Coraje social I

“Salve dios a los necesitados…” quizá ahora se modifique por “Salve Derechos Humanos a los represivos”, y no me equivoqué al no poner reprimidos, que son los que llaman la atención, se llevan las ganancias, y el represivo termina dentro de la misma inaptitud que los reprimidos. Círculo vicioso. Si Freud viviera hoy, quizá ondearía en uno de sus narcoviajes una bandera que nos recuerde este “Malestar de la Cultura”, y no estoy aquí para armar un resumen de una obra, que en lo personal me parece válida y coherente, sino además completamente aplicable a todos los días. Puesto que somos incapaces de aceptar nuestra finitud, de la cual no podemos hacer nada, y tampoco nuestra insuficiencia para las relaciones sociales, porque nos empeñamos en reprimir todo signo de violencia que ponga en peligro la existencia de la sociedad, nos vamos armando de subgrupos sociales, nos narcotizamos, o nos operamos para satisfacer aquello… AQUELLO… Menuda sociedad tan a la carta, donde no sólo se trata de elegir tus creencias, sino que las creencias elijan qué es lo “in” en la fe.

dhNos damos de topes con religiones prohibitivas que, poco a poco se vuelven tan agresivas hasta negar lo mismo que predican, jugando a lo que ahora existe y no existe en el más allá, y lo que está bien o aún peor, o incluso… (aquí va otro calificativo). Y entonces se vuelve “in” el infierno, que hace unos años no existía, y el diablo vuelve a existir, cuando en un inicio no, y luego como que sí, y luego de seguro, y luego ya no, pero está de vuelta. Lo único que no deja de existir es la divinidad, que si lo pensamos, como todo lo demás, quizá existió, y luego no, y luego sí, y ahora quién sabe. Al final si me arrepiento salgo ganando, pero hay quien cree que rezarle a un santo te asegura un asesinato libre de consecuencias sociales, aunque tengas que pagarlo después de esta vida. Vamos, que reorientamos instintos de supervivencia para desalmarnos y luego almarnos, como si de comprar bulas se tratara.

Nos dividimos en subgrupos sociales, denotando la agresión contra el mundo, contra la libertad, contra los sentimientos, y contra la razón. Y de vuelta al círculo, donde hoy parece un medioevo ilustrado, o una ilustración medieval. Finalmente no estamos dispuestos a aceptar la agresión contra aquellos que “copian”, o que carecen de una ideología para sustentar su pseudo-identidad, cuando tampoco la tenemos, pero ahí vamos, masa en bola, bola de masa, dispuestos a denotar el instinto agresivo en pos de la supervivencia del más fuerte, del más apto, y finalmente del más incompetente. Ya no basta distraernos con la música, el baile, el karaté, la yoga o el gimnasio, el macramé, la bisutería, o las compras compulsivas, porque finalmente nos atacamos como changos en el tráfico, y nos aturdimos con palabrería de última generación.

Creamos instituciones que protegen a los menos afortunados, a los agredidos, pero no a los agresores (que existen, pero son abogados, y los tachamos de malditos)… Un ejemplo vivo de una sociedad que canaliza la agresividad hacia el sujeto, porque también hay gases lacrimógenos, balas de goma, chorros de agua, y educación gubernamental controlada. La misma conciencia moral que da fruto al sentimiento de culpa, y a la necesidad de castigo. Que lo que está bien, no lo es para todos, y lo que está mal depende del cristal con que se mire. Depende, todo depende…

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