De manuales perdidos (y II)

Siempre, o casi siempre, que compramos algún nuevo aditamente electrónico, o del tipo, dejamas las intrucciones dentro de la caja, si es que no se va a la basura, y prácticamente nos limitamos a experimentar, porque “echando a perder se aprende) y si acaso nos topamos con algún inconveniente, preguntamos a quien esté más cerca. Esos manuales, si sobreviven, se vuelven recuerdos vagos cuando ya hemos cambiado de teléfono celular, por ejemplo, y es entonces cuando, posiblemente, le damos de comer a las dudas y nos sometemos al descubrimiento tardío de variadas funciones que ni por sorpresa se nos hubieran ocurrido. Si acaso los manuales nos los explican cuando compramos algo, y ahí nos hacemos presa de educandos y nos aseguramos de haber aprendido, y así seguimos, el manual perdido, ahora sí, y nada, a ver qué sale. Y no hablemos de los manuales de cocina, que no son otra cosa que las recetas. Quienes algo de experiencia tenemos en este arte, sabemos que éstos son sólo una referencia, porque ninguna estufa calienta igual, ningún horno hornea de la misma manera, y no todas las cebollas, manzanas o champiñones son del mismo tamaño, sabor o color. Es verdad, experimentar es quemar el agua, desfondar la olla, equivocar el azúcar por la sal, y brindar al basurero algún que otro regalo inesperado porque salió mejor pedir comida que ser el valiente conejillo de indias de tremebundo resultado.

Pero los manuales sociales no funcionan igual. No se trata de comprender el contrato social, a Maquiavelo y el poder, a Freud y el malestar de la cultura, que mucho tienen de razón y de aplicabilidad a las situaciones presentes, pero no definitivas. Esto del feminismo resulta inquietante para mí. Aplicar la lucha a conveniencia es atacar a quien te abre la puerta porque “no soy el sexo débil y puedo hacerlo sola” y hacerlo cuando no te abre la puerta “ah! maleducado, las damas primero!“. Esto de que nos caigan veintes, de necesitar un día al año para que nos festejen porque no nos valoramos el resto, esa impecable necesidad de luchar contra todo y todos… Es que de verdad me parece estúpido. Quizá por eso no me doy comunicado. Tanto se habla de que la mujer estudie, trabaje, se desarrolle, pueda elegir, para que al final las pláticas se rijan por tu modelo y color de zapatos, el bolso, el peinado y de ahí a seguirle. El punto es que he descubierto que romper el hielo con una mujer es extremadamente eficaz si te refieres a alguno de los complementos que porta, o el color de su maquillaje. De ahí pueden surgir todo tipo de temas y situaciones, pero con algo se empieza. Y sí, sí pertenezco al gremio femenino, pero no sé de qué tipo. Sí soy “feminista” pero no de ese feminismo atacante y sin-igual, que en lugar de defender destruye.

Disculparán ustedes, señoras, señoritas, mujeres, féminas y arpías, pero el feminismo que se ha luchado tiene la base de “igualdad de oportunidades”, pero el que tengas las mismas oportunidades no significa que tengas que elegir a fuerza algo, si por eso son oportunidades. La lucha feminista ha extralimitado sus fronteras de otorgar a la mujer la opción de elegir qué es lo que quiere ser, hacer, y no tener que dar explicaciones morales a su comportamiento. Pero se llega al extremo de que tomar la decisión “retrógrada” de ser mujer de hogar, es ridículo, y “malo”. Como si eso de ser “ama de casa” fuera tarea fácil (no hablo de mujeres que con mucho o poco tiene quién les haga todo, y pueden dedicar su tiempo a irse a desayunar, hacer ejercicio, balbucear con los hijos, y quejarse con el marido) sino las que dedican su vida a sus hijos, a su hogar, y a la base de su estructura. Si tan malo fuera muchos de nosotros no seríamos lo que somos, y no agradeceríamos a nuestras madres tanto y tanto tiempo y dedicación. Sin embargo, esa falta de valoración a la importancia que tiene dicha forma de vida, es lo que desvaloriza a la mujer, pero es la mujer misma la que lo desvaloriza. Vamos, si decides hacerlo, creo que es la opción del feminismo, como si eliges primero trabajr, o estudiar y trabajar…

Y disculpen que me queje, probablemente sin mucho afán o resultado, pero lo que está en juego es la identidad. Si tanto nos damos a la tarea de formarnos una individualidad, y las decisiones las tomamos porque “todos los demás lo hacen”, vamos tirando al caño el manual de feminismo radical, tan ridículo y presuntuoso, porque ahí no existe nada más que la borreguez. Ese sentimiento de tomar una decisión, la que sea por principio, por convencimiento y convicción, quizá nos salve de tanto manual inútil y perdido, si gracias a que todo está como está, la sociedad hoy da más libertad y menos pautas para ser un individuo decisivo, y no precisamente incisivo. ¿Qué tanto da usar o no usar rosa, amar las faldas o los pantalones? Si la gracia está en poder acomodar lo que hay a uno, y no acomodarse a lo que hay. Eso creo yo.

