Cadáver exquisito

Recortes de aquí y de allá:

Vivo el hoy con la mirada puesta en el mañana,

he puesto al descubierto mi desesperacion y la verdad me siento mejor

Cuatro pelos y 100 canas causadas por una vida que envejece

Es fácil perder la cordura

Se vuelve muy difícil hipnotizar al espejo con la misma mirada

Hace tiempo que no me hablo, me estoy enfadado

siempre tuve debilidad por los personajes fracasados

creo que yo soy un poco mas fuerte que tu

cuando pienso en lo que piensas me pongo malo

senti que una parte de mi moría

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Muñequita

Es una ilusión, tan simple como el espejismo de un sediento en medio de un mar de arena, pero un déspota juega a quererla. Baños de oro falso para que la niña sonría un poco entre cada soledad. Un nuevo viaje y una nueva ventana para observar una luna. Tan cerca y tan lejos de un sentimiento de reconocimiento al mirarse en el espejo, como quien a un niño escucha llorar imaginando que es el propio.

Sueños. Nos cuestan como la propia vida y nos arrancan lágrimas mientras en vela nos juramos que no hay nada que no sea lo que nos hemos merecido. Y claro que así es para la muñeca de palacio de cartón, entre tules y macetas de un jardín de tulipanes.

Cuatro días más y será la reina de una parcela de loseta con aroma de algodón. Será tan suya como su propia palabra, convencida de convertirse en sonrisa. El sueño de un vestido de merengue, flores de seda y baños de arroz para jugar a que es real cuando con su bastón de hojalata y sudorosa frente dijo “sí” a una historia de cuento por el puro gusto de ganarse una esclava.

Una historia mil veces contada, mil veces callada y tantas veces cegada.

Ella forja su destino, sus premios y recompensas para después culpar a la vejez y al tiempo de su desgracia heredada, que a su vez prometerá como salvación al producto de sus entrañas.

Círculo vil de quien a ella la parió y a él lo engendró en un mullido e insensato siseo.

Muñequita, muñequita que sin ojos te acuestas, levanta la mirada que la mañana se termina y tu jaula de cerámica se resquebraja con la humedad.

Muñequita, muñequita, es hora de que al acostarte tus ojos no se cierren.

Muñequita, muñequita.

La del labio rojo

(escritura automática)

Le sangraba el labio. Le había dolido más el tacto del aire después de haberlo mordido para no escupir la euforia de esas palabras. Siempre le fue fácil tomar la decisión moral, hacer lo que siempre le dijeron, darse la media vuelta y morir por dentro, con esas ganas de no dejarse callar. A veces el orgullo crece tanto en el silencio, que cuando se descubre en el espejo duele, duele muchísimo.

Cállate de una vez, no vuelvas a digerir mi silencio como una victoria de tu palabrería barata. Quizá mañana, cuando quieras hablar te encuentres mudo y entonces sabrás que esta mejilla no se ofrece para recibir el segundo golpe, sólo aguarda la condena de su propia victoria para después otorgarte lo que sabe que duele más: un poco de compasión…

Pensaba sin darse cuenta que en voz alta la escuchaban el policía, la del puesto de periódicos, y sin querer aquella sombra de todos los días. Quizá había enloquecido, pero una oportunidad no se le niega a quien sangra por el labio, como se hubiese recibido un golpe, y que constantemente se golpea las sienes.

No está loca, sólo ahogada, ahogada en esa misma hipocresía de la libertad y la responsabilidad. Tan fácil ser como siempre, tan buena, tan honrosa, tan ideal… Tanta mentira. No quería ser muñeca, no quería descubrirse con los ojos inmóviles, los párpados víctimas de la horizontalidad, y los brazos incapaces de abrazar, las piernas ineptas para correr, y el pelo tan perfecto que pareciera de plástico.

Una vez más, una vez más, y sabrás, lo sabrás, que aquí no hay una vacía que te escucha como una sierva, sí, así, sin más, como lo mismo de siempre, porque ya no más, lo sabrás, y entonces ya no más…

Esconde las manos, se tapa la boca, y mientras lambe su labio prueba la sangre, tibia. Es tan suya como no, y tan propia que sabe extraña. Casi deliciosa, pero no para repetir. No es una textura, ni una temperatura que agrade a la garganta. Se sintió de nuevo como una adolescente, con tanto miedo de que le gustase lo que sabía que no le haría bien…

¡Ya no más, ya no más!

Y bebió y bebió, hasta que se bebió la vida, se coció las manos, y cuando quiso darse cuenta ya la miraban, desde la otra esquina un par de policías, sorbiendo de rojo, dando golpes a un poste y gritando al cielo.

¡Yo no fui, yo no quería, sólo quiero que esto se detenga que pare de zumbarme, detenerme, golpearme y después pisotearme porque esta moralidad no me sirve de religión!

¡Yo no fui, yo no quería!

Se va, la llevan. Será mejor que no la vean esos niños, los que vienen allá en ese camión de escuela. No queremos que los hoyos del sistema sean tan visibles, tan profético. Que no lo vean, que no se den por vencidos antes de tiempo, antes de encajar en el modelo.

