Cadáver exquisito

Recortes de aquí y de allá:

Vivo el hoy con la mirada puesta en el mañana,

he puesto al descubierto mi desesperacion y la verdad me siento mejor

Cuatro pelos y 100 canas causadas por una vida que envejece

Es fácil perder la cordura

Se vuelve muy difícil hipnotizar al espejo con la misma mirada

Hace tiempo que no me hablo, me estoy enfadado

siempre tuve debilidad por los personajes fracasados

creo que yo soy un poco mas fuerte que tu

cuando pienso en lo que piensas me pongo malo

senti que una parte de mi moría

Día de la independencia

Es alevosía, alevosía pura la de Doña Manuela. Entre canto e historia la sábana solo recuerda el calor y Manolita, Manuela, se deja llevar como sin querer mientras ríe el llanto y plena la huida. Ella sabe que no se quedará. Sabe de antemano que se cansará de lo mismo, del letargo, y antes de que llegue, huye sin decir nada. Es alevosía porque ya sabe que no es aburrimiento, solo hambre de soledad. Y es tal el hambre que casi sin darse cuenta desaparece después de prometer un “para siempre”.

Ese carácter no lo heredó de su madre. Probablemente del bisabuelo de prisa y corre, del que no supo nunca nada y poco le contaron. De su madre aprendió a no usar máscaras, y es que usaba tantas que aprendió a abusar de la de mártir y la exageración. Se llamaba Dolores, Lolita la mamá de la Manola, la Manolita, tan de pueblo, falda y media, que Doña Manuela no pudo más que heredar el sentido de la moda por fuerza del todos los días. ¡Y es que hay costumbre más por descuidos que por fuerza!

Entre ramo y rosa, media y falda, Doña Manuela salta, con esa sonrisa tan desinhibida, tan suya y tan inalcanzable. Ríe, canta, La Lola orgullosa de ya no ser su responsable, y el pueblo canta, grita y bebe. Esa Manuela es toda una Dulcinea y a la vez tan quijotesca que el novio se olvida entre el tumulto. Liga aguardiente y un toque de orujo, mientras Manolita sólo piensa en el par de alpargatas que vio entre sus regalos. ¡Sus alpargatas! Sin darse cuenta dejaba de ser La Manola, la Manuela, para ser Doña Manolita entre tanta caja, tanta joya tanto dueño. Ese novio, que podemos llamar Juan, Xavier, Pepe o Godofredo, orgulloso mastodonte quiere demostrar su hombría y la carga en brazos para alejarla a firmar su promesa. “Para siempre” dijo Doña Manuela, pero tanto tiempo es tan poco… Tan poco que acabando de ser cuenco de un desconocido desabrido, calzó sus alpargatas, montó su sonrisa, y se despidió carretera arriba hasta el alba de la primera ciudad que pisaba en su vida. Doña Manuela, Manolita, querida Manola, hasta siempre bienvenida a tu despedida de Manuela. ¿Qué será de ti cuando recuerdes uno de esos sueños con señuelo que en aguas claras no daban para llenar la olla?

Doña Manuela

manolita, sin joya, sin dueño

girasoldemente@yahoo.com.mx

El sueño no tiene prisa (debralle)

Eran dos capitanes, tan amigos que con el tiempo dejaron de conocerse, aunque a lo lejos se identificaban izando al viento un par de banderas irreconocibles para nadie más. Uno, cansado de navegar a toda máquina, harto de tan sólo rozar las orillas para zarpar de nuevo, hastiado de no saber más que de prisas, aburrido de huir de las tormentas, y  desconociendo la importancia del paso del tiempo, decidió izar a media asta su bandera en el penúltimo encuentro. El otro, entiendo el llamado, apresuró motores para acercarse y descubrir el motivo de tan urgente llamado.

Es Año Nuevo y entre mis propósitos está en volver un poco a ese momento, cuando niño, que el tiempo no era prisa, donde llegar a tiempo no era llegar el primero, y donde la satisfacción no venía de la cantidad de logros, sino de un logro bien disfrutado, decía el Uno sin dejar de retorcer sus manos. Estoy nervioso, pero hay un favor que necesito de ti. El Otro, sin saber qué responder asintió, y sin dejar de buscar los ojos de Uno.