Finalmente, tanto manual feminista, tanto desacuerdo social, y tanto ataque al hombre, también han dejado de lado la opinión masculina de la vida, como si su opinión no fuera siquiera importante o relevante. tantos años enfocados en esta lucha feminista, que las repercusiones sociales sobre los hombres no parecen importar, y pero aún a quien le interesen se le tacha de anti-feminista e incluso machista… ¡Por favor! Si de nada vale pedir igualdad si sólo se ve un lado de la moneda… Hay dos para todos, bien o mal carecen de sentido cuando no hay una comunión entre la gente (como luchar en favor de los derechos de los homosexuales, ir en contra de la homofobia, y olvidarse de la realidad que tanto molesta ante homosexuales maleducado y mal encarados, que es como la mujer que se queja de que los hombres le dirijan miradas lascivas y frases inmorales… Pero no hemos entrado en la situación de que los hombres también tienen derecho de protegerse de los abusos de los homosexuales -incluyendo lesbianas y mujeres-).

Yo por lo pronto estoy definitivamente convencida de mi felicidad ante haber perdido el manual de mi “feminidad”, porque, seamos sinceros, al menos puedo darme la libertad de elegir sin miedo a ser juzgada, lo cual no quiere decir que no esté consciente de ello, pero carece de importancia si al menos tengo el apoyo de mi propia conciencia.

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De manuales perdidos

Existe una particular visión del mundo, específica para cada rol de género, que al parecer se obtiene a partir de una guía no mencionada, no aceptada, y menos compartida. Sin embargo, habemos quienes, lejos de entenderlo, nos vamos haciendo a la idea que esa guía se perdió en el correo, falsificó un dueño, y quizá hasta de género, porque permanecemos en un estado de observación dudosa, empeñados en comprender lo que no está a nuestro alcance y suponiendo que algo salió mal, preguntándonos qué es lo que ellos/as tienen que yo no tenga, y sumando suposiciones. Digo “habemos” porque cada vez voy descubriendo que somos más de los que nos reconocemos, y como parte de carecer de esta guía, nos encontramos siempre en los caminos paralelos, y poco a poco nos gusta quedarnos más ahí que acá. En realidad dudo que se trate de una consecuencia de nuestras infancias, menos de la educación que nos amamantaron, y por supuesto nada que ver con los principios de nuestro desenvolvimiento social. No es que seamos unos desadaptados psicópatas en necesidad inmediata de una consulta psicoanalítica y psiquiátrica, aunque definitiva algo pasó en ese camino que hizo más interesante el camino paralelo.

Quizá podría darme a la tarea de pensar en un sinfín de ejemplos en los que me he visto involucrada, o distraerme en el arte de decidir no entablar una conversación, más allá de la obligadas, con el 90% de las personas que conozco, porque disto de adecuarme al “small talk” si es que yo tengo que iniciarlo; finalmente este se trata mucho del humor en el que me encuentre, y nunca sé cómo continuar esa tan vanagloriada constancia social de tener que decir algo por el simple hecho de compartir un espacio común con alguien más. Se sabe de sobra que no sé iniciar conversaciones, casi con cualquiera, que prefiero escribir, y cuando quiero acercarme a alguien lo hago a través de detalles, pequeños o grandes, pero pocas veces con palabras. Pero me es mucho más fácil hacerlo con hombres que con mujeres, pareciera que el manual para mujeres es, además del social, el que definitivamente no llegó (el social quizá no lo terminé de leer antes de prestarlo a algún ingrato).

