De manuales perdidos

Existe una particular visión del mundo, específica para cada rol de género, que al parecer se obtiene a partir de una guía no mencionada, no aceptada, y menos compartida. Sin embargo, habemos quienes, lejos de entenderlo, nos vamos haciendo a la idea que esa guía se perdió en el correo, falsificó un dueño, y quizá hasta de género, porque permanecemos en un estado de observación dudosa, empeñados en comprender lo que no está a nuestro alcance y suponiendo que algo salió mal, preguntándonos qué es lo que ellos/as tienen que yo no tenga, y sumando suposiciones. Digo “habemos” porque cada vez voy descubriendo que somos más de los que nos reconocemos, y como parte de carecer de esta guía, nos encontramos siempre en los caminos paralelos, y poco a poco nos gusta quedarnos más ahí que acá. En realidad dudo que se trate de una consecuencia de nuestras infancias, menos de la educación que nos amamantaron, y por supuesto nada que ver con los principios de nuestro desenvolvimiento social. No es que seamos unos desadaptados psicópatas en necesidad inmediata de una consulta psicoanalítica y psiquiátrica, aunque definitiva algo pasó en ese camino que hizo más interesante el camino paralelo.

Quizá podría darme a la tarea de pensar en un sinfín de ejemplos en los que me he visto involucrada, o distraerme en el arte de decidir no entablar una conversación, más allá de la obligadas, con el 90% de las personas que conozco, porque disto de adecuarme al “small talk” si es que yo tengo que iniciarlo; finalmente este se trata mucho del humor en el que me encuentre, y nunca sé cómo continuar esa tan vanagloriada constancia social de tener que decir algo por el simple hecho de compartir un espacio común con alguien más. Se sabe de sobra que no sé iniciar conversaciones, casi con cualquiera, que prefiero escribir, y cuando quiero acercarme a alguien lo hago a través de detalles, pequeños o grandes, pero pocas veces con palabras. Pero me es mucho más fácil hacerlo con hombres que con mujeres, pareciera que el manual para mujeres es, además del social, el que definitivamente no llegó (el social quizá no lo terminé de leer antes de prestarlo a algún ingrato).

Recientemente he caído en la cuenta que me es mucho más difícil entablar cualquier tipo de conversación con una mujer que con un hombre, y no me extraña que en reuniones alcoholizadas, termine siempre de pie en el círculo de los hombres, en lugar de sentada en la salita, con la pierna cruzada haciendo muecas y ademanes sutilmente dignos de una dama. Lo he atribuido a una costumbre de encontrar a las mujeres en grupo bastante sosas cuando se trata de diversión (siempre fue más divertido ensuciarse que preocuparse por la condición del listón del vestido, y más divertido jugar a chocar cochecitos que sentarse a peinar muñecas y dejarlas intachables, y de hacerlo terminaba por inmiscuirlas en imaginarias relaciones conflictivas). Pero de verdad, es como si se tratase de una sociedad secreta infranqueable, de la que por imagen eres parte, pero al primer minuto tú y ellas te reconocen como algo externo, algo raro, que no pertenece. No, no se me ha dado la bienvenida al mundo de los hombres, porque ellos, hasta ahora, me han considerado más una niña que un niño, pero suelen desinhibirse un poco más estando yo ahí que cuando una niña de verdad lo está. Costumbre quizá. Estoy convencida que no es una cuestión de moda, de preferencia de faldas sobre pantalones, sino algo que tiene que ver con los temas a tratar, las palabras utilizadas, el tono de voz… o algo así. Yo me maquillo, casi no uso faldas, me cuido el pelo, me cuido la piel, me ocupo algo, no tanto, de mi apariencia física, y no estoy en contra de los metrosexuales… Tampoco es una relación entre el físico y la desenvoltura, porque ese ideal femenino del cuerpo no es proporcional a esta capacidad (pero ese es tema de otro día).

Hablemos claro, tampoco se trata en realidad de un ideal femenino, porque para el caso podría considerarme una belleza renacentista, si el ideal femenino ha cambiado tanto en cuestión de imagen y modales, que descubrirse siendo atemporal, pero sin encajar tampoco, es como un juego de rol donde no eres ni una cosa ni la otra, pero pretendes que vale la pena intentarlo. Es un paralelismo del concepto de belleza. Que aclaro, sigo citando a Simone de Beauvoir, quien era en apariencia más femenina que yo, aunque no por ser del género “femenino” se hizo del rol. Y quizá lo que más lamento es que esta lucha del feminismo se haya olvidado de la base de sus palabras, confundiendo el brassiere con una esclavitud, el corsé con una represión, pero que sigue hoy jugando con el ideal de tener senos bellos y “auténticos” y cinturas marcadas y rodeables. Entonces no soy, no pertenezco a ese rol de género, en algunas cosas, pero tampoco entiendo qué se supone deberían de ser cuando se presenta la ocasión.

Hoy me gustaría encontrarme con ese manual que nunca me llegó, darle una leída y por lo menos comprender qué pasa de ese lado, aunque no entraré ahí, probablemente más por orgullo que por gusto…

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