Esto de la televisión (y iv)

Sí, sí recuerdo mi tiempo sin televisión, o por lo menos con horarios establecidos. No creo en esta idea de que la televisión no sirve para nada, y menos cuando se menciona que “educa, porque cada que la prenden me voy a otra habitación a leer”. Algo tiene la televisión. No se la debe tachar de algo completamente negativo, pero sí hace falta aprender o enseñarnos a ser objetivos en cuanto a ella. Y quizá ese sea el verdadero problema. Sigo apoyando la idea de que la función o el trabajo, o el propósito de la televisión no es, ni tiene por qué ser obligatoriamente, el educar. No se trata de pretender educar a la gente a través de un medio cuyo propósito es el entretenimiento, y en todo caso informar. Ahí tenemos los noticieros porque en algún momento nos dijo Sartre que somos responsables de nuestras acciones y de lo que éstas puedan ejercer en la humanidad, pero de ahí a que nos eduque… Disiento. Yo no voy al cine para que me eduque, al menos ese no es mi propósito, quizá aprenda algo, pero no porque el cine pretenda educarme. No leo una novela para aprender, porque su propósito tampoco es educarme. No voy al teatro para educarme, porque tampoco es su propósito, y tampoco escucho la radio para educarme… ídem. ¿Por qué entonces darle a la televisión esa obligación? Claro que existen canales (para quien puede pagarlos) que se dedican a eso, pero son canales especializados, no disponibles en televisión abierta. Lo que sí es que esta televisión se da a la tarea de mostrarnos un punto de vista, que podemos ser objetivos al respecto, sí; que podemos ser reflexivos al respecto, sí. Entonces, lo que hace falta no es que la televisión eduque, sino que nos eduquen con respecto a la televisión, a lo que es, a lo que muestra y a lo que nos provoca. Verla en automático es igual a automatizarnos. Cuando la vemos de forma reflexiva dejamos de quererla tanto, aunque sí la vemos hasta con un tono de orgullo porque hemos sido capaces de programarnos un horario, elegir un canal, y disfrutar de algo un tanto más conmovedor. Yo prefiero ver una película de Chaplin, así de antigua, a ver si los concursantes han logrado perder el peso que se habían propuesto. Pero esa soy yo, y no soy la única. Para lo que usemos la televisión es decisión propia, el tipo de entretenimiento que busquemos también, pero ojalá nos dieran herramientas para verla, en lugar de lanzarnos a ese vacío sin otra explicación que un control remoto y la necesidad de no excluirnos de las conversaciones a la hora del café.

Esto de la televisión (iii)

No se trata de encontrar el hilo negro de esta cuestión televisada o televisiva. Tampoco es una cuestión de demostrar que hay alguien que está dispuesto a cambiar el canal o apagar la TV por el simple hecho de que resulta una opción tan codiciable, tan complicada, pero resulta una liberación extenuante. Finalmente no puedo dejar de impresionarme de esta realidad televisada, y de la idea de que si no existes en televisión, aunque sea un momento, no eres. Pareciera que se trata de que ahora es más importante ser en un segundo de televisión, que convertirse en una referencia de la Historia; más que ser un eco permanente, ser un eco remanente.

Resulta la realidad televisada la referencia al mundo que está ahí afuera, y en esto de “ahí afuera” se reivindica la que debería ser una intolerable separación entre la realidad y la realidad televisada. Sin embargo, este aparato se convierte en los ojos, opinión y acción del mundo. Y a la vez en su propia ironía. Los que hacen televisión son seres humanos, y quienes claudican por ella también, sin olvidar a los que la catalogan, etiquetan, y clasifican. Pero la televisión, a pesar de ser una confluencia de imágenes “tomadas de la realidad”, se diferencia del cine, y es tan diferente que en ocasiones resulta igual. Tan igual como quien al ver los avionazos en las torres gemelas lo pensó primero como los avances de una película, y tan diferente que la crudeza de las imágenes de noticieros son aptas para todo público, pero las imágenes crudas y “creadas” en el cine están vetadas a infantes. ¿Es acaso más cruel la fantasía que la realidad? Finalmente la realidad es vista a través de ojos humanos, y la fantasía es creada a través de ojos humanos. No veo la diferencia.

