Esto de la televisión (ii)

“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera” (Ortega, La rebelión de las masas.

No me voy a poner tan sartoriana por no tener esperanza en cuanto a esta sociedad de la televisión; que si son más o menos comerciales, más o menos tiempo para prepararte un bocadillo y satisfacer necesidades fisiológicas, o si son más los programas vulgares que los cultos, o si la televisión más o menos educa y forma o si es más o menos responsable de la sociedad. Finalmente la televisión está ahí, y desde que yo tengo uso de razón ha estado ahí. No fue mi mejor amiga, no recuerdo haber sido víctima de la tradición de “ponerle la tele al niño para que se esté quito un rato”. Supongo que mi mamá tampoco veía en la televisión una manera de librarse de una carga… Claro que veía la televisión de pequeña, recuerdo tener en la mente horarios específicos de caricaturas: Los Thundercats, Halcones Galácticos, Los Pitufos, Supercampeones, Caballeros del Zodiaco. Había días que eran especiales porque podíamos (mi hermano y yo, claro está) ver a Topo Gigio, y alguna que otra cosa, pero de vez en cuando porque había que acostarse temprano, éramos pequeños.

Hoy en día sigo perdiendo tiempo con la televisión, si no la tengo de fondo mientras hago cualquier otra cosa, estoy viendo serie tras serie tras serie (extranjeras), o me la paso buscando canales con algo a lo que pueda yo decir “Mira, esto no lo sabía”. Y no, no soy ninguna erudita como para tener que ser tan meticulosa en cuanto a contenidos, pero es que al final del día hay pocos canales que me llamen la atención de ese modo, y de esos canales los contenidos suelen repetirse. Siempre me gustó ver esos canales, y los otros mencionados, y de ahí tener una plática (conmigo o con alguien más) que saliera un poco de la “caja de tontos” (como la llama mi papá). Vamos, más que relatar el programa, tratar de llevarlo a algún otro lugar fuera de la televisión.

Esto es precisamente lo que tanto se ha criticado a la televisión, por su habilidad de no permitir una abstracción de conceptos aprehendidos, no generar una opinión personal, y mucho menos generar una reflexión, personal o colectiva. Esto del tiempo de comerciales viene siendo lo mismo, va de la mano pues. Si la opinión pública la aceptamos como dada, y nos vamos haciendo esa mesas solitaria que no reflexiona ante la complejidad in crescendo de la existencia, nos dirigimos a polos opuestos. Individuos solitarios, tan hechos ya de historia, que no es de extrañarse que con la Internet nos vayamos de la mano y sigamos, orgullosamente, siendo esos seres solitarios e infranqueables. Con tanta información y sin poder, más bien sin querer digerirla, es más cómodo.

Y esto sin hablar de la capacidad innegable de la televisión de hacer un espectáculo de todo, al grado de que el espectáculo en sí nos resulte más cruel que la “realidad televisada”.

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