Divagando

Existe un estado, entre la vigilia y el sueño, que se compara con el soñar despierto o el vértido de una caída casi insoslayable, que sin querer desdobla incontenibles deseos, caprichos, arranques y empujes que parecen minar la mirada y perder los pasos. Pero más que el externo suceso recurrente de “estar en otro lugar”, comprueba un estado de completa autonomía moral. Quizá sea aquí donde reside la confianza de que todo estará bien, hasta que la razón, tan ilustrada como medieval, toca a la puerta y asalta en dudas y previsiones. Es parte de un laberinto, en donde seguir buscando el queso es como perderse toda una noche de sueño, desfundando resquicios y recuerdos que no te esperabas. La tragedia del que se piensa y se siente con insistente masoquismo.

Ahí en ese rincón, reaparecen viejos fantasmas, que en su estela de recuerdo, dejan flotar posibilidades antes desechadas, pero tan pulidas y refinadas, que se vuelven alcanzables. Otros aún son sombras venideras, que esperan un movimiento para dejarse escuchar. Entre todo aquello vagan las imágenes que trasladan a la ensoñación, a la posibilidad, y que acompañadas por espectros recreados y gestados, ganan fuerza, presencia, y vigor, hasta convertirse en el fruto de un constante y desquiciante deseo que algunos llaman, incluso, obsesión y hasta infidelidad.

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