En todo caso se debería vetar la capacidad humana de recrear imágenes mentales, de imaginar, porque esas imágenes tan personales nada tienen que ver, e incluso hacen ver a las imágenes que percibimos de “afuera” como un fallido ensayo. Vetar también la literatura, que en su haber provoca esas imágenes, además de incluso fomentarlas y explicarlas, porque no es lo mismo ver que describir, y dejar a la imaginación el resto del trabajo.

¿Entonces la televisión de qué privilegios goza? De todos y de ninguno. Es tan libre elección ver el canal que prefieras de las opciones que tengas, como no verlos, interpretarlos como sólo engullirlos. Pero está en todos lados, y se ha convertido en una actividad individual, y de ahì a la soledad de la masa. Total, más de lo mismo y de lo que tantos estudiosos han dicho. Finalmente esto de ser historia a través de la televisión nunca podrá ser mejor explicado que por Derrida.

Vetar o no vetar a la televisión no es el tema, pero si cabe destacar cuántos minutos de una hora se dedican a la publicidad, a rellenar porque ya no hay más programa o porque es más importante vender tiempo aire que entretener a la gente. Círculo vicioso. Sí vale la pena pensar en un programa de diálogo interrumpido cada cinco minutos en lugar de cada media hora, incluso un porgrama de concursos resulta más parejo si tiene menos pausas… Seguiremos viendo la televisión, por supuesto que sí, sobre todo en un país dónde la opción de la Internet es aún demasiado vaga. Yo prefiero tener una televisión con pausas más alargadas, aunque tenga que aguantar más las ganas de ir al baño o la queja del estómago, a romper la concentración porque alguien en serio prefiere que seamos todavía más tontos ante el aparato. Al final del día lo que queda en la cabeza con tantas horas y nula reflexión, que es ver “el ataque de las hormigas”, mejor conocido como estática, porque así nos van corriendo las neuronas.

Esto de la televisión (ii)

“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera” (Ortega, La rebelión de las masas.

No me voy a poner tan sartoriana por no tener esperanza en cuanto a esta sociedad de la televisión; que si son más o menos comerciales, más o menos tiempo para prepararte un bocadillo y satisfacer necesidades fisiológicas, o si son más los programas vulgares que los cultos, o si la televisión más o menos educa y forma o si es más o menos responsable de la sociedad. Finalmente la televisión está ahí, y desde que yo tengo uso de razón ha estado ahí. No fue mi mejor amiga, no recuerdo haber sido víctima de la tradición de “ponerle la tele al niño para que se esté quito un rato”. Supongo que mi mamá tampoco veía en la televisión una manera de librarse de una carga… Claro que veía la televisión de pequeña, recuerdo tener en la mente horarios específicos de caricaturas: Los Thundercats, Halcones Galácticos, Los Pitufos, Supercampeones, Caballeros del Zodiaco. Había días que eran especiales porque podíamos (mi hermano y yo, claro está) ver a Topo Gigio, y alguna que otra cosa, pero de vez en cuando porque había que acostarse temprano, éramos pequeños.

Hoy en día sigo perdiendo tiempo con la televisión, si no la tengo de fondo mientras hago cualquier otra cosa, estoy viendo serie tras serie tras serie (extranjeras), o me la paso buscando canales con algo a lo que pueda yo decir “Mira, esto no lo sabía”. Y no, no soy ninguna erudita como para tener que ser tan meticulosa en cuanto a contenidos, pero es que al final del día hay pocos canales que me llamen la atención de ese modo, y de esos canales los contenidos suelen repetirse. Siempre me gustó ver esos canales, y los otros mencionados, y de ahí tener una plática (conmigo o con alguien más) que saliera un poco de la “caja de tontos” (como la llama mi papá). Vamos, más que relatar el programa, tratar de llevarlo a algún otro lugar fuera de la televisión.

