Incógnitas de la vida IV

Sinceramente hay muchas cosas que me encanta preguntarme y dejarlas corriendo hasta que termina mañana… Y es que estas parecen no terminar… sino multiplicarse, sólo hace falta hacerse la pregunta en la equina correcta, y siempre tendrás un motivo más para sonreír… Como cuando te haces un sandwich y el chope, el salami y la mortadela simplemente no encajan, porque alguien sigue haciendo el pan cuadrado y las carnes frías redondas. ¿Por qué no hacer el pan cuadrado o las carnes frías redondas y así evitar que me queden esquinas sin relleno? Llenar ese hueco con imaginación es como la cara que pones cuando después de lastimarte, la sangre ahí coloreando tu pantalón y te pregunta ¿Te duele? No vaya a ser que se trate de una herida virtual…

Somos animales de costumbres, pero de costumbres muy raras, porque entramos a un lugar completamente oscuro y abrimos los ojos como platos, como si viendo más oscuridad la veamos mejor, se estropea un aparto eléctrico y lo primero que hacemos es dejar el botón de encendido hasta que éste atraviese el aparato por el otro lado. Nuestra condición nos ha llevado a realizar las tareas más extrañas, como ponernos gotas en los ojos (quizá para disimular la resaca) pero cada que nos echamos las gotitas abrimos la boca de la manera más curiosa, como si de esa forma mejoráramos el tino, o quizá para comprobar que de verdad no nos las estamos tirando en el lugar equivocado. Nos sonamos la nariz con pañuelos, y cada que terminamos nos asomamos para ver qué salió, como si ahí fuéramos a encontrar el regalo que Santa Claus nunca nos trajo.  Por si fuera poco cada que echamos una carta al buzón nos encanta asomarnos, para ver si en el atisbo de esa oscuridad (ante la cual abrimos los ojos como platos) vayamos a encontrar al pueblo de Lilliput dispuesto a amarrarnos al suelo…

Y esto no termina, porque además nos encanta llegar a la cima de la montaña y ponernos las manos en la cadera, y desde y de cualquier altura, nos encanta ver si logramos vislumbrar nuestra casa (???). Hoy en día tenemos teléfono, y no sólo el celular, pero eso sí, si estás sentado y te llaman al celular te entra la necesidad de ponerte a caminar, y si estás caminando haces lo imposible por detenerte. No estoy segura en dónde catalogar la concentración de la misma ironía. En casa nos gusta estar descalzos, en calcetines, y si en casa de alguien está permitido hasta presumimos el nuevo diseño alrededor de nuestros pies, pero en una zapatería eso de quedarse en calcetines nos resulta incómodo, como si en una zapatería el mostrar el pie o el calcetín fuera motivo de una expulsión inminente del mundo del calzado… La gente no está ahí para hablar de tus calcetines y tú estás ahí para probarte zapatos, los cuales lamento informarte que no te caben a menos que te quites los que traes puestos. Es como comprar un helado en cono (barquillo, cucurucho) y justo a la mitad aceptamos el impulso de morder la punta del cono y después intentar ganarle la batalla a la gravedad por nuetro helado que sin mayor anuncio comienza a escurrirse con el rumbo fijo en nuestra playera y pantalones.

Sigo convencida que somos un espectáculo de tal envergadura que por eso los extraterrestres aún no han hecho “contacto”. Es más divertido vernos hacer el ridículo cuando alguien nos cuelga el teléfono y nos quedamos mirando al aparato como si éste tuviera la culpa, nos escondemos debajo de las sábanas cuando tenemos miedo por la noche como si éstas fueran impenetrables por un cuchillo, y además nos creemos nuestras propias mentiras, porque en el cine en las películas de miedo siempre hay una puerta cerrada detrás de la cual siempre hay mucha luz, como si del otro lado los espíritus estuvieran fotocopiándose el trasero.

Pero eso sí, que ni qué, me sigo preguntando por qué a mí no me dieron la canica que tienen todos los vecinos y que siempre a media noche se les cae o sueltan a rodar por el piso…

Girasol Demente

girasoldemente@yahoo.com.mx

Un comentario en “Incógnitas de la vida IV

  1. Acabo de enterarme de tu blog. Me gustó mucho. Curioso cómo la palabra cuchillo corta por sí sola. Al rato que me meta bajo las sábanas recordaré que al leerte escuché la punta filosa atravesando el lienzo, desgarrando algodón y piel. ouch. Y yo también me había preguntado por la canica de los vecinos de arriba!!! Jaajajaja.

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