Casino

Los casinos son lugares embriagantes. Al entrar parece que te vas a volver loco con todos los soniditos. Cuando vuelves a darte cuenta ya te habituaste, ya te absorbió… Si no juegas aburre, pero invita, si juegas ya te chingaste. Regresas. Aquí lanzo una serie… La primera de mis series, y para variar es sobre mí. Mis “famosas” personalidades representan partes de un casino, desde su lobby, el croupier, los distintos juegos… Y por partes voy presentando el casino… Mi Casino. Bienvenidos. Hagan sus apuestas… Tiren los dados… No miren atrás…

Lobby. Porque no se juega a la ruleta rusa sin apostar

Los descubrimientos son atroces. No hay maravilla sin antes probar el sabor agrio del pavor. Hay quienes deciden desbarrancarse para sólo tener que mirar hacia arriba. Yo no me desbarranco, sólo tanteo.

Hay dos clases de risa: la de la persona y la de uno; la manchada de cera y la sincera. Los dolores afectan a ambos, pero sus materiales son tan distintos, que la sincera carga con las culpas de la persona en la mayoría. Entonces las lágimas son de sangre, de sol, de cal… La persona es tan fina que elude el golpe. La sincera es menos advenediza. Observa desde lo alto, delebra y sufre, pero celebra poco y sufre lo que no le corresponde. No le han enseñado que su mirada podría percatarse de la mofa de su persona.

Cuando la persona celebra, la sincera lo medita; cuando la persona es atacada, la sincera se deja herir; cuando la sincera celebra, la persona se corona; cuando la sincera llora, la persona elude responsabilidad. ¡Pero, ay de la persona cuando es herida!, llora repatea y se descontrola. Entonces la sincera la acoge, mece, salva y rearma, luego de entablar uno de los pocos encuentros directos que se han destinado, porque entonces se percatan del descubrimiento. El pavor, el espejo sin maquillaje, las sombras sin escondite y la muerte de Peter Pan. Ave Fenix grita de dolor, y Dorothy en el tornado con el único sonido del llanto de Totto. Es la derrota del tridente… ¿Qué es una vida en la eternidad? Lo mismo que un dólar a un hambriento.

Pero algo ha cambiado. Algo ha valido la pena. Y la persona no cambia el material, ni tampoco la postura, sólo uno poco la estretegia porque no hay otras armas. La sincera se enjuga lo que no le tocó llorar, la herida que no se hizo, y se guarda, como aguja en el pajar.

Si no, entonces preguntémosle al griego el origen de sus palabras: persona y sincera. Luego ya podremos desamortiguar el golpe de la herencia tan empleada y tan poco conocida que hoy nos engañitamos al presumir su uso y costumbre.

 

Le Croupier

Poco a poco haré de mis personalidades una descripción, un juicio final, y pondré un patíbulo para la que se culpe a sí misma. La primera es esta, y por algún motivo, en el cual no quiero ahondar, le toca a la más callada. La más oscura, la primera que se fue sin haber cerrado la puerta. Puesto que no se encuentra ahora, no se habla de ella misma, pero puedo entonces relatarla.

Se fue el día que me confesó. Cuando en la copa de último momento notó la falta de lástima. Se fue. Está en el pasado, no en el mío, sino en el de la Historia, donde las máquinas se hacían con el propósito de estudiar el grito más eludido: el dolor de vivir el momento.

Ella, la sádica-masoquista, o masoca, ganó tanto poder que enmudeció a sus compañeras de habitación, y tanto logró que supo elegir a la víctima perfecta: la persona que más se preocupaba por ella; un maniquí para hacerse sangrar y poder lavarse las manos sin remordimientos.

Le aterran los espejos, porque no puede asir la imagen y golpearse la cara. Prefiere los ojos a los reflejos. Ama animales que dispara por el aire y solitos le regresan a lamer los pies. Detesta el olor a azufre por ser demasiado sincero, y al cianuro por su rapidez. Está convencida que para matar hay que hacerlo con las manos y de frente. Su flor preferida es la rosa, por astuta y hermosa, filosa y suave. Aborrece a la flor del Principito por haberse disculpado y a Judas por valiente.

Cuando se fue, llevaba tiempo sin actuar, esperando la lástima, de donde llegara. Se fue sin hacer maleta, y de vez en cuando viene de visita, y lo sé: el día que venga para quedarse, ella será mi suicidio homicida…

Payaso deambulante  

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A los casinos entran todo tipo de personas.  En este, cual fantasma abandonado, un hombre deambula entre los pasillos, el ruido, las monedas y las apuestas, sin notar a las camareras que corren con las bebidas de alguien más…  Hace tiempo era una atracción en este casino, pero los espectáculos requieren de mayor infraestructura según la categoría del lugar, y ahora sólo le queda pasearse con una vieja nariz roja, sin el maquillaje que ya no puede comprar, buscando alguna cara que le procure un poco de atención…  Sólo un poco…  Así fue como Pollo encontró una de mis personalidades, una de las más incansables y menos atendidas…

Defensa de la alegría (Mario Benedetti)
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Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino  pay4.jpg
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.

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