Hagamos un trato, un año nada más, te delego mis rutas, mi barco y tripulación, mi prisa y mis orillas, a cambio de las tuyas, propuso Uno.

Otro, sin prisa, aspiró profundamente y mirando al cielo respondió, Hay muchas cosas que ver en los mares y en las orillas, he visto tanto que no sé en dónde más posar mis ojos, pero el tiempo sí es algo tan relativo como que en ocho hora despierto se desembarca una carga, y en ocho horas dormido se viaja a la Luna cuantas veces se desee. Tremenda pausa, la de Otro, que desesperó a Uno quien no dudó en escupirla, ¿Pero dime, lo harás o no? Mira que no tengo mucho tiempo, y la tripulación se impacienta.

Otro, bajando la mirada de las nubes la clavó en los ojos de Uno. Es un trato. Pero no prometo que las prisas de tu carga lleguen a tremenda hora, ni que tu tripulación reciba tanto como acostumbra. Pero parece un buen trato, amigo.

Y sin más cambiaron de barco, de tripulación, de carga, de destinos, y hasta de relojes. Bajaron banderas y partieron, con el Año Nuevo con la promesa de encontrarse. Otro comenzó a transportar relojes, y Uno aprendió a desembarcar almohadas.   El mundo seguía durmiendo y soñando por las noches, mientras el tiempo pasaba sin perder la cuenta.

Un Año Nuevo, el siguiente, Otro, desde el barco de Uno, izó la bandera a media hasta, para descubrir a Uno haciendo lo mismo desde el barco de Otro. Nuevamente se acercaron, nuevamente miraron al cielo, y sin más entregaron sendas cargas, tripulaciones y orillas al original.

¡Dame mi tiempo!, reclamó Uno sin aceptar el abrazo de Uno. En Inglaterra son impuntuales, en Suiza olvidaron hacer relojes, y hasta llegaste un día tarde a este Año Nuevo. No quiero tus almohadas, no quiero dormir, me sobrará tiempo eso cuando muera. Sin mirar atrás, subió a su barco, bajó la bandera y la quemó. Adiós a la amistad, imaginó, y partió.

Hoy es mañana, dijo al viento Otro, pero a pesar de todo con tiempo de retraso, más o menos relojes, la gente sigue pidiendo almohadas para soñar mientras el sol trabaja del otro lado del mundo, sin importar si hay un tic más o menos. Hasta siempre amigo. Me quedo con mis almohadas, que siempre llegan a tiempo para acomodar el sueño más deseado…

Muñequita

Es una ilusión, tan simple como el espejismo de un sediento en medio de un mar de arena, pero un déspota juega a quererla. Baños de oro falso para que la niña sonría un poco entre cada soledad. Un nuevo viaje y una nueva ventana para observar una luna. Tan cerca y tan lejos de un sentimiento de reconocimiento al mirarse en el espejo, como quien a un niño escucha llorar imaginando que es el propio.

Sueños. Nos cuestan como la propia vida y nos arrancan lágrimas mientras en vela nos juramos que no hay nada que no sea lo que nos hemos merecido. Y claro que así es para la muñeca de palacio de cartón, entre tules y macetas de un jardín de tulipanes.

Cuatro días más y será la reina de una parcela de loseta con aroma de algodón. Será tan suya como su propia palabra, convencida de convertirse en sonrisa. El sueño de un vestido de merengue, flores de seda y baños de arroz para jugar a que es real cuando con su bastón de hojalata y sudorosa frente dijo “sí” a una historia de cuento por el puro gusto de ganarse una esclava.

Una historia mil veces contada, mil veces callada y tantas veces cegada.

Ella forja su destino, sus premios y recompensas para después culpar a la vejez y al tiempo de su desgracia heredada, que a su vez prometerá como salvación al producto de sus entrañas.

Círculo vil de quien a ella la parió y a él lo engendró en un mullido e insensato siseo.

Muñequita, muñequita que sin ojos te acuestas, levanta la mirada que la mañana se termina y tu jaula de cerámica se resquebraja con la humedad.

