manolita sin joya, sin dueño

Algo más de Doña Manuela… Poco a poco se forja un personaje que nació de la nada, de un pensamiento insomne que no discrimina las horas. ¿Qué será de las aventuras que vendrán de ella?

Antes de ser Doña, Manuela sólo era Manuela. No por falta de respeto, o de posibilidad de historia, sino porque ni dueña ni joya era. Manola, manolita, que venían del Manuela impuesto más por costumbre familiar que por orgullo de una hija en la familia. Nació sin identidad, casi por olvido, una mañana de otoño cualquiera. Un antojo de chile en nogada de su madre adelantó el parto. Quizá por eso le gustaban tanto. Una bebé sin mucho brío, destetada sin querer e incomprendida en su energía, hablaba por obligación cuando alzar los hombros y desorbitar los ojos no le condonaban la nalgada. Aprendió a tener miedo de opinar y observaba a sus padres como a dos extraños que se habían unido como por costumbre. No son pobres, y no son ricos, y la idea de la clase media parecía un invento para sosegar  la maltrecha diferencia entre la seda y el algodón. Tres hermanos y dos hermanas precedían a manolita, y una diferencia imperdonable de casi 14 años la separaban del más cercano. Ni para juegos estaban y menos para otorgarle una atención de crianza. Así que era sola, en su descubrimiento de los sabores de la cocina de mamá, los cambios de humor de papá, y de entender la última adolescencia y adultez temprana. Golpecito, de cariño, golpecito en la cabeza, esa niña que parece un sueño, tan calladita, tan menudita, tan buenina… Esa manolita, como sueño inesperado.  Escuela, libros, mercadeo, zapatos, y remiendos, ollas, autobuses y parques solitarios. ¡Habla manolita, habla que no sólo de labios carnosos se imaginan las ideas! Jugaba sola, hablaba sola, y estudiaba dándole clases a sus muñecos y reflejos. Soñaba en chocolate y escribía diarios acostumbrados. Dormía ruidosamente, siempre en esos sueños tan vívidos, que la amanecían con los pies en la almohada o debajo de la cama. ¡Esta niña no sabe soñar, no sabe soñar, se pasa las noches riendo y cantando, llorando o gimiendo, mientras los demás luchan por descansar! Soñó con ser enfermera, maga, y cantora, pero nunca ama de casa, ni mujer florero, ni trofeo. Rara entre sus contemporáneas, cuando jugaban a las bodas hacía el papel de cura, o dama, o amiga, o jueza, pero nunca de novia, novio, o viuda o madre. Pasaba mucho tiempo frente al espejo, para ver si encontraba los parecidos que aplicaban: a tu tía, a tu tatarabuela, los ojos de la bisa, la nariz del padre, como la prima, como la madre… Ella quería parecerse a ella, y amanecer un día sin tapujos ni idealismos que no pidiera, y que sin querer habían vaticinado para su crecimiento. No fue de mucha teta, ni mucho cuello, ni mucha cintura, ni mucha posadera para cuando la alcanzó la adolescencia.. Jugaba como niño, se mecía como abuela, y silbaba viejas canciones que ni la radio habían conocido. ¡Serás alta como el abuelo, porque esas piernas largas no dejan duda! Pero ni creció tanto como quiso, ni le quedaron piernas cortas. No quiso ser adolescente, ni confirmarse por obligación. Siempre se preguntó por qué la bautizaron sin su permiso, y se confesó por primera vez antes de la comunión. Inquieta, le decían, por jugar con tierra, trepar árboles, y correr con los chavales. Pocas amigas, si los casuales juegos aburridos con muñecas, era lo que tenía. Sonreía sola, se leía entre líneas, y comenzaba a sazonarse de dibujos y comedias. Reía sin taparse la boca, y en faldas trepaba los árboles. Una señorita poco señorita, pero muy altiva para defenderse a puñetazos, pellizcos y mordidas. Comenzó a escribir en el papel de baño, entre las líneas del periódico. Se rompió el corazón muchas veces sin haberse enamorado y cuando quiso querer no supo cómo. La lindura de los padres prometía con mucha lucha, una tranquilidad futura, pero sin sudores ni collejas el tiempo no daría tregua.

girasoldemente@yahoo.com.mx

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