Esto es precisamente lo que tanto se ha criticado a la televisión, por su habilidad de no permitir una abstracción de conceptos aprehendidos, no generar una opinión personal, y mucho menos generar una reflexión, personal o colectiva. Esto del tiempo de comerciales viene siendo lo mismo, va de la mano pues. Si la opinión pública la aceptamos como dada, y nos vamos haciendo esa mesas solitaria que no reflexiona ante la complejidad in crescendo de la existencia, nos dirigimos a polos opuestos. Individuos solitarios, tan hechos ya de historia, que no es de extrañarse que con la Internet nos vayamos de la mano y sigamos, orgullosamente, siendo esos seres solitarios e infranqueables. Con tanta información y sin poder, más bien sin querer digerirla, es más cómodo.

Y esto sin hablar de la capacidad innegable de la televisión de hacer un espectáculo de todo, al grado de que el espectáculo en sí nos resulte más cruel que la “realidad televisada”.

Esto de la televisión

Ya se decía que hoy en día una persona recibe más estímulos visuales en un solo día que los que recibió un hombre medieval en toda su vida. Quizá resulte aterrador pensarlo en cuestión de que no nos hemos hecho más inteligentes, capaces, cognitivos o humanos, aunque sí mucho más neuróticos, antisociales, flojos y caóticos. Gran parte de estos estímulos visuales vienen de la contaminación publicitaria que no nos deja en paz. No por nada nunca entro al cine a tiempo. Me brinco los primeros 10 minutos de publicidad, llego a los avances de otros filmes, para luego entrar a la película de mi elección. Cuando veo televisión suelo tener dos programas a la vez (mi neurosis) y hago lo imposible por evitarme los anuncios en ambos. En el coche, si es que voy escuchando la radio, también cambio la estación cuando aparecen comerciales, y así me voy evitando un poco de tanto e innecesario bombardeo. ¡Gracias por dar opciones!

También es verdad que en este país Televisa domina la televisión abierta, y su audiencia es mucho mayor que la de otros canales, incluso en comparación con la televisión de paga (por cable, Internet, o antena), claro que esto según la poco grandiosa y elocuente agencia de encuestas IBOPE, que en lo personal pareciera ser una agencia lo menos objetiva que podía ser, pero es otro tema. Ahora bien, ya se decía que quienes manejaban Televisa decían que la atención del mexicano es de tres a cuatro minutos, por lo cual es completamente necesario darle un descanso a comerciales durante los programas… Y lejos de ofender la inteligencia del mexicano, parece celebrado por los mismos. ¡Y yo que pensaba que al público no le gustaba ser tratado como un idiota! (eso sin hablar de los contenidos). En pocas palabras Televisa ofrece alrededor de 10 minutos de comerciales por cada media hora de programa… haciendo un cálculo matemático digno de una ovación llego a la conclusión de que son aproximadamente 20 minutos de comerciales por hora, lo cual representa un tercio de la hora en comerciales (y mi habilidad matemática ha cumplido su labro del día).

Esta tendencia no es exclusiva de Televisa, ya que esto de los círculos viciosos, tan de moda y siempre tan aplicable, resulta un tendencia en América Latina (por lo que tengo entendido y leído). En Estados Unidos la cuestión es un tanto diferente, aunque no mucho que digamos.

Ahora bien, siempre me gustó ver la televisión española, porque los comerciales te dan el tiempo necesario para levantarte del sillón, ir a la cocina prepararte un sándwich tostadito, prepararte un café o un te, ir al baño, y regresar a la sala bien servido mientras termina la ronda de publicidad y vuelve el programa. Aquí en México te levantas corriendo, abres el refrigerador, sacas los ingredientes, empiezas a untar la mayonesa y regresas corriendo a la sala, dejando a medio camino la preparación del alimento, que para cuando llegan los siguientes ya no se te antoja.

En España la ley acaba de limitar a 11 minutos de publicidad por hora (la mitad de la publicidad por hora en México) en una reforma necesaria y urgente a la ley de televisión. La cadena TVE (del gobierno) ha decidido que para el 2010 tendrán sólo 9 minutos de publicidad por hora. Es decir verás un verdadero programa de una hora con un descanso de 9 minutos para hacer lo que se te de la gana, darle toda la vuelta a la programación, o desinhibirte en el baño, hasta darte un duchazo, y vestir traje de gala para la antesala a la cama.

