Garabatos 14/05/09

Hay lugares donde el silencio es sólo una compañía, donde el espejo es sólo una mirada al pasado y las lágrimas la misma vaga sensación de que aún se reconoce al corazón. El reloj camina una raya y una ráfaga de viento sacude una pestaña suelta. Esa necesidad deja de ser una enfermedad, deja de reproducirse. El reloj da una vuelta, vuelve al mismo lugar, como si cada respiración fuera igual que la anterior, pretendiendo burlar una bocanada de aire llena de jazmión y estiércol. Un pestañeo y cambia la luz, un paso y es otro mundo. No importa cuántas vueltas dé el reloj, no llegará nunca a ningún lado, no será testigo ni jurado, no será su tiempo sino el de tus latidos el que marque el cambio de estación, el nuevo comienzo que marca cada amanecer.

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Quizá bastase con una lágrima frente al espejo, como los niños; un apapacho real para liberar a los fantasmas, a los muertos. Quizá sólo fuese la tonta necesidad de tener algo que justificase necestiar un poco de cariño, un abrazo, lo que fuera para tener una excusa para escribir algo que no fuera feliz. Quizá sólo fuese esa necesidad.

Quisiera que baste una lágrima y un espejo, un abrazo propio y el entendimiento de alguien que me reciba cuando regrese con una taza de chocolate caliente, un bolillo y un girasol.

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