Curioso es extrañar

Calles, charcos, semáforos, cajeros, baristas, amigos, familia; la lista puede tornarse interminable cuando comienzas a hacer conexiones por recuerdos, respiraciones anexas, cuando revisas viejas fotografías o te reencuentras con viejas compañías. Extrañar sin darte cuenta, o tener la melancolía de esas pequeñas cosas cuando sucede. Nadie nos enseña a decir adiós, porque al hacerlo, al dar la espalda para marcharnos no aprendemos a voltear los ojos, nos gusta aferrarnos a lo bueno, a lo malo, a los recuerdos que valoramos incluso más que una posibilidad futura, incluso más que el acto de cada día.

Extrañar por cariño parece inevitable, sobre todo cuando descubres un cariño que no jurabas era poderoso, real, indisctuble. Sin darte cuenta ya has alquilado tiempo y no quieres dejar de hacerlo, prefieres evitar las despedidas, dar largas, soñar con posibilidades, y te haces a la idea de que siempre podrás encontrar el valor para tomar en serio la invitación y para en verdad extender tu mano cuando el tiempo no deje más que una fotografía que casi has olvidado.

Los lugares te marcan por sensaciones, por eventos, por personas. Extrañar un lugar es extrañar lo que hubo ahí, lo que sucedió, amar el espacio, recordar las palabras, sentir de nuevo, imaginarte de nuevo con las mismas personas. Va de la mano, en ocasiones hasta te niegas a crear nuevos recuerdos, como si detener el tiempo fuera de mayor ganancia. Al final del día, sigue siendo lo mismo, quizá extrañas más de tí mismo que de los demás, lo que eras en ese momento, una chispa, un consejo, algo que te definió, que creíste que era tu imagen, que adoraste y abrazaste como el más valioso de tus momentos, como la gloria de un triunfo personal.

Entre dimes y diretes, acusaciones y exclamaciones, lo que más extraño es el cómo fui, el cómo hablé, el cómo actué y las posibilidades que cada acción me produjo entonces, sobre todo el tipo y calidad de amigos que recorrieron cada paso. A muchos los extraño, los añoro y los lloro, pero sobre todo temo, porque quizá reencontrarse no sea más que la terrible noticia de que no nos gusta en realidad ser lo que fuimos. Es la magia de los recuerdos, pueden cambiar, mutarse, eternizarse, y en muchas ocaisones permanecen mejor como simples recuerdos, es mejor dejarlos en el baúl.

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