¿Qué es en realidad esta diferencia de tiempo publicidad por hora en una televisora? No sólo se trata de los intervalos, porque aquí en México son cada 3-4 minutos, mientras en España es un descanso cada media hora (serán entonces dos descansos de 4.5 minutos por hora o, en su defecto, un descanso de 9 minutos por hora, que es más lógico para como funciona hoy en día esta televisión). Para empezar no se trata al público de tonto o incapaz, no se lo trata como conejillo de indias, ni como un mero interés de la televisora para poder vender cada vez más caro el segundo en televisión (y más en hora pico). Y que conste que no estoy hablando de contenidos, toda televisión tiene banalidades, pero no vive exclusivamente de ellas. Además, no se trata de compensar, es decir, las banalidades, aunque uno piense lo contrario, no son tan elocuentes como para llenar una o dos horas enteras todos los días, y menos si son 51 minutos de programa. Si son 40 minutos (como en México) da más opción a que los guionistas, directores, pelagatos y actores, no se cansen demasiado y cobren como si trabajaran la hora entera.

Si lo pensamos a fondo (reavivando las mates), por cada 8 horas de televisión en México, tenemos un aproximado de 80 minutos de descanso. Ergo, trabajas 6 horas y media por una y media de descanso. Esa es una jornada laboral que ya quisiera tener yo, que trabajo 8 horas completas más una hora de descanso (9 horas en la oficina, una de descanso).

En fin, tanto para llegar lo mismo. Finalmente me llama la atención que en España (una tendencia europea además) se tiene un poco menos de la mitad de tiempo publicidad por hora que en México (una tendencia americana). ¿Sigue siendo redituable la televisión en España? Sí. ¿Tiene contenidos un tanto más interesantes y menos bobos? Sí, sí los tiene. ¿La gente tiene vergüenza de decir que ve televisión abierta? No. Además de garantizar menos bombardeo estúpidizante a un público igual de desconocedor, pero también igual de humano.

Palabras…

Hay momentos en que pareciera que se disuelven las esperanzas, y con un trozo de carbón aún caliente se quema uno la mano, cerrando el puño, sintiendo bien ese calor, ese dolor, y cómo penetra hasta el mismo centro de la cordura. Quizá entonces quede un poco de esperanza, ese atisbo aún caliente que pueda quemar y sentirse con la misma convicción. Te vas acostumbrando a asirte de ese sentimiento, de ese lugar, de ese momento, para que no se derrumbe lo que ya se va destronando sin haberlo previsto. Así se transforman las relaciones humanas, justo cuando crees que ya no hay esperanza, todo parece volver a la normalidad para derrumbarse aún peor y renacer cual ave fénix, sólo que en ocasiones no renace en compañía…

Siempre habrá personas que por mucho superarlas regresan para embrujar un momento. Viejos fantasmas del recuerdo, que más que perseguir sin ilusión, viven sólo en un recuerdo… Y es que hay sensaciones que no quisieras haber perdido, no tanto a las personas, sino lo que te hacían sentir. Como las palabras, que puedes olvidarlas siempre y cuando no olvides aquello que revolvieron.

Aguas turbias y virulentas, despojos y desechos, todo para darle un poco de nada a lo mucoh que ya no hay. Es quitarse las ganas, romperse las ropas, abandonar los lentes y acuñar las arrugas. Entregarse como si no hubiera otra razón, preguntar como si no hubiera otro motivo, escuchar como si fuera lo último, y ver como si fuera la primera vez. Volver a conocer, re-conocer lo que ya estaba ahí, darle un lugar y una prioridad, consecuencia de un acuerdo mudo.

Así entre tímidas sobras, y valientes tropezones, más vale darse a conocer que desligar a las personas, como si recoger una piedra fuera darle vida, pero sin poseer más allá de lo priopio, más allá de tus propias manos.