Gente al azar

Sereno. Descansa la pluma sobre la mesa y mira al vacío. Dejó de buscar hace tiempo una mirada cruzada para conformarse con un sueño invadido de incoherencias. Permanece distante mientras olvida abrir los ojos después de un parpadeo y lentamente esboza una sonrisa, ligera, inaudible y suya, sólo suya. Quizá mañana vuelva a ver esa cabellera ondeando al viento o a escuchar el suave tono de una voz pausada. Quizá mañana.

Cansada. Camina dejando atrás una gota más de sudor. Viene de mirarse en el espejo del baño y no sabe a dónde acudir para encontrar los pedazos de su autoestima. Sabe que su mirada cautiva más de lo que su cuerpo se atreve a realizar, y se pierde en juegos de palabras vacíos en un teclado. Quizá mañana él no juegue a palabras perdidas, a provocarle un aire de asco y mentira. Quizá mañana él la mire más que como a una compañera que podría abrirse a una compañía interesante que podría cobijarlo.

Lento. Apaga su monitor, una vez más, para despedirse del ajetreo repetitivo del un-día-más. Mira de soslayo las pantallas mudas y durante un segundo posa su mirada en esa nuca, una vez más expuesta. Si tan sólo pudiese acercarse, pero ella se esconde tras esos audífonos, juega a que no le importa y en sus silencios denota que hay algo que no encaja. Persigue su mirada y nunca la encuentra. Suspira antes de salir, despidiéndose como si no importase.

Silenciosa. Se levanta una vez más, con vergüenza. Alguien la mirará, notará que el pantalón no es del tamaño adecuado, la blusa denota las formas menos queridas, y teme que su caminar no sea suficiente. Que no me vean, pero que si me ven no les de ganas de no haber mirado, piensa, mientras recoge los pedazos de una autoestima que no le permite creer que puede soñar. Y se va, con la esperanza de que algún día no será así, no estará metida en ese cuerpo.

Soñador. Deja caer la indirecta, esperando ver algo más que su nuca y así poder imaginarla de frente. Quizá mañana se crucen en las escaleras y haya más que un simple “buenos días”, si tan sólo tuviese el valor.

Engreída. Mira a su alrededor, convencida de que ha ganado un batalla que no se ha llevado a cabo aún. Se juega la razón por un chisme y se dispone a ofrecerse de boca abierta para cualquier oferta. Mira convencida de que esa “inocente” le ha quitado el protagonismo, y arma una guerra silenciosa de pura omisión.

Inocente. Se enfoca, se pierde, se encierra y cuando se da cuenta hay todo un remolino de historias que no van a ninguna parte. Se descubre protagonista de una historia, y no sabe en qué momento hizo el casting. Está fuera de lugar, y esa cansada no hace más que desaparecer con dos palabras y un oído sordo.

Si por un segundo…

Si por un segundo debo confesar una verdad, callaré hasta enloquecer con tal de no hacerte saber que te extraño. No valdría la pena otorgarte un control que no tienes, en palabras que no son tuyas, y en sueños que van mucho más lejos de lo que te habrías podido imaginar.

Si por un segundo debo confesarte que una mentira, haré creer que no es importante, que tengo prisa, que me duele, y cuando tenga que hacerlo provocaré ese sentimiento que te controla: culpa.

Si por un segundo he confesar un perdón, lo haré sin darle importancia, sin generar alusiones de vergüenza y con la cabeza en alto, después quizá me de la media vuelta, con una  lluvia de reproches en mi espalda.

Sólo un segundo para que un abrazo parezca obligado, una palabra olvidada, y una mirada perdida. Mañana me sentiré peor, jugaré a que no pasa nada, a que no te conozco.

Quizá por un segundo me arrepienta, quizá por un segundo te recuerde.

Si por un segundo debo confesar que te necesito, quizá me deshaga antes de terminar, y desaparezca como el mismo viento en medio del huracán.

 

Es una princesa

Es una princesa.

Ojos de añil, aire turquesa, nariz respingada y talle largo. De tenedor y servilleta viste el almuerzo y se destierra a una vida paralela del otro lado de su espejo. Hace de cuerpo y mientras tira de la cadena suspira un mal sabor de boca. Los sueños de almohada abandonan con el maquillaje, las ojeras se esconden por miedo. Será lo que quieren que sea.

Es una princesa en un castillo de naipes, todo suyo, sólo suyo, con ecos y rumores por miradas perdidas. Toma el té, sin sorber la sopa, y sin nunca pasarse ante su gusto por el chocolate. Un lazo, un diamante, una pantalla de cristal y una agenda de sonrisas. Lava sus manos, unta la crema, y acaricia las hojas del ciruelo de su ventana. Más allá de la luna que la mira hay un despojo de posibilidades.

Es una princesa, y le huele la boca. Malestar estomacal por un sinsabor de coraje. Habla sin hablar y juega sin ases, no sabrás su historia, y no sabrás su conciencia, sólo sabrás que se ha ido cuando sople el viento en su silla vacía.

