dedos de una mano), no puedo dejar de pensar en el propósito sagrado con el que fueron construidas, no sólo las pirámides, sino toda la ciudad, y el hecho de que de éste lugar en particular no se sepa su nombre original, uso, ni mucho más, le añade ese aire de misterio y majestuosidad. Yo tenía pensado alcanzar la cima de alguna de las pirámides (sólo pude en la “Del Sol”, porque la de “La Luna” está en “trabajos”) que ahí gobiernan, tomar una bocanada de aire místico para inhalar algo más que aire corriente. Por supuesto que la bocanada me resultó fastuosa, pero más por la falta de aire después del tremendo esfuerzo que requiere, literalmente, trepar las escalinatas. Total que no hubo misticismo, ni incienso, ni grandilocuencia sagrada en esa respiración, pero sí iluminación, porque ahí en Teotihuacán el Sol no se hace extrañar y, sin exagerar, me tatemó los brazos.

Fue una turisteada al 100%, porque a pesar de haber visto y leído innumerables estudios e investigaciones al respecto del lugar, pareciera que al llegar ahí todo se me había olvidado, y mis “educandos” y yo tuvimos que hacernos de un curioso guía, y así me añadí al gremio de los turistas, una vez más, y en mi propia tierra, consagrada a las palabras de un extraño personaje, que de no ser porque a cuenta gotas me fui acordando de algo, me pudo haber dicho que ese lugar era en realidad una pista de aterrizaje de extraterrestres, que me lo hubiera creído. Sólo me faltó colgarme la cámara al cuello (que de no ser porque el lazo es un tanto corto en la mía, quizá lo hubiera hecho) para, además, añadirme la etiqueta estereotipada del turista oriental, fotografiando todas las nopaleras y gránulos de tierra.teo.jpg

Al final del día, mis “educandos” y yo, además de exhaustos, terminamos bastante complacidos, acompañados de un dúo de guitarras y canciones mexicanas, tacos de pollo, enchiladas, una buena salsa picante y una bien servida y fría michelada. Vamos, toda una relación cuasi típica de lo que los nacionales vendemos como la ruta de la “mexicanidad”.

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