Muñequita, muñequita, es hora de que al acostarte tus ojos no se cierren.

Muñequita, muñequita.

Improperios

En la televisión se pelean por dinero, y tras los guantes qué no tengo peleo por ganar una batalla que no he anunciado. Me gusta que me apapachen pero nunca sé cómo pedir un abrazo. Este juego de mujer te obliga a olvidar que eres más que un pañuelo desechable. Sudas frío y te duelen los pies por el frío que no sientes, pero quisieras. Te hablas en tercera persona y te describes cómo desde el sueño de un extraño. Ahora yo, ahora tú, después seré ella y cuando no me-se doy-da cuenta ya no seré-será.
Sé pierde la perspectiva cuando el espejo enturbia el espejismo, al grado de ser demasiado sincero.
¡Ay qué tontería! Palabras más palabras menos, y el sol no tiene prisa para un domingo más, sabiendo qué pretender que será diferente, nuevo, o inolvidable es más improbable que un muerto cantando de alegría ante su tumba.
Basta de improperios, de palabras demasiado sinceras para ser creíbles, y sensaciones demasiado dormidas para tomarse en serio.
Basta.

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La del labio rojo

(escritura automática)

Le sangraba el labio. Le había dolido más el tacto del aire después de haberlo mordido para no escupir la euforia de esas palabras. Siempre le fue fácil tomar la decisión moral, hacer lo que siempre le dijeron, darse la media vuelta y morir por dentro, con esas ganas de no dejarse callar. A veces el orgullo crece tanto en el silencio, que cuando se descubre en el espejo duele, duele muchísimo.

Cállate de una vez, no vuelvas a digerir mi silencio como una victoria de tu palabrería barata. Quizá mañana, cuando quieras hablar te encuentres mudo y entonces sabrás que esta mejilla no se ofrece para recibir el segundo golpe, sólo aguarda la condena de su propia victoria para después otorgarte lo que sabe que duele más: un poco de compasión…

Pensaba sin darse cuenta que en voz alta la escuchaban el policía, la del puesto de periódicos, y sin querer aquella sombra de todos los días. Quizá había enloquecido, pero una oportunidad no se le niega a quien sangra por el labio, como se hubiese recibido un golpe, y que constantemente se golpea las sienes.

No está loca, sólo ahogada, ahogada en esa misma hipocresía de la libertad y la responsabilidad. Tan fácil ser como siempre, tan buena, tan honrosa, tan ideal… Tanta mentira. No quería ser muñeca, no quería descubrirse con los ojos inmóviles, los párpados víctimas de la horizontalidad, y los brazos incapaces de abrazar, las piernas ineptas para correr, y el pelo tan perfecto que pareciera de plástico.

Una vez más, una vez más, y sabrás, lo sabrás, que aquí no hay una vacía que te escucha como una sierva, sí, así, sin más, como lo mismo de siempre, porque ya no más, lo sabrás, y entonces ya no más…

Esconde las manos, se tapa la boca, y mientras lambe su labio prueba la sangre, tibia. Es tan suya como no, y tan propia que sabe extraña. Casi deliciosa, pero no para repetir. No es una textura, ni una temperatura que agrade a la garganta. Se sintió de nuevo como una adolescente, con tanto miedo de que le gustase lo que sabía que no le haría bien…

¡Ya no más, ya no más!

Y bebió y bebió, hasta que se bebió la vida, se coció las manos, y cuando quiso darse cuenta ya la miraban, desde la otra esquina un par de policías, sorbiendo de rojo, dando golpes a un poste y gritando al cielo.

¡Yo no fui, yo no quería, sólo quiero que esto se detenga que pare de zumbarme, detenerme, golpearme y después pisotearme porque esta moralidad no me sirve de religión!

¡Yo no fui, yo no quería!

Se va, la llevan. Será mejor que no la vean esos niños, los que vienen allá en ese camión de escuela. No queremos que los hoyos del sistema sean tan visibles, tan profético. Que no lo vean, que no se den por vencidos antes de tiempo, antes de encajar en el modelo.