¿Será soledad o simple melancolía?

Es una princesa y miente tan bien, que no hay ardor que provoque ni chícharo que no note. Dice que no, y piensa que sí, mas debe la negativa y se arrepiente del abandono. Cinco palabras, quizá hasta diez, te otorga sin esperar que le cuestiones el silencio.

Es una princesa en vestido de seda, y un monstruo cuando acapara la mirada de su ego. No es tanto como dicen, no se cree lo que le explican. Responsabilidades, trajines, un café y un cuadro de azúcar. Es lo que reflejan, lo que quieren que sea, y cuando mira, cuando en verdad observa, está en otro lado siendo lo que nunca será.

Esconde su boca para descansar el silencio.

Es una princesa de candado, de diario y pluma, de canto y melodía. Tan libre que amarrada construye una torre de marfil, donde un día sueña con postrarse y detenerse ante el mundo. Soy una princesa gritará, y entre la multitud la escuchará el taconeo de unos pies apresurados. Mañana te haré caso, princesa, y me cuentas tu historia.

Mañana fue ayer, y no hay torre de marfil, la princesa una tragedia de sangre y premonición. Quizá una leyenda, del otro lado del espejo sonríe una cara sin voz hablando palabras sin viento.

¿Quién la recordará? ¿Quién contará su historia? Si es que ya no queda nadie que la conociera en persona.

Es una princesa.

Así nació Doña Manuela

Éstas son las primeras líneas de Doña Manuela, un personaje que me asaltó hace unos días ya pasadas las horas. Así nació, con éste desparpajo de palabras. Ya la iré armando, un poco más cada vez… ¿Qué diría Doña Manuela si…?

Doña Manuela tenía un sueño, uno de esos sueños con señuelo que en aguas claras no daban para llenar la olla. Era, Doña Manuela, una dulce desgraciada, de esas que presumen la desdicha disfrazándola de penitencia. Soñaba constantemente y sonreíase ante el espejo de una voluntad abandonada. Noche tras noche dejaba sonar el teléfono. Ring, ring, más ring, y con el toque de queda desenfundaba la almohada. Doña Manuela no decía que le llamaba Dios, porque había temido un infarto cada mañana. Sólo desconsolaba a la carpeta de ganchillo que almohadillaba el peso de un viejo teléfono de disco. De rodillas, Doña Manuela, rezaba para que no dejase de llamara, y no  salía de casa cuando el sol clareaba. Apoquinaba limosnas, como ciega devota, con la idea de pagar por una noche más el ring más ring, con pausa. ¡Ay Doña Manuela, debió car clases de paciencia, pero también de insistencia! Con la colcha de invierno y el camisón de verano, era Doña Manuela un deconsuelo de viuda. ¿Será él que me llama?, se repetía entre ring y ring, y se sonreía tras diez dedos. Una colegiala, Doña Manuela, tostaba el pan por la mañana recién puesto el colorete, con medias de satín y falda de seda, una quijotada entre los olores de cada naranja. ¡Esa, Doña Manuela, dicen que se llama, porque vela y vela entre rebanadas de manzana! De ring en ring encanecía Doña Manuela, hay una guerra civil y mañana una arruga nueva. De banco en banco esperaba el confesionario, y ahí solo pecaba del ring que la carcajeaba de alegría, pero nunca contestaba. ¿Era el morfeo quien llamaba? preguntábale el panadero. ¡No, sólo el sueño, erre que erre, ring que ring, y luego callaba! Menudas noches las de Doña Manuela, entre risas, camisones y llamadas. La pescadera, cada semana, inquiría por el llamante, y el frutero sólo le cobraba las manzanas. Esa Doña Manuela no sabía pescar, pero menudo señuelo de risotadas. Que si el hijo que no tuvoy la hija que no contuvo, nadie pensaba en el luto del marido que Doña Manuela blandía. ¡Pobre Doña Manuela, manolita,, manola, siempre de banco en banco, de rodilla en rodilla! Quien la viera y no la conociera juraría, como en juramento jurado, que a sufrida se le olvidaban las sonrisas. De pillina no recordaba el tiempo haber visto a Doña Manuela, sólo la noche, la cama y el ring que ring con pausa del teléfono sobre la carpeta de ganchillo. Uy que no diga el campanario, que no sepa el bidé, pero que sueñe Doña Manuela,  que a ton y a son desnuda a un afligido. Entre murmullo y grito, tropezón y escabullida, ya era Doña Manuela el fantasma del hotel. Ring ring Doña Manuela, conteste por favor que le agarra confesada el capellán del uniforme. Ring ring Doña Manuela, que vuelva por favor, ese teléfono no es suyo ni tampoco el camisón. ¡Mi Doña Manuela, ring ring, que se acaban las monedas entre disco y disco! Doña Manuela, manola, manolita, bajo la almohada la caña y bajo el colchón la manta. ¡Pillina Doña Manuela que vuelva por favor, con un poco de sal los huevos saben mejor!

Más de Doña Manuela
manolita sin joya, sin dueño

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