Recientemente he caído en la cuenta que me es mucho más difícil entablar cualquier tipo de conversación con una mujer que con un hombre, y no me extraña que en reuniones alcoholizadas, termine siempre de pie en el círculo de los hombres, en lugar de sentada en la salita, con la pierna cruzada haciendo muecas y ademanes sutilmente dignos de una dama. Lo he atribuido a una costumbre de encontrar a las mujeres en grupo bastante sosas cuando se trata de diversión (siempre fue más divertido ensuciarse que preocuparse por la condición del listón del vestido, y más divertido jugar a chocar cochecitos que sentarse a peinar muñecas y dejarlas intachables, y de hacerlo terminaba por inmiscuirlas en imaginarias relaciones conflictivas). Pero de verdad, es como si se tratase de una sociedad secreta infranqueable, de la que por imagen eres parte, pero al primer minuto tú y ellas te reconocen como algo externo, algo raro, que no pertenece. No, no se me ha dado la bienvenida al mundo de los hombres, porque ellos, hasta ahora, me han considerado más una niña que un niño, pero suelen desinhibirse un poco más estando yo ahí que cuando una niña de verdad lo está. Costumbre quizá. Estoy convencida que no es una cuestión de moda, de preferencia de faldas sobre pantalones, sino algo que tiene que ver con los temas a tratar, las palabras utilizadas, el tono de voz… o algo así. Yo me maquillo, casi no uso faldas, me cuido el pelo, me cuido la piel, me ocupo algo, no tanto, de mi apariencia física, y no estoy en contra de los metrosexuales… Tampoco es una relación entre el físico y la desenvoltura, porque ese ideal femenino del cuerpo no es proporcional a esta capacidad (pero ese es tema de otro día).

Hablemos claro, tampoco se trata en realidad de un ideal femenino, porque para el caso podría considerarme una belleza renacentista, si el ideal femenino ha cambiado tanto en cuestión de imagen y modales, que descubrirse siendo atemporal, pero sin encajar tampoco, es como un juego de rol donde no eres ni una cosa ni la otra, pero pretendes que vale la pena intentarlo. Es un paralelismo del concepto de belleza. Que aclaro, sigo citando a Simone de Beauvoir, quien era en apariencia más femenina que yo, aunque no por ser del género “femenino” se hizo del rol. Y quizá lo que más lamento es que esta lucha del feminismo se haya olvidado de la base de sus palabras, confundiendo el brassiere con una esclavitud, el corsé con una represión, pero que sigue hoy jugando con el ideal de tener senos bellos y “auténticos” y cinturas marcadas y rodeables. Entonces no soy, no pertenezco a ese rol de género, en algunas cosas, pero tampoco entiendo qué se supone deberían de ser cuando se presenta la ocasión.

Hoy me gustaría encontrarme con ese manual que nunca me llegó, darle una leída y por lo menos comprender qué pasa de ese lado, aunque no entraré ahí, probablemente más por orgullo que por gusto…

Tentetiesos convencidos

Comparar tanto es provocar el despojo de los motivos y desentrañar la noción de ser un tentetieso. A uno se le ocurren hasta listas comparativas, donde el propósito es quizá ganarle a una razón que, por mucho esfuerzo, va ganando por insospechable ventaja. Siempre me pareció irrisorio predisponer la elección a la suma de atributos positivos, porque por mucho que sumen infinitos, esa cosquillita en la panza te lleva a otro lugar, quizá. Y va el rebote del tentetieso, que por mucho empujar hacia un lado y al otro, acaba por regresar al mismo lugar. Pueden llamarle necedad. Yo no recuerdo hacer listas comparativas en papel para tomar una decisión, aunque sí ocupo noches enteras, sin quererlo, para ello. Casi una tarea estúpida, porque el resultado es casi siempre el mismo, pero es eterno castigo esta incesante necesidad de buscarle todos los pies al gato, darle vueltas incesantes, para finalmente convencerse de qué es lo que te llevó a tal forma de consolidar tu decisión.

Habrá a quien le resulte fatídico tal reconocimiento, el de ser un tentetieso, porque algunos derrochan toda oportunidad de suponer posibilidades, porque al final son suposiciones, y no aserciones, que el resultado de un futuro es imprevisible y depende mi múltiples factores inalcanzables, y siguen sin darle más importancia, y regresan al mismo lugar, como por sorpresa. Otros nos reconocemos en ese vaivén, pensando “demasiado” y nos montamos raudos y dispuestos en el mismo tren de retorno, a sabiendas que regresaremos, pero siempre atentos a todo lo que nos va sacudiendo. Pretender saber a dónde se va, y saberlo disfrutando del regreso. Tentetiesos, al fin y al cabo. Pensarlo es como recibir otro golpe, después de tanto luchar contra algunos, quizá porque parecen movidos por otro motivos, pero de regreso, como al principio.

Del tarareo insomne

De tarareo en tarareo se va oxidando la noche, la melodía se distorsiona y se van asomando los temores. Será por eso que la noche es tan vulnerable; porque donde se trastocan los mundo también se separan. Una vieja canción puede desentonar una tormenta de polvo y, en el momento preciso, se torna un tarareo casi tan poderoso como la misma arena, y si no te cubres a tiempo también te corrompe las vestiduras. Cuando se une con otro ancestral tarareo, la melodía puede desentonar ventanas e interferir con las sábanas.